¿Cómo viviremos en el 2030?

Un periodista que empezase en su oficio hace treinta años tecleaba sus textos en una máquina de escribir, como lo habían hecho sus predecesores durante cien años. Una vez escritas, sus cuartillas pasaban por diecisiete oficios antes de salir impresas en forma de periódico, en una rotativa que seguía utilizando los tipos móviles de plomo de toda la vida. Hoy, los textos que escribe en el ordenador directamente pueden llegar a la rotativa e imprimirse tal cual sin necesidad de ningún intermediario, porque además de escribirlo lo envía maquetado y confeccionado. Es más, ni siquiera necesita rotativa, ni papel, ni kiosquero, porque puede llegar con el producto de su ordenador a la misma casa de su lector, a través de Internet.
Esa transformación de un oficio en tan breve espacio quizá no se haya dado de una forma tan radical en otros, pero lo cierto es que cada vez menos personas seguirán haciendo lo que hacían y como lo hacían. Y, como insiste en recordarnos el polemista Emilio Duró en sus conferencias, el horizonte de vida de cien años está ahí, y como consecuencia de esa aceleración del mundo y del agotamiento de los negocios en un plazo cada vez más breve, nos veremos forzados a reinventarnos profesionalmente varias veces a lo largo de nuestras vidas. Una perspectiva inquietante para quienes daban por hecho que, a medida que cumplimos años, tenemos derecho a disfrutar de una vida más tranquila y mucho más para aquellos que tuvieran la tentación de vivir de rentas o de su prestigio profesional, a partir de una edad determinada.
Hay muy pocas probabilidades de acertar a la hora de pronosticar cómo será el mundo en el 2030 y a qué nos dedicaremos cada uno de nosotros, con la excepción de quienes para entonces tengan que estar jubilados, y ni siquiera tenemos la certeza de saber quiénes serán los jubilables, dado que para entonces habrá muchos ciudadanos con más de 65 años trabajando, unos por obligación (las pensiones tienden a retrasarse) y otros voluntariamente, porque el crecimiento de la esperanza de vida impulsa a mantener la actividad productiva por más tiempo, sobre todo la de los profesionales y los autónomos.

Asia impondrá su patrón

El mundo ya no girará en torno a los Estados Unidos, sino en torno a China, India y otros países asiáticos. Un informe pedido por Obama acepta ya esta idea, por dolorosa que les resulte. Pero tampoco va a ser una idea fácil de asimilar por nosotros, que estamos acostumbrados a que nuestra cultura sea la imperante desde hace siglos. Los países asiáticos están asimilando muy rápidamente nuestra forma de vivir, pero eso no quiere decir que la compartan al 100%. ¿Seríamos nosotros capaces de vivir de acuerdo con sus patrones de conducta si se impone su hegemonía política y sus empresas conquistan el mundo? ¿Pensaríamos y actuaríamos ahora como pensamos si en el siglo XVI los turcos que llegaron a las puertas de Viena hubieran conseguido implantarse en toda Europa, de lo que estuvieron tan cerca?
En el 2030 en el mundo habrá una gran parte de la población con una renta anual de más de 15.000 dólares (China los alcanzará antes de 2020), lo que significa que podrán formar parte de lo que ahora damos en llamar sociedad de consumo y de los países con unas bases sólidas para la democracia, o al menos así lo piensan los institutos de análisis, que dan por hecho que las democracias cuajan mal cuando las rentas de la población no alcanzan unos ciertos mínimos.

Multipolaridad

El mundo no será más seguro. A pesar de lo que hemos supuesto siempre, un sistema bipolar (EE UU-Unión Soviética) era bastante estable, porque conseguía que el resto de los países aceptasen sin reticencias estas jerarquías, alineándose con una u otra superpotencia. Los roces entre ambas suscitaban el mismo temor que los choques de placas tectónicas y los riesgos resultaban demasiado grandes para asumirlos. Tras la caída del Muro, ese status quo fue sustituido por otra hegemonía fáctica, la de Estados Unidos, con una Rusia más preocupada por sacar partido a sus propios recursos que por los ajenos. Dos décadas después estamos ante una perspectiva muy distinta: los diferentes ritmos de crecimiento van a dar lugar a un mundo multipolar, en el que China tendrá tanto que decir como EE UU; India reclamará un hueco entre las superpotencias y Rusia querrá reverdecer su influencia exterior pasada. El resultado es un mundo mucho menos previsible, que forzará a tomar partido a la hora de los alineamientos, algo que ahora que jugamos todos en el mismo equipo no necesitamos, y perderemos una posición internacional muy relajada que la historia pocas veces conoció.

El clima, nuestro aliado

Nos queda Europa… Sí, Europa es un buen proyecto, pero con 500 millones de habitantes y un población envejecida, tendrá muy difícil hacer uso de autoridades morales o valerse de viejas glorias a la hora de reivindicarse ante países que, como China o India, tendrán entre 1.000 y 2.000 millones de habitantes.
¿Nos convertiremos en una región periférica de la periferia? Aparentemente, ese camino llevamos, pero hay muchos más factores a nuestro favor de los que creemos y, entre ellos, los más decisivos, los de índole físico, ya que el resto se podrán trasladar fácilmente de un lugar a otro (formación, capital, fuerza de trabajo, etc.). ¿Y cuáles son esos factores físicos? Pues el principal de ellos el clima y la posición costera. En el mundo hay muy pocos lugares donde la temperatura entre el verano y el invierno apenas oscile veinte grados. Si observamos el globo terráqueo, la mayor parte de la zona templada es mar y por tanto, no es aprovechable. Pero incluso en los territorios que compiten con el nuestro en latitud, no es fácil que sean costeros y tengan, además, un termorregulador como la Corriente del Golfo, para atemperar tanto las temperaturas de invierno como las de verano.
Como el comportamiento humano ya lo conocemos, sabemos que la primera tentación es salir de los territorios interiores hacia las costas (un fenómeno que vació la España interior en los años 60) y el segundo es ir del frío al calor, la siguiente gran migración que nos espera. Hasta ahora, las personas se conformaban con vivir en la región en la que habían nacido, entre otras razones, porque no habían tenido la oportunidad de conocer otras. Ahora, con la televisión, los transportes y unas lenguas casi francas, la gente irá a donde crea que se vive mejor y, por eso, el fenómeno de las pateras es imparable. ¿Cuántos de los que ahora se enriquecen con el petróleo en Kazasthan querrán seguir viviendo allí, o en Abu Dabhi, en un caso con temperatura de 50º bajo cero y en el otro con 50º sobre cero?
Ya hemos creado paraísos artificiales en los lugares más inhóspitos, pero son pequeñas cárceles a todo confort y demasiado caras de mantener. Antes o después tendrán que atenerse a la lógica y buscarse climas más benignos.

El factor agua

El otro factor físico favorable es tener agua en cantidad. Aunque pensemos que se trata de un bien muy abundante, será uno de los que más escaseen. Más de la mitad del mundo se peleará por conseguir la suficiente para vivir cómodamente. Los sistemas de depuración pueden llegar a atender las necesidades de confort de la población pero difícilmente las de las industrias, que no resultarían competitivas, o las de la agricultura.
El resultado es que los nativos de esta parte del mundo costero y templado acabaremos siendo solo una parte pequeña de todos los residentes en esta franja privilegiada, a la que acudirán desde el norte y desde el sur en busca de un clima más placentero.
Esos movimientos han sido retenidos, hasta ahora, porque no resultaba fácil la movilidad laboral. Era mucho más fácil venirse a España o a Italia de pensionista que de trabajador activo. Una vez que los ordenadores permiten deslocalizar muchos trabajos, y se pueden seguir atendiendo a miles de kilómetros de distancia, es obvio que un buen número de personas preferirán hacerlo desde la playa que desde una ciudad humeante y atascada.
En 2030 aún estaremos sorprendidos por la mezcolanza étnica que se da por nuestras calles como consecuencia de este efecto llamada. Una generación después, todo esto será absolutamente normal, entre otras cosas porque para entonces el mestizaje será casi mayoritario. Ni nosotros seremos nosotros ni ellos ellos.

Volar, pero por las redes

Hace medio siglo se manoseaba la idea de que en el año 2000 todos iríamos volando por las calles. Eso no se ha cumplido, pero sí van volando las comunicaciones, lo que nos ha cambiado más la vida que la posibilidad de llenar el cielo de cacharros pidiéndose paso.
Para el 2030 no van a producirse saltos tan gigantescos en las comunicaciones. Ni siquiera nos habremos desprendido de nuestra dependencia del coche con motor de explosión. Como mucho, habrán triunfado los híbridos. Pero quizá no seamos tan cocheadictos. De hecho, en los últimos años, los nuevos gadgets tecnológicos han desplazado al coche del altar en el que le pusimos durante el siglo XX y en países donde la industria automovilística es un pilar, como Alemania, ya se venden más bicicletas que coches. En parte, porque las comunicaciones virtuales reducen sustancialmente la necesidad de desplazarse, al menos por motivo de trabajo, y en otra parte porque el ocio cada vez estará más cerca de nosotros, en realidad, estará en la propia casa.
Esa individualización del ocio acabará con una gran parte de nuestra cultura, basada en compartirlo en espacios comunes y siempre fuera de casa.

Aculturización

Pero los principales problemas no provendrán de esas dificultades de socialización, sino de la aculturización. Los jóvenes tendrán muy pocos incentivos para acumular un bagaje intelectual y eso afectará a su capacidad de análisis y de reflexión. Si ahora basta un teléfono smarthphone para conseguir un montón de información sobre cualquier circunstancia sin tener que acudir a un periódico o a una biblioteca, en un futuro inmediato obtener esos datos será aún más sencillo e igual de barato. Bastará un giro de ojos para encontrarlo en las googleglass que todo el mundo llevará encima o en cualquier otro instrumento tecnológico que suceda a estas gafas inteligentes.
No hará falta saber cómo se llama una flor, qué tipo de árbol tenemos delante o quién escribió Madame Bovary porque un chip probablemente integrado con alguna de nuestras funciones vitales nos lo suministrará de inmediato. Por tanto, no será fácil convencer a muchos jóvenes de que la cultura es imprescindible para su desarrollo personal, de la misma manera que hoy ya es muy difícil conseguir que sepan hacer raíces cuadradas o incluso divisiones, cuando tienen a su alrededor tantas máquinas para hacer el cálculo.
Al igual que en solo una generación y a través de los medios audiovisuales se han uniformado las culturas de todo el mundo más que en decenas de siglos de invasiones y anexiones, la siguiente puede ser la que acabe completamente con estas diferencias. Hoy mismo es mucho más probable que en una escuela de Mali se presenten diez chicos a clase con la camiseta de Messi que con los ropajes que ha vestido su tribu toda la vida.
La desaparición de esas raíces estandariza al mundo, algo que le viene muy bien a las grandes marcas, que desean vender los mismos productos en todas partes, pero que echa por la borda siglos de un acervo que será muy difícil conservar en la memoria, aunque se conserve en miles de documentos archivados. Como el latín, nuestras costumbres serán una lengua muerta en muy poco tiempo.

Naturales y ‘mejorados’

La mente puede hacerse mucho más perezosa, porque tendrá miles de instrumentos para hacerle el trabajo. En cambio, el cuerpo va a recibir cada vez más atención, hasta el punto que probablemente vamos a asistir a una dualidad, la que ahora se está dando en las mujeres de cierta edad (las que se operan para quitarse años, y las, llamémoslas, naturales). La dualidad se trasladará a las capacidades. Habrá hombres y mujeres con capacidades mejoradas, a través de implantes que potencien algunos rendimientos, como la vista (ya hay pruebas avanzadas en este sentido), lo que va a crear un serio problema para el resto, que empezará a verse, antes o después, como una clase inferior.
Los implantes biónicos van a ser muy habituales y no solo para corregir problemas médicos o defectos genéticos, sino para conseguir ese plus que el cuerpo no alcanza, ni siquiera con productos dopantes. Y, probablemente, muchos de ellos tengan que ver con la consecución de nuevas percepciones. Será mucho más barato y económicamente estimulante para las empresas, crear un paraíso artificial virtual con máquinas que conseguir que todo el mundo tenga su trocito de naturaleza. Además, los estímulos sobre el cerebro probablemente ofrezcan más variedad y más inmediata.
La duda, que nadie parece plantearse está en cómo encajar el empleo en esta sociedad tan virtualizada, donde el transporte se reduce extraordinariamente por las comunicaciones electrónicas y los productos son cada vez más compactos y menos tangibles. La materia prima se transmuta en meros impulsos eléctricos y objetos cotidianos se podrán clonar a domicilio gracias a copiadoras que ya trabajan en tres dimensiones.
¿Qué lugar queda para miles de millones de ciudadanos que nunca tendrán la posibilidad de aspirar a esos empleos de altísima cualificación, si los rutinarios podrán ser hechos por máquinas y probablemente se necesiten bastante menos que ahora?
Por mucho que nos empeñemos, el trabajo será un bien cada vez más escaso. Pero, entonces ¿de qué vivirán todos los demás? Pues es difícil imaginar otra cosa distinta a la que Keynes aventuró hace casi cien años, al predecir que para el 2020 habría que trabajar mucho menos, porque la extraordinaria capacidad que para entonces tendrían las máquinas haría imposible que todo el mundo tuviese jornadas de ocho horas.
Por el momento, estamos reaccionando a la crisis económica con la lógica inversa. Suponemos que somos poco productivos y que todos tenemos que trabajar más, pero la realidad es que somos más productivos que nunca. Incluso con un 25% de la población laboral sin poder hacer nada, como ocurre en España, no habría problemas para suministrar al país de todo y para seguir exportando.
El conflicto no viene de ahí, sino de las escasas perspectivas de que todos los países lleguen a la misma conclusión y pacten unas reducciones universales de jornada. En caso contrario, quien lo ponga en práctica se encontrará con gravísimos problemas, como le pasó a Francia al decretar unilateralmente la jornada laboral de 30 horas. Hoy, en Francia se trabajan una media de 37,5 a la semana. No obstante, España tiene margen de reducción, porque su media está en 41 horas, una de las mayores de la UE, superior incluso a las 40 de Japón, y no parece, por tanto, que nuestro problema de productividad sea el resultado de unos horarios relajados o de un país con demasiadas fiestas. En realidad, el auténtico valor del trabajo estará en la creatividad, lo único que para entonces aún no podrán hacer las máquinas.

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