Las ruinas del COMECON
Juan B. Oliart
El Consejo de Ayuda Económica Mutua (CAEM; también conocido por COMECON, por sus siglas en inglés) fue el organismo internacional encargado de ordenar e impulsar los intercambios económicos en el seno del bloque socialista. Nació en 1949, como reacción soviética al Plan Marshall, y de él formaron parte todos los países de Europa Oriental –excepto Albania y Yugoslavia–, Cuba, Mongolia y Vietnam. Sus dos objetivos principales fueron aumentar al máximo la complementariedad entre los aparatos productivos de los países que lo integraban, y alcanzar el mayor grado posible de autosuficiencia económica respecto del mundo capitalista.
A lo largo de sus cuarenta y dos años de vida, el CAEM, apoyándose en el carácter centralizado y dirigido que el comercio exterior tenía en las economías planificadas, tejió a golpe de decisión política una red medianamente tupida de relaciones económicas entre sus miembros y alumbró una división internacional socialista del trabajo. En ella, la URSS tenía el papel central que se correspondía con su aplastante peso político, como proveedora de materias primas y energía, y difusora de experiencias, conocimientos y tecnología entre los «países hermanos». Símbolo y prueba de ello era el imponente edificio que albergaba la sede del CAEM, situado en el centro de Moscú, sufragado con las contribuciones de los países miembros y que gozaba del privilegio de extraterritorialidad.
El CAEM se disolvió en 1991, al pairo de los acontecimientos políticos que sacudieron la zona después de la caída del Muro de Berlín. Liberados de la tutela soviética, los países de Europa Oriental han hecho desde entonces todo lo posible por reorientar sus flujos de comercio hacia el Oeste, asumiendo que, desde un punto de vista puramente económico, se trata de un mercado de exportación mucho más lucrativo y que, además, el establecimiento de relaciones comerciales con Occidente es un complemento indispensable al nuevo anclaje político que desean consolidar. De esta voluntad se ha derivado una actitud adversa hacia el mantenimiento de los lazos económicos con los países excomunistas, vistos como artificiales y poco rentables en términos económicos, pero, sobre todo, satanizados como la prolongación de un pasado que se quiere olvidar y como rescoldos ardientes de la doctrina Breznev de la soberanía limitada.
Sin embargo, aun siendo ésta la intención de los responsables políticos de Europa Oriental, la reorientación del comercio hacia la Unión Europea se ha mostrado más difícil de llevar a cabo de lo esperado, lo que ha conducido a que se levanten voces que se preguntan si es prudente dar carpetazo sin más al comercio con los antiguos países excomunistas, sin que haya todavía un sustituto equivalente tangible.
El nuevo, pero viejo, papel de Rusia
Diez años después de la disolución del CAEM, los países excomunistas continúan siendo los principales socios comerciales de Rusia. La doctrina política exterior rusa propugna mimar estas relaciones, por considerarlas fundamentales para evitar que estos países se erijan en el futuro como una barrera entre Rusia y Europa Occidental; sin embargo, hechos como los que relato a continuación dan idea de que esta opinión no está del todo asentada: Hace poco más de dos años, el alcalde de Moscú, Yuri Luikov, poniéndose el estatuto de extraterritorialidad por montera, instaló las oficinas administrativas de la alcaldía en el edificio que fue sede del CAEM, valorado a precios de mercado en 500 millones de dólares; ante las protestas que tal expolio ha levantado en los estados cotitulares del inmueble, las autoridades rusas se han limitado a proponer una indemnización global de 150.000 dólares.
En sus intercambios con los países excomunistas, las exportaciones rusas han mostrado una resistencia enorme a todos los contratiempos. El motivo básico de esta situación es que estos países tienen tecnologías y redes de aprovisionamiento de energía heredadas de la época soviética que les hace, les guste o no, dependientes de la asistencia y el suministro rusos. Rusia, por su parte, sabiéndoles cautivos, aplica precios internacionales y obliga a pagar en dólares so pena de cesar en sus entregas; sólo cuando un país se ha encontrado en graves dificultades para hacer frente a sus deudas, o ha amenazado con bloquear el tránsito de mercancías rusas por su territorio, ha admitido Rusia recibir bienes de consumo en trueque por sus productos de exportación.
Rusia, en cambio, no se ha convertido en un buen mercado de exportación para los países de Europa Oriental. A la escasa capacidad de compra derivada del rápido empobrecimiento que han sufrido los rusos, se une el hecho de que la política industrial rusa propugna la sustitución de importaciones, y que, además, tiene las manos mucho más libres a la hora de buscar proveedores porque carece de dependencias tecnológicas exteriores. El resultado final combinado de todos estas circunstancias es que el saldo de la balanza comercial rusa con los países excomunistas ha mejorado tanto que ya es excedentario con la inmensa mayoría de ellos.
Inercias importantes en Europa Oriental
Por todo lo anterior, Rusia continúa siendo un socio importante en el comercio exterior de los países de Europa Oriental; sus suministros son clave para sectores vitales de sus economías, lo que le ha permitido consolidar una participación de alrededor del 12% del total. Nada hace prever que esta situación vaya a cambiar en los próximos tiempos, porque recibir suministros energéticos alternativos es una empresa que lleva años, y porque la tecnología instalada tiene aún una larga vida por delante.
Las relaciones económicas entre los países excomunistas han continuado, aunque han perdido fuelle. Con el objetivo de impulsarlas, Hungría, Polonia y Checoslovaquia firmaron, ya en 1992, el Acuerdo de Librecambio Centroeuropeo, que posteriormente se ha extendido a Rumanía, Bulgaria y Eslovenia. Los tres países bálticos, por su parte, han firmado un acuerdo de librecambio propio. El éxito de estas iniciativas ha sido, no obstante, discreto.
En cuanto a su voluntad declarada de dirigir su comercio hacia la Unión Europea, la suerte que han corrido ha sido diversa. Las dificultades de fondo con que se han topado estriban en que estos países están especializados en productos industriales y agrarios cuya oferta está ya saturada, y la calidad de su producción no reúne los requisitos técnicos y fitosanitarios vigentes en la Unión. Por estos motivos, aunque ésta les ha concedido ventajas arancelarias, les ha incluido en programas comunitarios de ayuda y ha firmado en algunos casos acuerdos de asociación, sólo unos pocos han sido capaces de aumentar significativamente sus intercambios con Europa Occidental. Los más afortunados han sido los estados centroeuropeos fronterizos con la Unión (Hungría, Polonia, Chequia y Eslovenia), que ya dirigen hacia ella alrededor de dos terceras parte de su comercio exterior; el resto se ha quedado a medio camino de esa cifra.
Un futuro en la Unión Europea
La moraleja más importante de todo lo que ha ocurrido con el comercio del Este de Europa en la década pasada es la constatación de que las realidades cotidianas fraguadas por más de cuarenta años de vida en común no se pueden borrar de un plumazo. Por muchas ganas que se tenga de hacer borrón y cuenta nueva, el pasado impone unas hipotecas que lleva años levantar.
Aunque ya ha pasado una década entera, sólo a cinco de los países excomunistas se les puede considerar medianamente integrados en el espacio europeo; el resto languidecen en una tierra de nadie de la que les resultará difícil salir, empantanados como están por el hecho de haber perdido a sus antiguos clientes pero sin haber ganado otros nuevos. En esta situación, no tiene nada de extraño que unos y otros contemplen su ingreso en la Unión Europea como la panacea con la que remediar todos sus males.