Inventario

Padres contra hijos en las empresas

La sucesión nunca es fácil, ni en política ni en las empresas. A veces, el propio fundador lo pone difícil, porque su personalidad avasalladora deja pocos espacios para el resto del equipo, incluida la familia. Otras veces porque los candidatos a la sucesión entran en conflicto para repartirse las parcelas de poder o para pedir su parte, al no querer permanecer vinculados al negocio. Para evitar parte de estos problemas nació el protocolo familiar, que pone un poco de orden en esta materia tan compleja donde se mezclan dinero, poder, lazos familiares y visibilidad pública. Son útiles pero en la vida hay pocas panaceas y eso es lo que está ocurriendo en algunos casos muy notorios que tienen cierta cercanía con Cantabria.
El paradigma es el de la presidenta de las galletas Gullón, una empresa de éxito indudable, puesto que ha conseguido resistir a las multinacionales que han devorado a las compañías del sector y crecer de forma espectacular. Una viuda que tuvo que sacar la compañía adelante, a pesar de que hasta el fallecimiento de su marido no había tenido ningún tipo de responsabilidad en la gestión, y que se apoyó en el director general. Sus hijos, que ya están en el consejo de administración, despidieron hace poco a este director para tomar las riendas de la compañía. La presidenta no ha logrado volver a contratarlo y el viejo timonel de Gullón finalmente tendrá que admitir la decisión del juez, y será indemnizado con más de ocho millones de euros, aunque en todo momento ha manifestado que su preferencia era volver al puesto y no el dinero.
En la empresa de servicios Eulen ha ocurrido algo muy parecido. El creador de este auténtico emporio fue dando entrada en el consejo de administración a sus siete hijos y, a pesar de conservar el 51% de las acciones, se encontró con que la mayoría del consejo (con cinco de sus hijos incluidos) votó por retirarle los poderes ejecutivos. El fundador no dudó en desenterrar el hacha de guerra, pese a su edad, y en hacer público el conflicto, anunciando su intención de volver, a través de una junta general, y desalojar a sus hijos de la empresa.
Estas situaciones no son tan insólitas como parece. De hecho, el conocimiento público de la primera de ellas ha hecho aflorar otras en las que el pudor mantenía el conflicto en el terreno privado. Pero las empresas cada vez son menos privadas y lo que pase con sus propietarios le afecta a muchas otras personas, empezando por los restantes accionistas, si los hay, y los trabajadores. Son problemas inevitables, que no conocen de tamaños ni de tipo de sociedad aunque, por lo general, no suelen producirse mientras el empresario sigue vivo, sino a su fallecimiento, como ocurre con el reparto de los amplios intereses industriales de la familia Gorbeña.
En una sociedad moderna, donde las estructuras familiares son cada vez más complejas, las empresas han de ser cada vez menos nominativas, lo cual no implica que carezcan de liderazgo. O vuelan solas, independientemente de quienes las fundaron o se verán envueltas en más conflictos internos que externos y bastante complicado está el mundo exterior como para buscarse los problemas en casa.

A subirse todos al coche eléctrico

Quién ha dicho que ya no hay dinero? Lo que no hay son negocios. El dinero espera y desespera porque, aunque ya se sabe eso de que rentabilidades pasadas no garantizan rentabilidades futuras, nadie quiere ganar menos de lo que ganaba y antes se ganaba mucho. Los negocios parecen agotados. Los tradicionales y los nuevos, que en esto no hay diferencias. Los unos porque se mustian poco a poco y los otros porque el futuro puede convertirse en pasado en sólo veinticuatro horas. El chip revolucionario de ayer tiene los días contados; mañana habrá otro más innovador.
El problema es que no es tan fácil encontrar negocios nuevos y que duren. La construcción ha deparado mucha rentabilidad durante décadas, con pequeños bajones, y todos buscan ahora un sustituto, desde los propios promotores y constructores a los bancos, cajas y gobiernos. Así que a la más mínima expectativa se arriman en tropel. Llegaron las centrales de producción de energía de ciclo combinado y se apuntaron las eléctricas y algunos allegados, pero el negocio ni siquiera duró diez años. Aparecieron después las fábricas de biodiésel y mucha más gente cayó de bruces ante la energía verde, pero el negocio se murió antes de nacer, cuando se disparó el precio de los cereales y bajó el del petróleo. El viento puede que no sople siempre pero lo que es seguro es que no sube de precio y a los aerogeneradores se subieron también todo tipo de empresarios, desde los energéticos que poco antes despreciaban los molinos, a los constructores. Luego aparecieron los paneles solares y ahora los coches eléctricos.
Antes de que se suban a estos coches los potenciales clientes ya estarán dentro los que esperan hacer negocio con ellos. Los primeros, como es obvio, son las empresas eléctricas, que así podrán vender la energía que les sobra de noche, cuando tanto las nucleares como los parques eólicos siguen produciendo, aunque la demanda se reduce drásticamente. A continuación se han subido las grandes empresas de automoción, que empiezan a ver en el coche eléctrico un mercado en el que poder diferenciarse de los fabricantes de coches baratos. Y con las marcas de automóviles entran sus proveedores, que padecen las mismas incertidumbres. Por supuesto, también se han apuntado los vendedores de combustible, que no quieren quedarse con la manguera en la mano viendo pasar a sus exclientes hacia un puesto de repostaje eléctrico. Y así se agolpa una ristra infinita de empresas, sabedoras de que, con que los coches eléctricos tengan la mitad del éxito que han tenido los de gasolina en el último siglo, hay negocio para rato. Incluso Telefónica ha encontrado un hueco, al ofrecer las cabinas, que empiezan a estar muertas de risa y sólo esperan su desmantelamiento, para convertirlas en puntos de recarga, y no de móvil sino de coches. La ventaja es que son muchas, repartidas por lugares estratégicos y ya están conectadas a la red eléctrica.
Quien tenga un negocio de lo que sea y no esté pensando en qué utilidad puede tener para los coches eléctricos está perdiendo tiempo o es que su intención es conectarse al otro negocio de moda, el de los aerogeneradores. El resto del mundo, al parecer, se lo ha tragado la nada.

Lo importante es el movimiento

Dice el consejero de Sanidad que los edificios del Psiquiátrico de Parayas tiene ya 30 años y han llegado a su límite. La Clínica de Reinosa también se tirará ahora que acaba de entrar en funcionamiento el nuevo hospital, sin tener en cuenta que el auténtico problema de Campoo, como reconoció en su día la exconsejera Charo Quintana, no es la asistencia hospitalaria sino la geriátrica, y en el inmueble vacío se podría hacer sin mucho gasto una residencia.
La Autoridad Portuaria va a remodelar, por segunda vez en diez años, la estación de ferryes (esperemos que esta vez con más criterio) y el Gobierno regional va a construir una nueva estación de autobuses en Torrelavega, a la vista de que la primera, sufragada por una constructora a cambio de un contrato municipal, resultó una chapuza. Además, se remodelará la de Santander, que apenas tiene veinte años.
Con la suficiencia de los ricos recientes, hemos decidido que casi todo lo precedente es rectificable y en eso no hay diferencias entre izquierdas y derechas, porque todos los políticos se comportan igual en este terreno. En tejer y destejer hemos llegado a tener tanta práctica que nuestras ciudades nunca están acabadas.
Probablemente el temor a lo definitivo sea un síndrome nacional. Nos encanta vivir en la provisionalidad y poner el énfasis en los medios en lugar de hacerlo en los fines: lo importante es que se hagan obras, incluso las que no compensan el gasto ni el desasosiego que causan en la vida ciudadana. Arsene Wenger, entrenador del Arsenal manifestaba hace poco, a propósito del Real Madrid su perplejidad ante lo que ocurre en España, “un país en el que se celebran los fichajes, en lugar de celebrarse los títulos”. Probablemente los madridistas celebrarían los títulos si los consiguiesen, pero por el momento se conforman con celebrar los fichajes, que son la expectativa –a menudo frustrada– de llegar tener títulos. Con las obras pasa igual, se celebra el que haya movimiento en la calle y en circunstancias como las actuales, los políticos llegan a pensar mecánicamente que si hay gasto público, se genera riqueza. Bajo el manto keynesiano con que hoy se arropan todas las administraciones, hasta las más ideológicamente liberales, su respuesta inmediata es echar mano del gasto público para hacer, rehacer o deshacer. Lo importante es el movimiento. También dejan dinero los fichajes futbolísticos. El que un jugador esté toda la vida en un club puede que sea un síntoma de amor a los colores, pero ya no es negocio para nadie de los muchos que viven del fútbol. Cuantos más traspasos y más fichajes, más comisiones para los intermediarios y para quienes no son intermediarios. Y mientras tanto, los aficionados –que no saben o no quieren saberlo– recargan las pilas de la ilusión y jalean a sus directivos por el esfuerzo. Aunque lo hagan con el dinero de los demás y poniendo el cazo. Quizá el fútbol y la política no sean tan distintos.

Suscríbete a Cantabria Económica
Ver más

Artículos relacionados

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Botón volver arriba
Escucha ahora