Inventario
Formas de darse un tiro en el pie
Hay muchas formas de darse un tiro en el pie y a lo largo del mes de abril las hemos conocido casi todas. La más obvia es la de Froilán. Sólo se necesita un arma y un padre inconsciente como agente colaborador, pero he aquí otras mucho más sofisticadas:
n La de un ministro de Asuntos Exteriores poco afortunado, al decir que Argentina se ha dado un tiro en el pie al nacionalizar YPF, lo que en ese preciso momento era algo así como mentar la soga en casa del ahorcado.
n La del Rey, en forma de costalada traumática en la cadera y en el prestigio, al suponer que nadie se enteraría de su cacería en Botswana, sin tener en cuenta los accidentes, las filtraciones o las casualidades. Por estadística, el cántaro que va muchas veces a la fuente acaba por romperse y todo se sabe.
n La del afamado médico que hizo la operación real y se vio obligado a rehacerla a la semana siguiente.
n La del PP cántabro al anunciar que no estaba previsto reducir ninguna prestación sanitaria el mismo día en que el PP nacional filtró a la prensa que los jubilados empezarán a pagar por las medicinas.
n La del secretario de Estado de Administraciones Públicas, Antonio Beteta, que dispuesto a hacer méritos hizo cábalas públicamente sobre una posible deuda secreta de Andalucía y la posibilidad de intervenirla, lo que acabó por provocar nuevas embestidas de los mercados sobre la deuda española.
n La del ministro Soria, anunciando que las aguas de la posible incautación de YPF por Argentina se habían calmado 24 horas antes de que la filial española fuese expropiada.
n La del ministro Wert, al asegurar que volver a las aulas de 30 alumnos no tiene repercusión alguna sobre la calidad de la enseñanza. ¿Por qué no las hacemos entonces de 40 o de 50, que resultarán aún más baratas?
n La del ministro de Defensa, al defender su asignación presupuestaria (sólo baja un 2%) con el argumento de que un euro de inversión en programas de defensa tiene tres de retorno. Por esta sencilla regla de tres, hay que poner todos los euros de los Presupuestos en la casilla de Defensa. ¿Para qué necesitamos el Ministerio de Industria o el de Trabajo, mucho más ineficientes a la hora de buscar una salida al personal que se amontona frente a las oficinas de empleo cuando invertir en Defensa es como apostar a la ruleta sabiendo en qué casilla va a caer la bolita?
n La del Gobierno cántabro, que después de ocho meses recordó que debía reclamarle a Alí la devolución de las acciones del Racing que no le ha pagado a Cantur. Pero, en lugar de hacerlo en Madrid, donde las partes acordaron resolver los pleitos, lo hizo en Santander, con lo cual el juez se ha desentendido del caso. Por si fuera poco, la tardanza en la reclamación hace inviable cualquier otra fórmula para impedir que Alí siga como propietario del Racing en la junta general donde se debe aprobar el acuerdo de acreedores, que era lo que se pretendía.
n La de Montoro, insistiendo en que ni por asomo el Gobierno tenía previsto subir el IVA sólo 72 horas antes de que se confirmase su incremento para el año que viene. Eso sí, para aliviar del sofoco al ministro que tiene la competencia, el anuncio lo hizo su colega Guindos, cuyos desmentidos a la subida del IVA quedaban un poco más alejados en el tiempo.
Y si abril fue pródigo con los tiros en los pies, los que salieron por la culata darían para varios libros. Pero esa es otra historia.
Ahorros
Una vez metidos en ahorros, hay que reconocer los especiales sacrificios que hacen algunos próceres y que no son suficientemente reconocidos. Por ejemplo, el alcalde popular de Alcalá de Henares ha optado por prescindir de cuatro de los ocho guardaespaldas que tenía, a pesar de que, como es bien sabido, Alcalá es una ciudad muy peligrosa.
Los políticos no son peores ni mejores que el resto de los ciudadanos, pero algunos de estos comportamientos inducen a pensar que cualquiera que se sube a una poltrona entra en un proceso de ensimismamiento e insensibilidad que le aleja por completo de quienes le votan. Halagados por quienes tratan de conseguir su favor y rodeados por una corte de asesores y guardaespaldas, acaban por acostumbrarse a retroalimentarse con sus propios mensajes hasta llegar a suponer que quienes les critican no solo están equivocados sino que lo hacen por hostilidad.
Una de las virtudes de Miguel Ángel Revilla fue normalizar la relación entre el político y la calle, sin alharacas ni guardaespaldas. Una normalidad que en algunos casos puede ser incómoda, ya que la gente se acerca a plantear sus problemas particulares, pero que acerca la realidad de la calle a los políticos. No está de más, sobre todo para quienes suponen que gobernar es producir a diario leyes, órdenes y decretos, como si los boletines oficiales produjesen por sí solos el bienestar general.
La política es otra cosa y no hubiese estado de más que en este proceso de adelgazamiento de las administraciones empezásemos no por el músculo (las inversiones) sino por los michelines (los gastos burocráticos y de asesoramiento). Desafortunadamente no se va a hacer así, a pesar del enorme sacrificio del alcalde alcalaíno, que ahora ha empezado a ir a la universidad –nunca viene mal en una ciudad tan ilustrada que el alcalde sea licenciado– y que tendrá que prescindir de parte de los guardaespaldas que tanto empaque le dan cuando le esperan tras la puerta del aula.
La obra perpetua
Los primeros Presupuestos de Rajoy bajan un 18% pero la inversión para Cantabria se reduce en más de un 30%. Mientras tanto, el gasto estatal sube en Galicia, donde pronto hay elecciones, porque obviamente hay que ganarlas. Si esta es la forma de resarcirnos de la ‘deuda histórica’ es preferible quedarnos como estábamos, porque el resultado es que en Cantabria no habrá obras, ni regionales ni estatales y lo peor es que una administración que no hace inversiones en términos relativos resulta mucho más cara.
En vista de que España ha sido siempre imaginativa a la hora de hacer de la necesidad virtud, en Cantabria nos cabe la posibilidad de hacer un espléndido parque temático de las obras paradas: Valdecilla, la autovía Solares-Torrelavega (esa que la ministra no ha incluido en el Plan de Infraestructuras pero que a los pocos días citó en el Senado como si lo estuviese), los puertos de San Glorio y Los Tornos… Para aumentar el interés podemos sazonarla con la obra retrasada (Ronda de la Bahía) y las que por no empezar nunca pueden llegar a morir antes de nacer: La Remonta, el Edificio Moneo, la unificación de las estaciones, los dos AVEs… Con todo ello podemos crear un magnífico muestrario de ambiciones desmedidas y de la pedestre realidad en la que nos hemos quedado.
El Gobierno de Mariano Rajoy ha dejado la inversión regional en niveles del siglo pasado después de que muchos de sus avalistas anunciaran que harían arrancar todos los proyectos parados por el exministro Blanco. Pero no sólo no arrancan sino que Madrid ni siquiera ha salvado la cara de Ignacio Diego asignando al menos los 40 millones de euros para Valdecilla que el presidente cántabro ya había metido en sus presupuestos. Una cantidad por otra parte muy inferior a los 200 millones que hace meses reclamaba a Zapatero para acabar la obra. Los cinco concedidos sólo servirán para no tener que rescindir el contrato con las constructoras y verse obligados a volver a concursarla en el futuro.
Valdecilla lleva camino de convertirse en la obra perfecta, la que no se acaba nunca. Se inició de urgencia en 1999 y después de trece años y decenas de miles de metros cúbicos de hormigón, queda todo el edificio de hospitalización, que aún está en estructura, y parte de las conexiones entre las fases. Cuando se acabe algún día –y a este paso ese día será muy lejano– no estaremos muy lejos de los 25 años de vida útil que se le suelen asignar a un hospital, por lo que habría que empezar a pensar en la reforma de las primeras fases. Se habrá hecho realidad esa obra perpetua con la que probablemente sueñan los constructores pero que aterra a cuantos la sufren, desde los pacientes a los profesionales sanitarios.
En mucho menos tiempo del que llevamos de ejecución, Madrid ha construido ocho hospitales y en Valencia se ha levantado el nuevo Hospital la Fe completo. Y, para colmo, el presidente Diego nos dice ahora que será necesaria una cuarta fase, porque, como en el misterio de la Santísima Trinidad, tenemos tres de lo que debía ser un sólo hospital, pero no encajan entre sí, sin que nadie se haya dignado a explicar por qué no se partió de un proyecto mejor estructurado.
En cada fase ha habido que improvisar las soluciones de enlace con la anterior, lo que resulta desconcertante si se tienen en cuenta la cantidad de proyectistas y el prestigio profesional de todos ellos. Claro que siempre se puede echar la culpa al empedrado de la urgencia con lo que comenzó todo, cuando un 2 de noviembre de 1999 se derrumbó uno de los muros del viejo hospital. De aquella premura derivan muchos de los errores y el más notorio de todos es haberlo construido en el mismo emplazamiento que el anterior, lo que a la postre ha resultado muy incómodo, mucho más lento y extraordinariamente más caro. Pero ese error no puede achacársele a los proyectistas. Todos los partidos políticos, los sindicatos y las fuerzas vivas de la región, incluidos los lectores que escribían a los periódicos reclamaron la reconstrucción in situ, a pesar de los problemas que planteaba la finca y del incómodo solapamiento que eso produciría con la actividad del Hospital. Sólo el ingeniero Juan José Arenas y esta revista propusieron que la decisión no se tomase en caliente, con el muro recién caído, y se valorasen todas las alternativas.
Ahora, con una obra empantanada que cuando se culmine habrá consumido la estratosférica cantidad de 400 millones de euros y con la amenaza de una cuarta fase fantasma, nadie puede precisar una fecha de terminación. Claro que eso también puede servir como cura de humildad para todos los que en este tiempo han puesto muy por delante el continente del contenido, como si el edificio fuese lo único importante para tener una sanidad de calidad, para los que no fueron capaces de calcular el gasto, para los que proyectaron sin una idea de globalidad y para los que utilizaron el Hospital como objeto de una batalla política diaria y ahora tienen ocasión de arrepentirse.
Afortunadamente, esa paralización no nos deja desnudos, porque hay alternativas. En 1990 todos daban por amortizada la Residencia Cantabria, una vez concluida la vida útil teórica del edificio, y se iniciaba su desmantelamiento. A la vista del rendimiento que se le ha sacado posteriormente hay que agradecer que nadie tomase la decisión del derribo. Probablemente no ha sido el mejor edificio del mundo pero ha sido un comodín permanente para reacomodar servicios y pacientes. ¡Y, al fin y al cabo, se construyó en ocho meses! Valdecilla lleva ya trece años y la obra sigue.