Inventario

Todos suspensos

Solchaga pasará a la historia vestido de mago y con una varita todopoderosa, tal como le dibujaba Peridis en sus viñetas, y no por sus decretos, porque la supervivencia de las imágenes es muy superior a la que tienen los conceptos verbales o literarios. De estos, lo probable es que sólo se recuerde aquella frase, desafortunada para un ministro de Economía, en la que aseguraba que “España es el país del mundo donde uno se puede hacer rico más deprisa”, porque en la mente de todos está la idea de que allí donde se genera dinero fácil no suele ser un lugar muy de fiar.
Bajo aquel ropaje de mago estaba la idea de que el ministro de Economía tiene la bola de la clarividencia. Pero como todos los augures con experiencia, Solchaga sabía perfectamente la manera de no equivocarse diciendo al mismo tiempo una cosa y su contraria. El mensaje tipo era: “La economía va bien pero hay que apretarse el cinturón”. De esta forma, era evidente que el ministro acertaba si todo seguía igual y seguía acertando si las cosas empeoraban. Y en todos los casos seguiría siendo un buen ministro, porque todo aquello que pudiese salir mal era por culpa de los ya advertidos, que no se plegaban a apretarse el cinturón, echando a perder las conquistas del Gobierno.
Greenspan, cuando era presidente de la Reserva Federal norteamericana, todavía resultaba más críptico en sus augurios y eso le dio un aura legendaria que va perdiendo ahora que se le entiende todo y no deja de meterse con el Gobierno (el americano, por supuesto).
Solbes tiene su propio sistema de conceptos oblicuos, en el que solo es posible pillarle cuando tiene que dar un dato. Mientras tanto, sobrevive gracias a una verborrea de abstracciones y circunloquios. Pero las cifras son las cifras y el Gobierno va a pagarlas sin piedad. ¿No dijo cuando presentó los Presupuestos para este año que íbamos a crecer al 2,7%? ¿Y luego que al 2,6%? ¿Y más tarde que por encima del 2%?… Pues, efectivamente, Solbes, como el rey del cuento, va desnudo: Ni tiene bola de cristal ni varita mágica ni nada, porque la evidencia es que si crecemos un punto podemos darnos por contentos y olvidarnos cuanto antes de este año.
El ministro y el Gobierno han dado obvias muestras de incompetencia y así se lo han recordado desde todos los frentes. Lo que resulta más difícil de explicar es por qué somos mucho más benévolos con otros incompetentes, como los bancos, las cajas de ahorros y algunos organismos internacionales. Cada uno de ellos, juntos o por separado, han publicado desde principios de año estadísticas sobre el crecimiento del PIB previsto para 2008 y todos ellos han manejado cifras muy semejantes a las del Gobierno, con un par de décimas de diferencia a la baja. Tengo la tentación de reflejar aquí una a una todas esas previsiones, pero serían demasiadas y un poco cruel ¿Por qué, si veían con toda claridad cómo crecía la morosidad entre su clientela y eran los primeros en padecer el cerrojazo de la financiación, podían dar unas cifras que ahora se antojan tan optimistas y ajenas a la realidad? ¿Por qué todos aquellos que aseguran que habían visto venir la crisis no se atrevieron a poner por escrito en un documento que el PIB español crecería sólo el 1% o el 0,5% o incluso que podría retroceder este año?
En apenas medio año, han quedado en evidencia todos los organismos y analistas, públicos y privados; todos los indicadores adelantados y todos los atrasados; han fallado incluso los que se dejaron llevar por su nariz. El suspenso es general, pero el problema es otro: ¿Con qué fuerza moral pueden criticar al Gobierno por la recesión económica todos aquellos que todavía en marzo opinaban que la economía crecería un 2,5% si sus previsiones han resultado ser tan malas como las del propio Gobierno?

Las otras pensiones

El pasado año han perdido dinero tres de cada cuatro suscriptores de fondos de pensiones y los que han ganado, aquellos que tenían sus inversiones en productos financieros muy conservadores, también han perdido valor de compra, puesto que han subido menos que la inflación. Sin embargo, parece que a la mayoría de los creadores de opinión lo único que les preocupa son las pensiones de la Seguridad Social que, al menos hasta hoy, no han tenido problemas de este tipo.
¿Por qué pasa tan desapercibida la mala evolución de las pensiones privadas y se pone tanto énfasis en crear incertidumbres sobre las públicas? Obviamente, es una estrategia comercial como otra cualquiera, amparada inicialmente por quienes pensaban hacer grandes negocios con la privatización de un sector que mueve cantidades billonarias –que luego no ha sido tanto– y secundada más tarde por los partidos políticos que decidieron sacar tajada subiéndose al carro de las dudas. Para nadie es un secreto que hasta los votantes más convencidos pondrían el grito en el cielo contra el Gobierno que apoya si ven peligrar sus pensiones.
El sistema de la Seguridad Social puede que no sea eterno y antes o después padecerá los efectos del envejecimiento del país o de una previsible disminución de la población laboral, pero da más garantías que el sistema privado, quizá porque desde un principio se ha basado en un modelo extraordinariamente conservador: con el dinero recaudado a los activos no puede hacer otra cosa que pagar a los pasivos, frente a los sistemas de capitalización que pueden invertirlo.
Con la euforia bursátil del año pasado, el Gobierno abrió la mano para permitir que una pequeña parte del excedente se pueda capitalizar, lo que daría un buen empujón a las bolsas, pero visto lo que ocurre con las pensiones privadas, está claro que lo que a veces parece un fantástico negocio, antes o después produce muchos sobresaltos y los españoles estamos acostumbrados a que, con la Seguridad Social, no los haya. Si cuando el sistema público tiene superávit hay tantos agoreros sobre su futuro, qué ocurriría si se gestionase igual que las pensiones privadas y tuviese las mismas pérdidas. ¿Alguien cree que habría tanta complacencia como está habiendo con las privadas?

La caída de Berriolope

Uno de los tópicos referidos al Partido Socialista cántabro es que nunca se renueva. Una idea originada por el largo mandato de Jaime Blanco, que aún es senador. Pero, por la misma regla, la permanencia de Fraga como presidente emérito del PP debiera hacer suponer que en el Partido Popular tampoco cambia nunca nada, lo que obviamente no es cierto. En el PSC han cambiado más cosas de las que parecen y aunque la continuidad de Lola Gorostiaga tras el congreso de otoño reforzará en sus argumentos a quienes piensan que todo sigue igual, la realidad es mucho más sutil, en parte porque el PSOE local se ha hecho un ente de contornos tan difusos que ni siquiera hay aparato sino entorno y quien, como Martín Berriolope, se siente apartado de esa reducidísima camarilla –la de Gorostiaga–, tira los trastos en una rabieta personal.
Una circunstancia que indica bien a las claras cómo pueden cambiar las cosas en el interior del PSC y que aparentemente todo siga igual es la posibilidad de que el nuevo portavoz sea Francisco Fernández-Mañanes, cabeza visible del sector renovador en el penúltimo congreso. Lola ha atraído en estos últimos años al grupo de Mañanes y su ascensión a la cúpula del partido a través del Grupo Parlamentario debería producir la misma perplejidad que cuando hace casi veinte años Jaime Blanco nombró para el mismo cargo a Miguel Angel Palacio, miembro del grupo Nueva Mayoría, que pedía su relevo.
Claro que más sorprendente aún es que, quienes durante décadas han sido oficialistas casi por definición, como Jaime Blanco y su esposa, Rosa Inés García, sean ahora los críticos, un síntoma, se quiera ver o no, de que el poder está ya en otras manos.
Este baile de sillas interno pone de manifiesto que en el PSOE basta esperar para ver lo imprevisible, como que Rosa Inés se enfrente al teórico aparato y que, además, lo derrote en Santander con el insólito apoyo de quienes la denostaban; que la presidenta del partido en la región, Blanca Rosa Gómez Morante, se ofrezca como renovación de la dirección de la que forma parte, o que el propio Berriolope considere un desastre una gestión de la que debiera sentirse responsable, porque él, en contacto muy estrecho con Lola Gorostiaga, ha sido el auténtico estratega de los socialistas cántabros en las dos últimas legislaturas. Está claro que si, quienes aparentemente formaban el aparato, no se sienten en absoluto responsables es por que en realidad no hay aparato y otra muestra de ello es la rápida conquista de grandes cuotas de poder por parte de quienes han llegado de fuera. Un pequeño grupo muy cohesionado, los antiguos militantes de IDCAN, no sólo consiguieron hacerse un hueco, sino que en poco tiempo pasaron a controlar los puestos clave, desde la portavocía del grupo parlamentario a la Consejería de Economía, que con ellos ha adquirido un perfil político y una proyección que nunca antes tuvo.
La relevancia adquirida por este grupo que a los ojos de los viejos militantes es casi un recién llegado, ha causado un notorio malestar en el interior del partido, cada vez más alejado de los grandes temas y más ocupado en las personas.
Estas circunstancias hacen que la dimisión de Berriolope supere la trascendencia que de por sí tiene un cambio traumático en la portavocía o la que debieran tener sus críticas demoledoras a la gestión actual. La caída por voluntad propia del diputado castreño, curtido en mil batallas pero muy sensible a una pérdida de influencia sobre Gorostiaga, puede ser el comienzo de una renovación más profunda que se sustanciaría después del Congreso. Pero, aunque así se produzca, ninguno de los grupos que se postulan desde dentro de la candidatura oficial o desde afuera está tan cohesionado ni tiene la política tan metida en las venas como los antiguos idecanes y para sobrevivir al frente de cualquier partido de izquierdas, con un fuerte componente autodestructivo que no le abandona ni siquiera cuando está en el Gobierno, es necesario el apoyo de un equipo disciplinado y conocedor del regate político, algo para lo que Lola tendrá muy difícil encontrar alternativa.

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