Froxá potencia los precocinados en su nueva fábrica
Son apenas 200 metros los que separan a la nueva fábrica de Froxá de sus antiguas instalaciones, pero esa corta distancia simboliza la apuesta de futuro realizada por la empresa de congelados, que quiere potenciar sustancialmente las líneas de precocinados. La empresa cántabra, que se hizo un hueco en el mercado alimentario español con los filetes de merluza y los langostinos congelados, ha evolucionado a medida que cambiaban los hábitos alimentarios de los españoles y se ha introducido progresivamente en transformados de mayor valor añadido como los sanjacobos de pescado, varitas y filetes de merluza y lenguado rebozados, croquetas, calamares a la romana, rabas, preparados para paella, sopas de marisco, calamares, pulpo cocido, preparados para ensalada, surimis… Una variedad de productos cada día más amplia y que en poco tiempo incluirá uno novedoso en el mercado de los precocinados, los bocartes rebozados.
Froxá había llegado a un punto en que se encontraba con serias limitaciones de crecimiento en su fábrica tradicional de Cartes, y la familia Fernández ha optado por construir una nueva capaz de dar respuesta a la evolución del mercado alimentario y a la aparición de nuevas tecnologías del frío.
La nueva fábrica, en la que se ha cuidado al máximo la funcionalidad y la automatización de procesos, está situada junto al centro de distribución que Froxá creó en 1996 en las antiguas naves de la empresa metalúrgica Germán Marcos. La maquinaria que ocupa los 2.100 metros cuadrados de naves, permitirá triplicar los tres millones de kilos de congelados que produce anualmente la empresa.
Congelación a -20º
Diseñar la nueva planta partiendo de cero ha permitido racionalizar al máximo los procesos de fabricación y automatizar las tareas que más fatiga comportan al personal por su carácter repetitivo.
Las tres líneas de producción de Froxá –pescado congelado, precocinados y los preparados para ensaladas o paella– confluyen a través de cintas automáticas en una sala común de pesaje y etiquetado. La paletización final se lleva a cabo mediante un robot, y la cercanía de los almacenes permite evitar el anterior trasiego de vehículos y mercancía al que obligaba la separación entre fabricación y almacenaje que se producía en las antiguas instalaciones.
La nueva planta ha sido aprovechada también para renovar la práctica totalidad de los bienes de equipo, incorporando las últimas tecnologías en frío industrial, con túneles de cinta autoportante capaces de congelar 450 kilos de pescado a la hora, que alcanzan en apenas 30 minutos temperaturas de menos veinte grados.
El nivel de automatización alcanzado en todas las fases del proceso de fabricación permite que, a pleno rendimiento, la planta sea capaz de elaborar cerca de diez toneladas de pescado congelado al día.
Otra línea de producción diseñada para funcionar independientemente es la elaboración de mezclas para ensaladas y paellas, a la que se ha dotado con una pesadora automática capaz de pesar cerca de 80 paquetes por minuto.
Precocinados
Froxá se ha dotado de una sofisticada maquinaria para elaborar, a partir de merluza o fletán, la masa de pescado que, rebozada o empanada, servirá de base a la gama de precocinados, donde espera el mayor crecimiento de las ventas. “Tenemos que ir buscando productos que nos den más valor añadido –señala el director general de Froxá, Juan Manuel Fernández– y nos permitan sacar mayor partido a cada kilo de pescado”.
“Nosotros detectábamos la necesidad de esa línea, pero lo que no tenía sentido era tratar de instalarla en la antigua planta. Sabíamos que estábamos condenados a no poder crecer y entonces decidimos desplazarnos y unir la planta de producción con el centro logístico”.
La nueva fábrica, en la que trabajan desde principios de noviembre las 75 personas que componen la plantilla, ha requerido una inversión de cuatro millones de euros, la mitad de los cuales proviene de los fondos que destina la Unión Europea a subvencionar los proyectos de modernización de las empresas transformadoras de pescado. Unas ayudas que empiezan a entrar en la recta final como consecuencia de la salida de la región del Objetivo 1, pero que han servido para transformar radicalmente el sector conservero en Cantabria y poner en pie nuevas empresas orientadas sobre todo a la elaboración de transformados, como el surimi.
La financiación de la operación de traslado se completará con el destino que se va a dar al suelo en el que se asientan las antiguas instalaciones de Froxá. El replanteamiento urbanístico de la zona, realizado por el Ayuntamiento de Cartes, permitirá dedicar los 5.500 m2 de terreno a la construcción de viviendas.
La inversión realizada por la empresa se completará antes de que finalice el año con los 900.000 euros que destinará al aprovechamiento integral del centro logístico. Los 20.000 m3 de capacidad de almacenaje que ahora posee se incrementarán en 6.000 más, optimizando la utilidad de las naves.
Asegurar la materia prima
El mercado natural de Froxá está en la Península Ibérica, aunque la empresa de congelados cántabra también distribuye sus productos por otros países de la Unión Europea, así como en Méjico, Cuba y Santo Domingo. No siempre es producción propia. Una parte significativa de los productos que comercializa, entre ellos los destinados a marcas blancas, se fabrican en terceros países bajo su supervisión y asesoramiento técnico. Pero las cada vez mayores restricciones pesqueras pueden obligar a Froxá, a medio plazo, a instalarse con plantas propias en los países que detentan los caladeros: “Estamos recibiendo peticiones de asociación de tres países, China, Chile y Corea”, explica el director general de Froxá. “En este momento tenemos dos en fase de estudio y eso implicará inversiones de capital en estructuras que ya están hechas pero que habrá que modernizar, además de transferencias tecnológicas”.
Con más de 42 kilos por persona y año, España es uno de los primeros consumidores de pescado del mundo. Esta fuerte demanda desborda las posibilidades de los caladeros en que puede faenar la flota propia y exige importar anualmente cerca de un millón de toneladas de todo tipo de productos del mar. Todo indica que cada vez será mayor la proporción de pescado importado, dado el aumento de las restricciones para acceder a muchos caladeros de países como Chile, Argentina, Namibia, Sudáfrica o Nueva Zelanda donde, por ejemplo, España obtiene un producto tan apreciado por el consumidor nacional como la merluza.
Una de las condiciones que estos países suelen exigir para permitir el acceso a sus caladeros, es que parte de la pesca capturada en sus aguas sea elaborada en el país de origen, por lo que el aseguramiento de la materia prima pasará obligatoriamente por la colaboración en la puesta en marcha de una industria transformadora en los países pesqueros; una exigencia que la dirección de Froxá tiene perfectamente asumida: “Son ellos los que se acercan a nosotros porque tienen necesidades financieras, pero realmente somos nosotros los que necesitamos de ellos porque la pesca cada día es más escasa. Hay que definir las estrategias a medio y largo plazo tratando de prever qué va a ocurrir en tu sector y el aseguramiento de la materia prima es la prioridad”, concluye.