La fábrica que renació y se convirtió en multinacion al
Cuando FerroAtlántica compró en 2009 la multinacional francesa Pechiney, la compañía gala, auténtica referencia en el sector, poseía un edificio singular en La Défense, una de las zonas más exclusivas de París, donde alojaba sus oficinas centrales en las que había 200 personas. Hoy, ni tiene oficinas centrales ni, por supuesto, edificio. FerroAtlántica gestiona fábrica a fábrica y con pocos lujos. Quizá por eso, ha conseguido hacerse con un sector, el de las ferroaleaciones, que en el pasado fue considerado estratégico por los estados (en España llegó a depender de Defensa).
La operativa ha sido comprar las empresas del sector en pérdidas y conseguir que en muy poco plazo pasasen a dar beneficios. Lo hizo con la fábrica cántabra de Boo cuando estaba a punto de cerrar, hace veinte años, y que ahora vive una de sus mejores épocas del siglo que acaba de cumplir. Y si no crece más es porque el precio de la energía eléctrica en España es el más caro de todos los que el grupo paga en los distintos países donde está presente.
Cuando en marzo de 1913 comenzó la producción de carburo de calcio en la Electrometalúrgica del Astillero (EMA) no era, ni mucho menos, la única fábrica de carburos de la zona, pero sí la más importante de todo el norte de España, gracias a sus cuatro hornos monofásicos. Iba a suministrar un producto que por entonces era imprescindible como fuente de iluminación, dado que la luz eléctrica estaba muy poco extendida. Al introducirse en agua, las piedras de carburo producen acetileno y con la llama de este gas muchas casas y cabañas conseguían una precaria iluminación.
Con el fin de la guerra civil, el gobierno militar encabezado por Franco decidió que el acero era un sector estratégico y, en consecuencia, también lo eran las ferroaleaciones, imprescindibles para su fabricación. Para no estar sometido a las incertidumbres que provocaban las contiendas internacionales, creó la sociedad Ferroaleaciones de Boo, dependiente del Ministerio de Defensa a través del Consejo Ordenador de Minerales Especiales de Interés Militar (el COMEIM). La fábrica se asentó en los terrenos de la astillerense EMA, dado que era un lugar cercano al puerto, con suficiente suministro eléctrico y a medio camino entre los dos clientes principales que iba a tener: las acerías vascas y las asturianas.
La nueva compañía se convirtió en uno de los motores de la zona, por su importancia y modernidad: Fue la primera instalación fabril de España en disponer de un horno trifásico. Pero no por eso deja de sorprender la capacidad de sus directivos y trabajadores para hacer frente a los problemas de esa época de penurias, tanto en los acopios de minerales como en las constantes interrupciones del suministro eléctrico, un problema muy difícil de gestionar para cualquier fundidor.
Cuando años después el Marqués de Suanzes organizó el INI, las empresas de distintos organismos públicos empezaron a pasar a este holding público que dio mucho que hablar y durante mucho tiempo. En 1950, tanto la COMEIM como Electrometalúrgica del Astillero cedieron sus instalaciones a una nueva sociedad denominada Ferroaleaciones y Metales (FYESA) y el paquete de acciones de COMEIM, que le daba el control de la nueva compañía, pasó a manos del INI.
El fin del carburo
En 1958 se cerró una fase, la de los carburos de calcio, que había dado origen a la fábrica. La generalización de la energía eléctrica en las viviendas hacía ya prácticamente innecesarias las lámparas de carburo, que sólo se utilizaban en zonas aisladas, en las cabañas y en las minas, por lo que FYESA desmanteló los cuatro hornos monofásicos y se concentró en las ferroaleaciones, un sector con una enorme proyección en una España que necesitaba de todo, desde equipamientos inmobiliarios a electrodomésticos, y en la que el acero empezaba a ser omnipresente.
En 1971 el Banco Santander compró al INI las acciones de FYESA y sacó la compañía a Bolsa, lo que demuestra las expectativas que tenía puestas en esta fábrica, al igual que la ampliación hacia el campo de las ferroaleaciones especiales (ferrocromo, ferrocromo afinado, silicocromo…), que hoy ya no hace. Esa misma ambición quedó patente en las fuertes inversiones realizadas en los hornos Tanabe, que obligaron a extender la superficie de la fábrica y a ocupar terrenos del municipio de Camargo.
La realidad del país cambió radicalmente a finales de los años 70 y comienzos de los 80, al resultar severamente afectado por las dos guerras del petróleo. La irrupción de la crisis en las acerías españolas, a las que vendía el 80% de su producción, repercutió en la fábrica, que entró en un proceso de decadencia y conflictos. Los sindicatos reaccionaron con mucha dureza a los severos recortes de plantilla que empezó a realizar la compañía y eso dio lugar a auténticas batallas campales.
El Banco Santander cada vez estaba menos interesado en mantener un negocio que había dejado de serlo y que le causaba grandes problemas y de deshizo de FYESA vendiéndosela a Carburos Metálicos, un amplio grupo propietario de otras fábricas de ferroaleaciones que había estado vinculado a Banesto y que, como otras tantas empresas del Español de Crédito, Mario Conde utilizó para hacer caja.
Carburos Metálicos nunca llegó a tener una estrategia muy clara para lo que hoy es FerroAtlántica y, a la vista de que no conseguía hacerlo rentable, tomó la decisión de perder lo menos posible, reduciendo la actividad de los hornos. En el caso de la fábrica cántabra, llegó a tener uno solo funcionando y ni siquiera todo el año.
Carburos ya tenía decidido el cierre, en 1992, cuando un grupo encabezado por Juan Miguel Villar Mir se ofreció para adquirirla. Villar, que había sido vicepresidente del Gobierno con Adolfo Suárez, era un empresario versátil, que en sus primeros tiempos de ingeniero había tenido responsabilidades en otras empresas de ferroaleaciones y estaba convencido de que podía gestionarlas de otra manera.
La operación de compra, en la que se incluían otras tres plantas en Galicia, se cerró en 500 millones de pesetas y abarcaba también a unos saltos de agua en la comunidad gallega, por los que tuvo que desembolsar 17.400 millones.
Efectivamente, Villar Mir implantó una estrategia radicalmente distinta, la de maximizar la producción. La orden fue producir lo más posible para tratar de reducir los costes y ser competitivos en el mercado internacional. En tres años, la nueva FerroAtlántica (como la había nombrado) triplicó su producción y la fábrica cántabra puso los cinco hornos en marcha, para lo cual resultaba necesario hacer importantes inversiones. De hecho, esa ha sido la tónica permanente. Desde la llegada de Villar Mir se han empleado 67 millones de euros en mejorar la fábrica de Boo, de los que 30 se han dedicado a reducir sus emisiones al aire y al agua, que provocaban las quejas de los vecinos. Unas quejas que, en lugar de ir a menos fueron a más en algún tiempo, al construirse numerosas viviendas muy cerca del recinto fabril.
Entre las inversiones realizadas en esta última época destaca la remodelación de los hornos Elken con tecnología propia, una transformación que ha permitido mejorar la producción en un 30% y que ha suscitado varias patentes. Una reforma tan sustancial que ahora se conocen como hornos FerroAtlántica.
La compañía gestiona esos cuatro hornos, más un quinto de menor tamaño destinado a la fabricación de ferromanganeso afinado, adaptándose cada día al precio de la energía y ha conseguido evitar que se resientan de ese continuo proceso de encendido y apagado, algo que el sector tenía por imposible. También ha conseguido aprovechar el mineral de manganeso de baja calidad, que las otras fábricas desechan, para compensar la desventaja que tiene en el precio de la energía, incluso con ese sistema de gestión horaria de los hornos.
El resultado ha sido una de las plantas de ferromanganeso más eficientes del mundo y una de las de mayor tamaño. Pero no solo ha cambiado la fábrica, también su perímetro. FerroAtlántica ha pasado a ser un modelo internacional, con quince plantas y 45 hornos en funcionamiento.
Villar Mir nunca ha abandonado un negocio en el que se haya metido; en todos ha conseguido cambiar de signo su contabilidad, como si fuese un Rey Midas, pero no era fácil suponer que podía lograr una transformación semejante en un sector tan maduro como las ferroaleaciones.