El bocarte del Cantábrico llega tarde

Después de cinco años de espera, la llegada de bocarte del Cantábrico a las lonjas de nuestros puertos pesqueros ha sido saludada como el comienzo de una nueva y más brillante etapa para el sector conservero. Pero la realidad es que ese bocarte, por mucho que se pondere su calidad, hace bastantes años que dejó de ser el sostén de las firmas que elaboran anchoa en Cantabria, como lo demuestran las 12.700 toneladas anuales de semiconservas que, sin materia prima propia, se produjeron en España en el último bienio, según ANFACO (la federación de asociaciones conserveras, que no incluye a Galicia en esta cifra). La mayor parte de esa producción se concentra en Cantabria.
Para mantener su actividad, nuestras empresas conserveras han debido acudir a caladeros de países lejanos, desde Argentina hasta Croacia, Marruecos o China, pero, como señalan fuentes del sector, iban buscando materia prima que sustituyese al inexistente bocarte del Cantábrico y lo que han terminado por encontrar ha sido anchoa ya elaborada y lista para envasar.
“En principio se compraba salazón en países como Argentina o Marruecos para producirlo en Cantabria –explica el secretario de la Federación de Alimentación de CC OO Luis Vega–, pero con el paso del tiempo se ha generalizado la compra no de salazón sino de anchoas ya elaboradas en Marruecos y en Perú, donde se procesan, por razón de costes, las anchoas pescadas en Argentina”.
El resultado es que mientras las empresas cántabras han logrado mantenerse a flote, aunque a riesgo de convertirse en simples canales de comercialización de productos elaborados fuera del país, los trabajadores del sector, contratados en régimen fijo-discontinuo, son llamados a las fábricas menos días cada vez. A estas alturas han agotado su derecho a un subsidio de desempleo y las jornadas sin ingresos de ningún tipo (en los que no reciben salario ni desempleo) se han disparado. Si en 2007 fueron 26, en 2008 ya pasaron a 134 y la estadística de 2009 probablemente ha sido peor.

Preocupación por el futuro del sector

Ahora que se ha vuelto a abrir la costera en el Cantábrico y que, si se confirman las buenas expectativas, se acabarán capturando las 5.000 toneladas permitidas, parece llegado el momento de la salvación para las flamantes fábricas de Santoña y Laredo –se han renovado prácticamente todas con generosas ayudas del IFOP–. Y, en consecuencia, que volverán a llamar a sus trabajadores, en una actividad donde aún se encuadran unas 1.600 personas. Sin embargo, la realidad es que esa cuota ni siquiera cubre la mitad de las necesidades del sector y probablemente ni siquiera va a recuperar una parte del empleo perdido por el sector, porque la costera y la actividad de las fábricas cada vez están menos relacionadas.
Coincidiendo con la pasada Feria de la Anchoa, entraron en la lonja de Santoña 70.000 kilos de bocarte y, a pesar de la avidez con que supuestamente se esperaba la llegada de esta especie autóctona, el precio de las subastas rondó los cinco o seis euros por kilo, el mismo que se pagaba hace una década. La razón está en que las fábricas ya no necesitan competir por ese pescado del Cantábrico al precio que sea, dado que se han acostumbrado a trabajar con materia prima foránea o a importar anchoa ya elaborada a precios muy atractivos.
Salvo para un puñado de compañías, que apuestan por hacerse fuertes en la gama alta de la anchoa y que requieren la especie local, la compra de bocarte del Cantábrico es más una cuestión de imagen y un reclamo publicitario para asociar la marca a la idea de que está producida con la pata negra de esta semiconserva, el engraulis encrasicholus, nuestro bocarte autóctono. Por este motivo, el empleo real que puedan generar estas capturas es muy probable que no acaben respondiendo a las expectativas. Alguna empresa ya ha llamado a su fijos discontinuos para descabezar los bocartes comprados en las lonjas cántabras, pero esa tarea no ha supuesto más que un día de trabajo a la semana.
La utilización de fijos-discontinuos –que se aplica también en trabajos estacionales, como la hostelería–, explica que en el sector conservero no se haya vivido una catarata de expedientes de regulación de empleo (ERE’s) como la que se ha producido en otras ramas de la industria. De hecho, a pesar de la crisis económica, ni se han cerrado empresas ni se ha producido pérdida de puestos de trabajo en el sector, como sí ocurrió, en cambio, antes del cierre de las costeras, cuando desaparecieron cuatro empresas conserveras: Albo y Blanco Abascal, en Santoña; Alicar (Treto) y Cue Larrañaga (Cicero). No obstante, la dureza de la actual situación económica está psando factura y se teme que al menos dos firmas semiconserveras se vean abocadas al cierre.

Una denominación de calidad que no llega

La ausencia de materia prima local durante un lustro ha acelerado la dependencia de nuestras industrias de otros caladeros. Pero, como era de prever, esos países están pasando de vender sus capturas –o, a lo sumo, de exportarlas como simple salazón– a elaborar sus propias anchoas y, dado que pueden trabajar con costes salariales muy bajos, lo hacen a un precio tentador para las compañías del Cantábrico, muchas de las cuales han optado por la vía más cómoda y barata de adquirir esta anchoa para envasarla directamente, en vez de finalizar el proceso en sus propias fábricas.
La Asociación que agrupa a las conserveras cántabras (Consesa) dice no disponer de cifras que permitan medir hasta dónde ha llegado esta práctica. Por su parte, las estadísticas de ANFACO parecen restar dramatismo a la entrada de anchoa en aceite. De acuerdo con sus cifras, en 2009 estas importaciones listas para su consumo sólo han supuesto el 13,8% de la producción nacional de salazón y anchoa en aceite.
Lo que es seguro es que la tendencia es imparable y puede acabar siendo letal para la supervivencia de nuestro sector conservero. No se puede competir indefinidamente con firmas de otros países utilizando su propio producto, entre otras cosas porque el mercado de la semiconserva es muy poco marquista. Ninguna compañía española tiene más del 7% de cuota en el mercado nacional y sólo los consumidores cántabros podrían mencionar dos o más marcas.
“En el mercado ya no estamos compitiendo sólo entre empresarios de Cantabria” –alerta Luis Vega–, “sino que también lo hacemos con empresas de Marruecos, de Chile o de Perú, que ya han empezado a venderlo con marca propia. El margen del que disponen ellos para abaratar los precios no se puede batir y el problema es que esa anchoa puede ser la misma que la supuestamente elaborada en Cantabria”.
La estrategia para asegurar la supervivencia del sector, pasaría, según Vega, por “conservar el mercado de la alta restauración y de la delicatessen y, en otros segmentos, que el que pueda competir en precio que compita”.
Para asegurar ese nicho de calidad sería muy conveniente poder contar con un marchamo que refuerce la imagen que la anchoa cántabra tiene entre los consumidores, pero la batalla de la etiqueta de calidad parece estar perdida, ya que sigue sin convencer –o convenir– a muchos empresarios. El intento de una docena de firmas conserveras de lograr hace diez años una IGP (Indicación Geográfica Protegida), se frustró ante la oposición de la patronal ANFACO que exigió que cualquier empresa conservera de España pudiera acogerse a la denominación de calidad que se reglamentase.
A la dificultad que tiene el crear un marchamo de calidad aplicable únicamente a las empresas de Cantabria se une el hecho de que las compañías no están por la labor de sostener los gastos de un consejo regulador o del sistema de acreditación necesario para velar por la fiabilidad de ese marchamo. Cantabria dispone desde hace años de un sello propio de calidad, regulado por la Odeca, un organismo que ha sido clave para respaldar la calidad de las patatas de Valderredible o del sobao pasiego y quizá podría jugar también un papel en la anchoas, a condición de que las conserveras cántabras fueran capaces de definir conjuntamente hacia donde quieren que camine un sector que es una de las señas de identidad regional. Pero nunca ha sido fácil poner todo el sector de la semiconserva de acuerdo y no parece que en el futuro vaya a ser menos difícil.

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