La industria emergente de las desaladoras

El mercado medioambiental se ha revelado en los últimos años como un atractivo negocio para sectores industriales tradicionales. Es el caso de las empresas dedicadas a la calderería y montaje de instalaciones, que han encontrado en las tecnologías aplicadas a la gestión del agua una demanda cada vez más relevante. En Cantabria, son varias las empresas metalúrgicas que se dedican de forma habitual a la construcción de plantas depuradoras. Más novedosas y más exigentes, por su mayor complejidad técnica, son las plantas desaladoras, un prometedor mercado al que han conseguido acceder dos de las más conocidas caldererías locales: Motusa, del Grupo Landaluce, y Talleres Lombo.

Metales de alta resistencia

La dificultad de este sector no radica tanto en la tecnología que se aplica –la inmensa mayoría de las plantas desaladoras que se instalan en España utilizan el sistema de ósmosis inversa– como en las especiales características que deben reunir los metales con que se fabrican sus componentes y tuberías. El enorme poder de corrosión del agua de mar exige la utilización de aleaciones capaces de resistir altas presiones sin oxidarse. La fabricación de esas piezas y la complejidad de sus soldaduras hacen que este sector sea un campo reservado a especialistas muy cualificados.
Motusa (Montajes y Tuberías, S.A), con una experiencia de más de cuarenta años en el sector de la calderería, colabora desde 1995 con una firma nacional en la fabricación e instalación de plantas de desalinización por todo el Levante y Sur de España. La especialización de Motusa en el sector químico –suya es, por ejemplo, la planta de lavado de lejías de Sniace o la nueva fábrica de bicarbonato de Solvay–, y su profundo conocimiento de soldaduras en materiales de última generación, facilitó su incorporación al emergente mercado de las desaladoras.
La importancia que ha cobrado esta actividad ha llevado a la empresa asentada en Requejada a crear un departamento específico para atender el área medioambiental y desplazar a puntos muy diversos del litoral español a parte de los 49 trabajadores que conforman su plantilla. Si las expectativas avanzan como está previsto, la actividad de Motusa se extenderá también a otros países de la cuenca mediterránea, donde la falta de agua potable es un mal generalizado.
La especialización metalúrgica también ha sido la vía que ha llevado a Talleres Lombo a acercarse a las tecnologías del agua. Además de la fabricación de los componentes metálicos, Lombo ha desarrollado su propio diseño de filtros para plantas potabilizadoras y desalinizadoras. Se trata de unos depósitos de acero donde se realiza el tratamiento primario del agua mediante su filtrado a través de arena, antes de que llegue a las membranas donde se separará la sal mediante ósmosis inversa. En las plantas potabilizadoras, donde el agua a tratar no contiene elementos muy corrosivos, los filtros metálicos no requieren ninguna protección, pero en las desaladoras es preciso recubrir estos depósitos con una capa de ebonita para protegerlos de la agresividad del agua de mar.
Lombo ha colaborado en la construcción de plantas potabilizadoras y desaladoras en Tenerife, Gran Canaria, Palma de Mallorca o Carboneras (Almería). Los filtros diseñados y construidos por la empresa de Heras también se están instalando en la desaladora que abastecerá de agua el complejo de ocio Terra Mítica, de Benidorm, y otros componentes serán empleados en Chile, Marruecos, Grecia y Egipto por firmas españolas que se han adjudicados contratos en aquellos países.

Un mercado que crece

La desalinización de agua de mar para obtener agua corriente abundante es una actividad en la que España ha desarrollado tecnologías pioneras. Canarias es el lugar del mundo con más plantas desalinizadoras y son numerosas las empresas españolas dedicadas al tratamiento del agua. La escasez de este recurso, imposible de paliar por otras vías en zonas de escasa pluviosidad, convierte las desaladoras en una solución estratégica, que no es barata (el metro cúbico de agua potable cuesta, como media, un euro) pero resulta infinitamente más aceptable que no tener agua. Eso permite suponer que todavía tiene un amplio campo de desarrollo en nuestro país.
Según el Ministerio de Medio Ambiente, en España la desalación de agua alcanza anualmente unos 220 hm3, de los que 127 se obtienen a partir de agua salobre y 93 del agua de mar. El 72% del agua que aportan estos procedimientos se utiliza para uso urbano e industrial y el resto para regadío. Por una u otra vía, viene a satisfacer las necesidades de 2,3 millones de personas.
Parece lógico pensar que estas cifras vayan en aumento en un país tradicionalmente deficitario en agua. De hecho, la desalación se defiende por algunos expertos como una alternativa al trasvase del Ebro en el abastecimiento de las poblaciones costeras. Una solución que está llegando por la vía de los hechos. En estos momentos ya hay una docena de plantas desaladoras funcionando o en proyecto en la costa mediterránea.
Pero no todo es favorable en la aplicación de esta tecnología. En contra de la generalización de estas plantas se aducen dos grandes problemas ligados a la desalación: el impacto ambiental del vertido del concentrado de salmuera que generan las plantas, y su elevado coste energético debido a la necesidad de utilizar potentes bombas para invertir el proceso osmótico. Sin embargo, la factura energética tiende a ser cada vez menor. Desde 1995 hasta ahora el coste real del agua desalada ha experimentado una reducción del 30%, y los expertos esperan que en los próximos años disminuya aún más. La mayor desaladora de España, situada en Canarias, produce el m3 de agua a 62 céntimos de euro y el progresivo empleo de energías renovables puede ayudar a reducir la factura energética de estas plantas.

¿Plantas desaladoras en Cantabria?

Como solución para paliar el desabastecimiento de agua que sufre periódicamente la zona oriental de Cantabria, el Partido Popular concurrió a las pasadas elecciones autonómicas con la promesa de construir dos plantas desaladoras, una en Castro Urdiales y otra en Arnuero. El presupuesto manejado por el entonces consejero de Medio Ambiente, José Luis Gil, para aquel proyecto situaba en trece millones de euros el coste de cada planta, lo que obligaba a una inversión total de más de 4.000 millones de pesetas.
La salida del Gobierno del PP ha impedido averiguar si aquel proyecto se hubiera llevado finalmente a cabo, al menos a un coste tan elevado. El nuevo Gobierno descarta este sistema y confía, en cambio, en la prolongación del bitrasvase del Ebro hasta la zona oriental de Cantabria.
Tanto una como otra solución producen poco entusiasmo en técnicos de la Universidad de Cantabria que consideran mucho más eficaz, barato y rápido buscar acuíferos en la zona, dado que Cantabria es rica en manantiales y su utilización es muy escasa por la única razón de no haber sido explorados ni en sus posibilidades hídricas ni en su capacidad de recuperación.
Lo cierto es que en Cantabria, salvo en parte del periodo estival, el agua es un recurso abundante y estos expertos creen injustificado hacer grandes inversiones para resolver una carencia tan puntual. En su opinión, instalar plantas desaladoras no tendría sentido si su aportación se limita a dos meses al año, dado que el resto del tiempo los planes hidráulicos existentes aportan agua abundante a un precio muy inferior.
Los defensores de las desaladoras, en cambio, creen que pueden tener un hueco en el formato de plantas pequeñas, que se limitarían a quitar la sal –sin otros tratamientos químicos y biológicos– lo que permitiría un agua dulce de baja calidad, sensiblemente más barata, aunque sólo utilizable por las industrias. También se argumenta que, salvo la elevada inversión inicial, el coste de mantenimiento de las desaladoras durante los diez meses al año que permanecerían paradas es prácticamente nulo.
Sea cual sea la tesis que prevalezca, lo cierto es que ninguna Administración querrá afrontar en el futuro la irritación popular que provoca situaciones como la vivida el pasado verano, cuando la carencia de agua arrojó sobre muchas de las localidades más turísticas de Cantabria una imagen tercermundista.

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