Un templo vanguardista

El arte religioso y los edificios eclesiásticos que lo albergaban han sido el mejor exponente de la sensibilidad estética de cada época y de cómo han evolucionado las escuelas arquitectónicas. Esa simbiosis se ha ido debilitando en la etapa más reciente con el protagonismo alcanzado por la arquitectura civil y la escasa apertura de nuevos templos. Pero algunos de los que se erigen lo hacen con la voluntad de continuar reflejando el espíritu de la época que les ha tocado vivir. De ahí el deseo del Obispado de Santander de que la iglesia construida en Nueva Montaña para sustituir a la que se derribó en 2005 respondiera al momento actual.
El resultado ha sido un edificio vanguardista, obra del arquitecto Jaime Carceller, que conjuga lo atrevido de su diseño con la simbología cristiana tradicional (una cruz visigótica que sostiene en el aire la nave de planta circular) y con retazos en su interior de lo que fue la antigua iglesia, asegurando así la continuidad.

Una iglesia contemporánea

En la propuesta arquitectónica de Carceller una cruz primitiva soporta una estructura ovoide separada del suelo. Este diseño permite la creación de un espacio central exento, con dos altares para el culto. Uno de nueva planta y estética actual y otro de corte más clásico, respaldado por el retablo que presidía la vieja iglesia, una obra del siglo XVII, procedente de Villamuriel del Cerrato. Aparecen así dos espacios litúrgicos diferenciados y utilizables según el acto a celebrar o el número de fieles.
También proceden del antiguo templo la pila bautismal, las campanas, cuatro vidrieras y distintas tallas, elementos que sirven de hilo conductor entre la memoria histórica del barrio de Nueva Montaña y un presente en el que la reurbanización apenas permite recordar nada de lo precedente.
La utilización estructural de la cruz que corona el tempo crea cuatro entradas naturales. La principal se sitúa en el lado Este. En el acceso Oeste se encuentra el ascensor, para cumplir la normativa sobre accesibilidad. Esta entrada conecta, al igual que las dos restantes, con unos semisótanos con patio inglés donde se ha habilitado un salón de actos con capacidad para ochenta personas y varios locales parroquiales para clases de catequesis o reuniones pastorales.
Sobre este sótano se levantan las dos alturas de la iglesia, una planta baja destinada al culto, en la que caben 250 personas, y un coro superior de forma circular que puede albergar a otras 150. En total, 1.248 metros cuadrados de espacio útil y otros 385 de porches y patios, al servicio de la necesidades litúrgicas y sociales de la parroquia.
La obra ha sido ejecutada por Juncalmar y las estructuras de hormigón y metálica han sido desarrolladas por el Estudio de Ingeniería Dinamics.
Además de apostar por los símbolos de una liturgia moderna, el concepto del edificio también responde al propósito de fomentar la sostenibilidad tanto en el diseño como en los materiales. Se ha buscado que los espacios interiores estén ventilados de forma natural y aprovechar la luz exterior mediante un uso generoso del vidrio en las paredes; los revestimientos interiores están realizados con maderas certificadas y una cubierta de zinc absorbe las dilataciones que provocan los cambios de temperatura y defiende al edificio de la climatología y la contaminación de la zona.
La cúpula, el elemento más llamativo de este singular edificio, se sostiene sobre una gran estructura de acero, de 192 toneladas, y está rematada por un cimborrio y una cruz.
La obra del templo se inició en julio de 2009 y concluyó a principios de junio, a punto para ser abierta al culto, como estaba previsto, con una misa presidida por el obispo de Santander, Vicente Jiménez.
La nueva iglesia ha sido sufragada por la Diócesis con fondos propios y con aportaciones del Banco Santander, la Fundación Marcelino Botín y Caja Cantabria, que ha concedido, además, un crédito de 191.000 euros para acabar de financiar un edificio cuyo coste total ha rondado los tres millones de euros.

Una decisión polémica

La nueva etapa de la parroquia de Nuestra Señora del Carmen hunde sus raíces en el pasado del barrio de Nueva Montaña. El antiguo templo, vinculado como todo el entorno a la empresa Nueva Montaña Quijano –la actual Global Steel Wire– nació para facilitar un servicio religioso a sus obreros.
En la España de los años cincuenta, la dirección de Nueva Montaña Quijano –que ya contaba con un colegio de párvulos para atender a los hijos de los trabajadores de la siderurgia– acordó contratar a un sacerdote para ofrecer también un servicio pastoral.
Las funciones religiosas se realizaron inicialmente en una pequeña capilla hasta que la empresa decidió construir una iglesia que, sin ser parroquia, haría sus funciones, como filial de la de Peñacastillo. El templo, diseñado por el arquitecto Javier González de Riancho, autor de la iglesia de Peñacastillo y del grupo Pedro Velarde, se concluyó en 1951.
La iglesia era un elemento más del poblado construido por Nueva Montaña para sus obreros en las proximidades de sus instalaciones fabriles.
En 1962, y coincidiendo con la decisión de la fábrica de crear una escuela de formación profesional, los salesianos llegaron a Nueva Montaña para impartir esas enseñanzas y también se hicieron cargo de la iglesia, que alcanzó la categoría de parroquia en 1972.
La modificación del Plan de Urbanismo que dio luz verde a la construcción del Corte Inglés y a las nuevas viviendas, hizo que el viejo barrio pasase a mejor vida y condenó a la desaparición a la iglesia, cuyo solar pasó a manos de una constructora. En 2005, y a pesar de las protestas y manifestaciones de los vecinos, la pequeña pero graciosa iglesia fue derribada para levantar en su lugar viviendas.
Atendiendo a las peticiones de las asociaciones de vecinos, el Ayuntamiento cedió al Obispado de Santander una parcela de mil metros cuadrados para dar continuidad a la parroquia. Allí, en un emplazamiento bastante próximo al templo anterior, se ha levantado el nuevo.
La desaparición de la antigua iglesia suscitó numerosas quejas. El Colegio de Arquitectos la puso como ejemplo del escaso aprecio social a la arquitectura moderna que hay en la región y de la falta de consideración de las administraciones públicas hacia sus valores patrimoniales, lo que ha provocado la desaparición de algunas de las mejores piezas de la arquitectura del siglo XX. Esa opinión fue compartida por la asociación cultural Acanto, que consideraba un valor a preservar la obra de González de Riancho, con su combinación de estuco blanco y piedra y sus claustros ajardinados.
Aquella polémica queda ya en el recuerdo y lo que ahora emerge es una nueva propuesta arquitectónica en diálogo con los nuevos inmuebles de su entorno. Una iglesia para un tiempo nuevo en un barrio en plena expansión, en el que se han construido numerosas viviendas y que atenderá a un núcleo pastoral formado por unos 5.000 feligreses.

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