EDITORIAL
Cuatro año y medio debieran dar para mucho, si se tiene en cuenta que en casi todos los países calculan que una legislatura es tiempo suficiente para que se materialicen las políticas de un Gobierno. Sin embargo, en esta da la sensación de que el tiempo ha estado congelado. Hay síntomas de que el país está saliendo de la crisis (¡ya era hora!) pero en demasiadas cosas no estamos mejor que en 2011. Que una economía que crece al 3% genere un déficit del 5% es, directamente un disparate (¿quién recuerda ahora aquellos mensajes admonitorios de Rajoy, de Aznar o de Ignacio Diego de que un país no puede gastar más de lo que ingresa?). Si en estas condiciones de fuerte crecimiento en cifras macroeconómicas nos cuesta un mundo limar una sola décima al déficit, no cabe imaginar cuándo lo lograremos.
Que en España siga aumentando la deuda pública en un momento en que crece más que la mayoría de los colegas europeos nos enfrenta a una expectativa dramática. Ni siquiera creciendo deprisa consigue nuestro Estado generar los ingresos que gasta y, si bien es cierto que los equipos de Primera que descienden no consiguen acomodar sus presupuestos a los ingresos de Segunda en una o dos temporadas, nuestro país hace mucho que se vio apeado de la Champions League y siguen sin verse los resultados de las reformas.
Para más desconcierto, el problema territorial ha empeorado, la pobreza se ha hecho crónica en una cuarta parte de la población y la deuda aumenta a más velocidad que con Zapatero. Hemos sobrepasado el 100% del PIB y ni siquiera lo ha impedido el maquillaje estadístico que incluyó en el cómputo de la riqueza las actividades ilegales, un comodín difícil de digerir, porque el Estado no parece que pueda calcular fehacientemente aquello que formalmente desconoce. La deuda ha crecido con Rajoy en 352.000 millones y, lo que es peor, hay menos economía productiva. El PIB se ha encogido en 96.000 millones de euros, porque hay menos personas trabajando que en 2011, han desaparecido centenares de miles de empresas y los márgenes de las que sobreviven se han reducido.
El resultado es tan incierto que ni siquiera sabemos a qué carta quedamos, porque cuanto más ahorramos, más se reduce nuestra economía, más gente se queda fuera del sistema y eso provoca un círculo infernal de menos ingresos fiscales y más gastos sociales. Así acabamos la legislatura con las mismas dudas de la señora que no sabía si coger chica o ponerse a servir, y los propios ministros ya no dudan en confesarlo.
La receta que iba a dar la vuelta al estado crítico de la economía española como a un calcetín no funcionó a corto plazo y empieza a causar serias dudas a medio. A pesar de lo que suponía Rajoy, con la llegada del PP al poder, los tipos de interés todavía subieron alocadamente un semestre más, hasta que el Banco Europeo sacó músculo y consiguió que nuestros estados se financiasen prácticamente al 0%. Pero pagando unos intereses tan insólitamente bajos por la deuda (incluso se han hecho emisiones cobrando), con un precio del petróleo tan barato como nadie imaginó y creciendo más que la mayoría de los países del entorno, nuestra deuda pública sigue creciendo de forma imparable. ¿Qué pasará si la economía europea sigue enfriándose, si el petróleo sube o si Alemania considera que no le vendría mal un poco de inflación para salir de la atonía, y los tipos de interés suben?
Es evidente que las cosas pintarían mucho peor con que una sola de estas variables empeorase y no es difícil entender que Guindos advirtiese hace meses que él no tenía ninguna intención de seguir, aunque volviese a gobernar el PP. Lo tendrá más fácil en cualquier otro sitio.
Lo peor de todo es que no se hayan aprovechado estos cuatro años largos para reformar la estructura de la Administración pública, que no solo no ha sido capaz de adaptarse a unos ingresos más bajos, sino que ahora gasta más en su propio funcionamiento e invierte menos. Si en las condiciones más propicias para hacer los ajustes no se ha llevado a cabo esta reforma, está claro que no la veremos nunca.