Una legislatura con varios hitos históricos

Cuatro años es un periodo corto para un político que está en el gobierno y un periodo largo para el que está en la oposición. Es inevitable que quien accede al poder pida al menos otra legislatura para completar su tarea y es igual de inevitable comprobar que, a partir de entonces, hay una clara ausencia de ideas nuevas y un acomodo a los cargos como si en lugar de ser de elección fuesen un patrimonio de quien los ocupa.
El Gobierno de coalición PSOE-PRC comenzó muy fuerte. En unos pocos meses consiguió algo que parecía inverosímil, que hubiese varios vuelos internacionales diarios desde Cantabria y, sorprendentemente, a precios más baratos que los nacionales. Es cierto que ayudó mucho estar en el sitio preciso en el momento adecuado, ya que prácticamente acaban de aparecer las líneas de bajo coste, pero había que postularse y ganar a otros aspirantes. Desde entonces se han creado muchas líneas más, tantas que Parayas ha pasado de ocho vuelos diarios a cuarenta, superando cualquier aspiración.
Además, el Gobierno consiguió aprobar el Plan de Ordenación del Litoral casi sin oposición, algo que el PP tuvo que dejar encima de la mesa, ante el temor a una rebelión de sus alcaldes.
El otro éxito inicial fue la Autovía del Agua. Después de años de intolerables cortes veraniegos en el suministro en localidades como Castro Urdiales o Laredo, el nuevo Gobierno descubrió que bastaba echar mano de un pequeño embalse de Iberdrola para parchear la situación en las localidades costeras occidentales en tanto se construía una infraestructura que resolviese definitivamente el problema. Así quedó paliado en unos pocos meses algo que parecía no tener solución fácil.
Simultáneamente, el nuevo Gobierno se encontraba con una tercera baza en su mesa, al recuperar el proyecto de la planta de fibroyeso que el PP había perdido un año antes. La fábrica no se haría finalmente en Reinosa, pero se haría en Cantabria.
Ocurrió algo parecido con el acondicionamiento turístico de la cueva del Soplao, un proyecto que el PP manejó y finalmente desechó.
No todo ha ocurrido tan deprisa. A partir de ese momento, y a pesar de atreverse a plasmar 300 objetivos en un Plan de Gobernanza, el Ejecutivo cántabro perdió empuje, quizá porque comprobó que la Administración tiene sus plazos y a veces son exasperantes. Ni siquiera ha tenido mucha utilidad, que se sepa, la creación de una miriada de empresas públicas para encontrar atajos.
A pesar de la buena nota que se pone el Gobierno a sí mismo en el balance del Plan de Gobernanza, los objetivos más ambiciosos tienen una ejecución muy baja, que sólo puede compensarse con las disposiciones legales o las subvenciones, fáciles de sacar adelante.
Así, a lo largo del cuatrienio no se han acometido las obras de otros polígonos industriales que los ya planteados, no se ha podido iniciar la construcción de la nueva sede del Gobierno (aunque haya sido a consecuencia de la disposición del Ayuntamiento de Santander a impedirlo por todos los medios); no hay rastros de los siete campos de golf a los que se refería Miguel Angel Revilla y aunque el Proyecto Comillas arranca, ni se ha rehabilitado el Seminario Mayor, como figura en el balance del Plan de Gobernanza (sólo se ha concursado la obra), ni se han concretado los objetivos que se persiguen ni cómo lograrlos aunque, eso sí, se han hecho no menos de tres estudios estratégicos al respecto.
También se ha arrastrado toda la legislatura el proyecto del Hospital Tres Mares, cuyas obras por fin van a empezar, y que suscitó años atrás una enorme tensión en la comarca campurriana. A pesar de los retrasos, ya nadie dice nada, lo que indica hasta qué punto algunas demandas populares aparentemente espontáneas no lo son tanto.

Esfuerzos repetidos

El Plan de Gobernanza también debería haber sido una buena herramienta de coordinación, pero no siempre lo ha conseguido. Hasta cuatro consejerías se han lanzado a la calle con talante misionero para que todos los cántabros supiesen navegar por Internet, con cursos solapados y resultados mediocres para tanto esfuerzo.
Sin embargo, no se ha conseguido llevar a toda la región la banda ancha, incluso con las nuevas ayudas gubernamentales, a pesar de que eso formaba parte del compromiso de la concesión a Ono (entonces Santander de Cable) de la demarcación de Cantabria en 1994 y tenía diez años para llevarlo a cabo.
El Gobierno ha conseguido éxitos que tampoco ha sabido rentabilizar, como la entrega por parte de Defensa de la finca de La Remonta a un precio muy accesible que, curiosamente, ni el Ejecutivo ni el Ayuntamiento de Santander han querido desvelar. Tampoco ha sabido conseguir protagonismo alguno en la obra de la Vaguada de las Llamas, a pesar de que paga la mitad de su elevado coste.
Pero lo que quizá resulte más ingrato para un político es la ingente cantidad de recursos que ha sido necesario emplear en el saneamiento de la cuenca del Asón, con un túnel submarino incluido entre Santoña y Laredo, o en la cuenca del Besaya, obras que prácticamente pasan desapercibidas para los votantes, o el dinero enterrado en la Bahía de Santander, donde restaba medio saneamiento por hacer, a pesar de los fuegos artificiales con que el anterior Gobierno supuestamente culminó la obra y la dio a conocer a bombo y platillo.
El Ejecutivo de Miguel Angel Revilla ha tenido en la Consejería de Medio Ambiente un impulso permanente, lo cual no obsta para que también haya caído en la tentación de la política de subvenciones que las consejerías socialistas han regado entre todo tipo de colectivos: madres, compradores de ordenadores, de frigoríficos o lavadoras eficientes, comerciantes…
Industria ha conseguido internacionalizar la economía de Cantabria y, a pesar de las ironías a que han dado lugar las andanzas viajeras del consejero, hay un puñado de empresas de la región que se han convertido en multinacionales, con fábricas en China, desde donde esperan poder competir en un mundo global, algo que ni siquiera hubiesen imaginado unos pocos años antes.
La llegada de otra gran inversión, la de Haulotte, absolutamente imprevista, es otro éxito para el Gobierno, ya que desde los años 70 no se producía una circunstancia semejante. Tan significativo como la sobredemanda que tiene todo el suelo industrial que sale al mercado, lo que indica la magnífica salud que vueve a tener un sector que parecía en riesgo de extinción.

Más empleo que nunca

Los éxitos y los fracasos económicos casi nunca son responsabilidad exclusiva de quien gobierna, sino de la coyuntura. Por una o por otra causa, en esta legislatura también se ha producido otro hecho insólito, la creación de 34.000 puestos de trabajo, una cantidad que por sí sola permite entender el dinamismo de la economía regional.
Los nuevos empleos son poco cualificados y no están bien remunerados pero, en muchos casos, aportan una segunda renta familiar. De esta forma, en casas donde entraba un sueldo, ahora entran dos y eso significa una capacidad de consumo muy alta o una capacidad de endeudamiento bastante mayor, ya que a veces ese segundo salario se dedica casi íntegramente a pagar la hipoteca de la casa recién adquirida.
En estos cuatro años se han construido más viviendas que nunca, pero se han puesto más caras que nunca y eso impide resolver de una vez por todas el problema que plantea el acceso a una casa de quienes se emancipan. Con la misma población, resulta insólito que las cerca de 30.000 viviendas construidas en este periodo no consigan que cualquier familia joven pueda formar sin dificultades un hogar.
Este desfase hace que quede aún mucha demanda por satisfacer y, a la vista de los acontecimientos, parece que aunque se declarase urbanizable toda la superficie regional resultaría insuficiente.
El Gobierno regional ha conseguido mucha más disciplina urbanística a través de la CROTU de la que había anteriormente, pero eso no ha impedido que afloren viejos problemas –los ciclos en la construcción son largos– y se hayan añadido algunos, como el del Alto del Cuco. En cualquiera de los casos, no se ha evitado o podido evitar que a día de hoy, el aspecto que ofrece la región sea mucho más desordenado que hace cuatro años, con un consumo de suelo desmesurado, aunque sea producto de la soberanía urbanística de los ayuntamientos, cuya entrada en razón no será fácil.
El propio Gobierno se ha dejado llevar por la ebriedad urbanística al utilizar la varita mágica de los PSIR, un arma legal que el PP dejó en sus manos con la Ley del Suelo y que nunca pensó que podía tener semejante capacidad de fuego. Los psires han servido para todo y prácticamente no hay una mies cercana a la capital a la que no se le haya puesto el ojo. A veces con la excusa de hacer viviendas baratas, otras veces para suelo industrial e, incluso, para hacer un collage, como en la antigua mina de Reocín, donde ni siquiera los adjudicatarios del proyecto tienen las ideas claras sobre lo que van a hacer. Claro, que ese mal no es nuevo. Ha ocurrido con casi todos los edificios rehabilitados, cuyo destino se pensaba cuando el diseño ya imponía unos condicionantes insalvables, como el Mercado del Este.
Han sido cuatro años de enorme gasto público, tanto en obras como en subvenciones, pero el Gobierno parece haber recaudado todas las bulas de Santo Toribio, porque incluso para los festejos del Año Jubilar, ha fluido generosamente el dinero –en este caso de los patrocinadores privados–, tanta como para publicitar la región en todo el país y gastarse aún 14 millones de euros en los actos. Una legislatura, como se ve, nada anodina.

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