Los hitos de la historia económica de España (13)

En 1930 cayó la dictadura de Primo de Rivera y al año siguiente lo hizo la monarquía, de forma que se puede pensar que ambos hechos estuvieron directamente relacionados. De lo que no cabe duda es de que la grave depresión económica de la época resultó un factor determinante de todo ello.
Si alguien cree que la II República también significó una ruptura económica con la etapa anterior, se equivoca. Las cosas cambiaron en muchos terrenos pero no en los males básicos de la economía española. El corporativismo resultó tan característico de la nueva época como lo había sido de la precedente y si algunos organismos tradicionales desaparecieron, surgieron muchos otros y la mayoría sólo cambiaron de nombre. Así que el mercado español siguió estando tan intervenido como estaba, o más.
Se mantuvo el llamado arancel Cambó, se impusieron contingentes y medidas como la instauración del control de cambios y la prohibición de exportar metales preciosos o billetes. También se controlaron las contrataciones de valores, los reembolsos por exportaciones y los seguros.
No hubo excepciones. La industria siguió amparada por la ley protectora de treinta años atrás, con especiales salvaguardas para los automóviles y para el carbón.
Si a esta escasa predisposición a remover los obstáculos al libre comercio le añadimos la reforma agraria, las obras de regadío, la amplia legislación de protección laboral y la política de pan barato, se podrá decir cualquier cosa menos que la II República tuvo una economía liberal.
Reforma agraria
Se suelen tipificar los cambios económicos de la República en la reforma agraria realizada durante el bienio izquierdista y que debía dar respuesta a una demanda popular e intelectual que provenía, al menos, del siglo XVIII. Azaña acometió un plan para mejorar la escasísima productividad del campo español y propiciar, al mismo tiempo, una mayor justicia social, ya que el latifundismo hacía que muy pocos pudieran disfrutar de algo más que la miseria, mientras una masa muy grande de arrendatarios y jornaleros quedaban de la mano de Dios.
Para llevar a cabo esta reforma, los republicanos iniciaron la política de pantanos que luego continuaría Franco y pensaron que lo mejor sería entregar pequeñas propiedades a los más pobres, pero los socialistas preferían el sistema soviético de granjas colectivas, que finalmente se aplicó. El resultado fue un rotundo fracaso, entre otras cosas, porque los campesinos no entendían aquello del colectivismo y los anarquistas se dedicaron a boicotear el sistema.
La República tuvo que luchar con un contexto económico muy negativo en el que resultaba muy difícil atender las exigencias de los partidos y sindicatos que la apoyaban y que querían cambios inmediatos. Por eso, las posturas se fueron radicalizando y aunque se produjo un modesto aumento del PIB, la cifra de parados llegó hasta el millón y medio de personas.
Las tensiones políticas y económicas tuvieron un traslado directo a la calle, en donde la violencia se empezó a generalizar hasta que se produjo la sublevación de una parte de los militares y la guerra civil. En ella, todos los problemas que el país arrastraba desde el siglo anterior afloraron de golpe, una lección que vino a demostrar que la historia no perdona.

Guerra y economía
Por mal que estuvieran las cosas, la guerra sólo podía ponerlas peor y eso fue lo que pasó, ya que todos los medios económicos y humanos se pusieron a su servicio. Si sumamos los efectivos de los dos bandos, el ejército que se formó fue muy considerable y los contendientes estaban armados con los medios más adelantados del momento. ¿Cómo pudo pagarse semejante esfuerzo bélico con una situación económica poco boyante? Con una enorme variedad de medidas, desde gastarse las reservas de oro y plata que había en España, hasta las expropiaciones a particulares sin indemnización. No se pueden dejar de mencionar los créditos que se obtuvieron tanto en el exterior como en el interior, así como los anticipos del Banco de España y de la banca privada, los nuevos impuestos implantados por los sublevados y el recurso más sencillo de todos, la inflación.
El reparto de estas soluciones fue desigual entre los contendientes, pues si los precios subieron un 40% en la zona controlada por Franco, en la parte republicana llegó a producirse una auténtica hiperinflación. El Gobierno de Azaña casi no hizo uso de los créditos, al contrario que el sublevado, en parte porque controlaba las reservas de metales del Banco de España, de las que pudo echar mano, pero, sobre todo, porque el mercado internacional de capitales fue más favorable para el gobierno rebelde de Burgos, cuya peseta se cotizó siempre por encima de la republicana. En Burgos tuvieron otras ventajas, como el hecho de controlar las líneas marítimas y las frontera de Portugal, de Irún y de Huesca o la importante financiación que le aportaron algunos capitalistas locales, como Juan March.

Comercio exterior
A pesar del proteccionismo, la situación del comercio internacional español era de clara dependencia del exterior y la balanza comercial del período 1931–1934 presentó un déficit de 326 millones de dólares. La diferencia se cubría tradicionalmente –como siguió ocurriendo durante décadas– con las remesas de emigrantes y con las entradas netas de capital extranjero, ya fueran en forma de inversiones directas o financieras. Pero, en el período de la guerra, se produjo un fuerte retraimiento del comercio con la España republicana, lo cual avala la máxima de que solo se presta dinero al que ya lo tiene. El primer destino de las exportaciones fue, con diferencia, Gran Bretaña, a donde iba sobre todo el mineral de hierro y de cobre de las minas en manos de los sublevados, a pesar de que el gobierno inglés fue el adalid de la no intervención de las potencias extranjeras. Una postura que perjudicó claramente a los republicanos, ya que no fue respetada por Alemania e Italia, posicionadas en favor de Franco y acabó por echar al gobierno de la República en manos de los comunistas rusos, la única alternativa para conseguir material de guerra.
Los datos demuestran que durante el conflicto se produjo un colapso de las importaciones, a excepción de los productos alimenticios, lo que demuestra que el país tuvo que limitarse a adquirir aquello que resultaba absolutamente imprescindible para la vida diaria. No obstante, en España los contendientes nunca llegaron a tener como objetivo prioritario las industrias, como ocurrió más tarde en Francia o Alemania, donde quedaron totalmente arrasadas. La capacidad productiva nacional quedó casi intacta pero, paradójicamente, a España le costó mucho más recuperar el nivel productivo de preguerra que a los países contendientes en la Segunda Guerra Mundial, como consecuencia de su aislamiento y de una política de autarquía que se mantuvo hasta 1959 con consecuencias desastrosas. Las estadísticas internacionales indican que hasta 1955 España no recuperó los ratios de renta per capita de 1935, lo que supuso una larguísima espera para el país y la apertura de una gran brecha con el promedio europeo que aún hoy cuesta mucho remontar.
Se ha opinado que el resultado de la guerra civil española estuvo muy directamente relacionado con las dificultades del gobierno de la República para abastecerse en el extranjero. A pesar de que hubo envíos muy significativos de material de guerra soviético, ni combustibles, ni víveres se podían conseguir en cantidad suficiente en la zona republicana y eso provocó una creciente desventaja que Franco aprovechó alargando la contienda consciente de que el tiempo jugaba a su favor.

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