Editorial

En la política, como en las relaciones comerciales, hay pocas negociaciones en las que sólo gane una de las partes. Por lo general, se basan en el yo te doy para que tu me des y eso significa que el AVE no podía salir gratis. Ni para el Gobierno central, que tiene que meterse en una inversión estratosférica de 1.500 millones de euros sólo para llegar a Reinosa, ni para la región que, a cambio, tendrá que renunciar a las obras en marcha o a otras futuras, por mucha concesión privada que Blanco le eche. Así que, cuando empecemos a sacar conclusiones, es muy probable que el fervor por el AVE se atempere y que dentro de unos meses ni siquiera se hable de él. Como una polémica nunca puede faltar, el leit motiv volverán a ser las carreteras, incluidas esas que el PP ahora reclama como absolutamente prioritarias para Santander y que borró del mapa mientras gobernaba.

Si nos hiciesen a todos la prueba esa del estrés que han sufrido bancos y cajas la radiografía podía resultar lamentable. En los avances de presupuestos para 2011 que están haciendo los ayuntamientos sólo da para pagar la nómina. Algunos no tendrán ni para el consumo del alumbrado público. Los consejos del Gobierno regional hace tiempo que no aprueban nada y se ven obligados a presentar cualquier gasto corriente como una supuesta inversión. Las empresas tampoco hacen inversiones y cada compra va acompañada de un escalofrío de mala conciencia. Era mucho suponer que en estas condiciones generales, el Estado podía mantener el tipo, como si nada hubiese ocurrido, y salvar a todos los demás. En realidad, lo intentó durante los dos primeros años de la crisis y ya hemos visto cómo ha salido de maltrecho.
A diferencia de los bancos y cajas que no podían pasar la prueba del estrés y fueron invitados a fusionarse con otros más saneados, las administraciones públicas no tienen a quien arrimarse, porque todas están parecidas. Ahora vuelven las voces que piden racionalidad para evitar que una región tan pequeña como Cantabria pueda tener 102 unidades locales, con todos sus servicios y todos sus funcionarios, pero el asunto ya no tiene arreglo. Aún en el hipotético caso de que las poblaciones de cada uno de los ayuntamientos fusionables no se amotinasen, de poco serviría juntarlos, porque en la Administración no hay ajuste de empleo posible.
Y, mientras corremos detrás de todas las serpientes de verano, evitamos reparar en algo tan próximo como el futuro de la Caja, algo en lo que curiosamente ningún partido ha querido entrar. Es cierto que Caja Cantabria ha elegido una buena opción pero también lo es que, como ha puesto de manifiesto la amarga queja de la CAM, aquí sólo va a mandar Caja Asturias. La entidad vecina se ha cobrado muy caro el peaje de ser la más capitalizada. No sólo ha obtenido una representación muy superior a la que le correspondería por volumen de negocio o por beneficios, sino que se garantiza un poder ejecutivo absoluto. Ni siquiera la alianza de las otras tres podrá contradecir sus designios. Si esto no es un trágala, venga Dios y lo vea.

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