El dinero de los inmigrantes

Ganar dinero en España es la aspiración de todo emigrante. Lo suficiente para volver a su país y establecerse con un negocio propio, pagar una carrera superior a sus hijos o, simplemente, sacar a su familia de la pobreza. Para cualquiera de estos fines resulta imprescindible trabajar mucho y gastar muy poco, porque los salarios que reciben como camareros, albañiles o asistentes domésticos son muy modestos.
El problema, en un primer momento fue enviar el dinero a países donde los bancos españoles apenas tenían representación. Las transferencias costaban muy caras, para las pequeñas cantidades que suelen remesarse, a lo que había que añadir una burocracia notable y una incertidumbre aún mayor. A medida que aumentaban los flujos de dinero, empezaron a aparecer establecimientos de todo tipo que ofrecían a los inmigrantes alternativas más baratas. Hoy, muchos de ellos se sirven de los propios locutorios telefónicos para hacerlo. En este sentido, el locutorio funciona como un auténtico banco, y lo cierto es que la clientela no está descontenta con el servicio, lo que indica que el dinero no se pierde por el camino.
Ahora, han sido los propios establecimientos financieros los que han saltado al terreno de juego. Caja Cantabria ha abierto la primera oficina para inmigrantes, lo cual no quiere decir que estuviese del todo ajena. La entidad tiene titulares de depósitos con nada menos que 70 nacionalidades distintas, lo que indica bien a las claras el mosaico multicultural y multirracial en que se ha convertido Cantabria, a pesar de ser una de las regiones del país con menos presencia de extranjeros.
La Caja calcula que la mitad de los 10.300 inmigrantes que, según el INE, han llegado a la comunidad autónoma son ya clientes suyos, un porcentaje muy alto en un colectivo que en el argot financiero se califica como “poco bancarizado” o, lo que es lo mismo, que aún está poco acostumbrado a utilizar las entidades financieras, “porque las experiencias que han tenido en sus países de origen, por lo general, han sido muy negativas”, recuerda Ricardo Bilbao, director de Negocio de la Caja y padre de la idea.
Una vez disipada la desconfianza, la operativa de estos nuevos clientes es progresiva. El primer contacto con la entidad suele ser para el envío a los prestamistas del dinero que les costó el viaje. Los siguientes van destinados a la familia. Más tarde se produce una duda existencial, el inmigrante cambia de opinión y se despierta en él un interés por arraigarse en el país que le ha acogido, lo que coincide con la apertura de una cuenta de ahorro. Por último, solicita una tarjeta, como símbolo de haber alcanzado un estatus. Las entidades no ponen problemas, porque han comprobado que son clientes muy fiables. Y, curiosamente, para personas que apenas han utilizado anteriormente los bancos, se convierten en usuarios de la banca electrónica, algo que todavía no es corriente entre los nativos.
La apertura de la oficina para inmigrantes ubicada en la calle Río de la Pila, de Santander, pretende aumentar su vinculación, y por ese motivo, además de servicios financieros se les aportará asesoramiento en materias legales y sociales. En el terreno propiamente del negocio, la prestación más obvia es el envío de remesas y transferencias a los países de origen. Para ello, la entidad de ahorro ha alcanzado un acuerdo con la compañía internacional Fexco-Western Union, especializada en estas operaciones, que le permite aplicar unas comisiones competitivas con las que cobran los locutorios, y mucho más baratas que las de los sistemas financieros.
Los extranjeros también pueden realizar empeños para pequeños gastos en el Monte de Piedad, un servicio tradicional que se agostaba y ha encontrado así una nueva clientela, o acceder a las líneas de microcréditos que han abierto el Instituto de Crédito Oficial y el Gobierno de Cantabria. Unas cantidades que nunca superan el millón de pesetas, destinadas a la creación de pequeñas empresas o a la cobertura de necesidades elementales.
La Caja quiere que esta nueva área de actividad no se entienda sólo como un negocio y va a aprovechar algunas sinergias con su Obra Social. Esta política ya empieza a dar algunos frutos, como los cursos de formación de inmigrantes para el cuidado geriátrico –uno de los sectores con más demanda– o los proyectos “Aprende a emplearte”, en colaboración con entidades públicas. Unas vías para canalizar un flujo imparable de personas que, como los emigrantes españoles de los años 60, son capaces de sacar lustre de un sueldo humilde: “Son el colectivo que más rápidamente multiplica sus rentas y tenemos estudios de ello”, dice Bilbao. En otras palabras, la clientela con mayor potencial.

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