La era dorada de la navegación, en carteles

Andrés Diego siempre hizo colecciones difíciles, pero nunca se había enfrentado a una tan complicada. Anteriormente había reunido una insólita colección de cajas de hojalata con motivos del primer Mickey Mouse que hoy está en Estados Unidos, pero ahora se da por contento si consigue cinco o seis carteles de los viejos trasatlánticos al año, rastreando por todos los mercados de Europa y en intercambios con la decena de coleccionistas que hay en todo el mundo.
Los carteles son auténticas obras de arte con los que las navieras trataban de ganarse la confianza de una clientela atemorizada ante la necesidad de cruzar los procelosos mares, mostrando los barcos más modernos y los paisajes más evocadores. En la mayoría de los casos, el viaje tenía poco de placer, pero cualquiera que vea los afiches puede pensar lo contrario. Las líneas que cruzaban el Atlántico unían en los carteles la exótica belleza de las criollas a las figuras imponentes de sus buques de la mano de ilustradores conocidos. Litografías de gran calidad que se enviaban a los agentes de la compañía en los puertos de escala para que, colocados a la puerta, atrajesen a la clientela local. Casi siempre, en un espacio inferior reservado en blanco, el agente incluía en tipografía las fechas de escala.

Un especialista en juguetes antiguos

Andrés Diego, a pesar de haber nacido en Santander, ha pasado gran parte de su vida en Francia y comenzó como anticuario en el rastro de París en 1978. En 1984 se trasladó a España y poco después abrió una tienda muy especial en la calle Martillo de Santander, dado que únicamente vendía juguetes antiguos, fabricados con chapa y madera que quizá entonces no fueron comprendidos: “Me adelanté al tiempo, porque aquí había pocos coleccionistas y el poder adquisitivo tampoco era elevado”, explica al reflexionar sobre los motivos que le llevaron al cierre del establecimiento en 1993.
En cualquier caso, ha mantenido la misma actividad y hoy es un especialista conocido en el mundo de los juguetes antiguos, que intermedia en muchas de las piezas que se compran o se venden en el país y en bastantes de las que se importan.
Como anticuario habían pasado por sus manos algunos carteles de navieras, pero también como anticuario los había vendido. Ha sido en épocas recientes cuando decidió recuperar todos los afiches de barcos que algún día tuvo y crear una gran colección, con especial énfasis en los de origen español.
Una vez conocido su interés, su red de contactos europeos, viejos colegas de profesión, comenzaron a informarle sobre las piezas que salían al mercado. En París adquirió dos de las que más aprecia, por su vinculación a Cantabria, ya que pertenecen a la Compañía Trasatlántica, fundada por el Marqués de Comillas. La capital francesa y Nueva York siempre deparan alguna sorpresa para su colección, pero otros muchos carteles los ha comprado a familias vinculadas a navieras o consignatarias, a veces después de una larga indagación siguiendo el rastro de una pieza.
Dado que los trasatlánticos fueron sustituidos por los aviones como medio habitual de transporte de pasajeros en la década de los 50, los carteles anunciadores más recientes datan de esa época. Los más antiguos de la colección, realizados simplemente en tipografía, tienen un siglo más y se limitaban a advertir de la salida del barco (entonces veleros), recalcar la solvencia del capitán y precisar si admitían algunas cargas o no. Con el paso del tiempo, los carteles se hicieron más ampulosos, con gran riqueza de grafismos y colores y mucho más grandes. Casi siempre de más de un metro de longitud y en algunos alcanzan los dos, un tamaño que los convierte en los posters de la época.
Las tiradas de estos anuncios de trasatlánticos nunca fueron masivas, por eso, el 70% de las piezas que posee son únicas, pero a veces se ha conservado más de un ejemplar, lo que de inmediato se convierte en una posibilidad de intercambio. Andrés Diego ha obtenido buena parte de sus 105 carteles a través del trueque con coleccionistas internacionales o a través de los contactos suscitados por su página web trasatlánticos.com. Otros los ha comprado y en ocasiones el precio puede llegar a las 200.000 pesetas, si la pieza es rara y su estado perfecto (si tiene deterioros, apenas vale la cuarta parte). Una vez conseguida, la envía a Francia para que un especialista la pegue sobre un soporte entelado que le da consistencia y flexibilidad. Con ello se consigue, además, que desaparezcan muchas de las marcas de los antiguos dobleces.

Exposición en Gijón

La intención de Diego es no desprenderse de la colección y que pueda servir para un futuro museo de la emigración asentado en Santander, como el que Asturias ha creado en Colombres para homenajear a las generaciones de jóvenes que dejaron su tierra para buscar mejores oportunidades en América. Pero es consciente de, con sus propios medios, tardará en poder llevarse a cabo.
Mientras tanto, ofreció a la Autoridad Portuaria de Santander el exhibir su colección en alguna de sus instalaciones, pero ante la falta de respuesta se ha dirigido a Gijón, donde ha encontrado más apoyo y este otoño los carteles ya se mostrarán al público asturiano, coincidiendo con la publicación de un libro sobre ellos en colaboración con el profesor universitario Bernardo Riego, un gran conocedor de la fotografía histórica de Cantabria, quien ha realizado los textos. “Me apena profundamente que la exposición no se haya hecho en Santander”, dice Diego, que ya es muy escéptico sobre el interés institucional por las antigüedades, incluso las referidas a la propia tradición regional. Este verano supo que estaba a la venta en París el trofeo de plata entregado por el rey Alfonso XIII en La Magdalena como primer premio de la regata Plymouth-Santander de 1929 y lo adquirió, además de recopilar toda la documentación acreditativa, pero después de comprarlo no ha encontrado interés alguno entre las autoridades ni coleccionistas locales, algo muy distinto de lo que ocurre con piezas vinculadas a la historia de Cataluña o del País Vasco, por ejemplo, “donde siempre tienen comprador”.
En Cantabria apenas existe el sentido del coleccionismo que está tan arraigado en otros países, e incluso en otras regiones españolas, y el mercado local de anticuarios se resiente. “Ni hay mercado de compradores ni aparecen piezas nuevas. Hay gente que tiene objetos de interés, pero no tiene una idea clara de lo que quiere hacer con ello. Yo les pido que me lo vendan, pero no lo quieren vender. Les propongo, entonces, que inicien una colección para darlo valor, pero tampoco tienen mucho interés en hacerlo”, dice Andrés Diego, con rictus de resignación, en un castellano que conserva un fuerte acento francés.
En realidad, el valor de las piezas está en el conjunto. Muchas de las que manejan los anticuarios pasaron en un momento u otro por la basura. Objetos de los que alguien se desprendió por no entender su valor o por imposibilidad de conservarlos y que llegaron, por una vía u otra, a los rastros de toda Europa. Pero cada vez es más difícil encontrar piezas nuevas, según Diego, “porque las nuevas generaciones conocen mejor el valor de las cosas y no quieren desprenderse de ellas”.

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