El banco de pueblo que llegó a la cumbre
Al tiempo que Flaubert revolucionaba la novela con ‘Modame Bovary’, un grupo de comerciantes montañeses constituía el 15 de mayo de 1857 el Banco de Santander para dar fluidez financiera al comercio que generaba el puerto. A cien kilómetros, con pocos meses de diferencia, nacía el Banco de Bilbao. No es fácil saber si quienes fundaron uno y otro suponían que ambos bancos alcanzarían el siglo y medio de vida. Lo que es seguro es que ninguno de ellos pudo imaginar que sus aventuras empresariales llegarían a ser los mayores de España y a estar entre las primeras del mundo. Los 7.596 millones de euros que ganó el Santander el año pasado (casi 1,3 billones de pesetas) superan el PIB de un centenar largo de países y le convierten en el séptimo banco del planeta por beneficios.
El Banco abrió las puertas el 22 de agosto de aquel mismo año en una oficina que hacía esquina entre las calles Martillo y Celosía (hoy General Mola). Tenía diecisiete trabajadores, un capital de cinco millones de reales de vellón (unos 7.000 de los euros actuales) y un presidente muy vinculado a los negocios locales, Juan Pombo. Los socios constituyentes fueron Jerónimo Roiz de la Parra, Juan de Abarca, Antonio Labat, Bonifacio Ferrer de la Vega, Antonio López-Dóriga y Agustín G. Gutiérrez, apellidos que durante generaciones han sido muy representativos de la burguesía local y que, en algunos casos, han permanecido en el consejo de administración del Banco más de un siglo, hasta que su internacionalización, en los años 80 del siglo XX, cambió significativamente la estructura del capital, aunque no haya desaparecido la posición dominante de la familia Botín, llegada unas décadas después, ni la fuerte concentración de accionistas en la región de origen.
La aparición del Mercantil
El Banco de Santander creció con lentitud y resultó muy perjudicado en 1875 por la pérdida de la facultad de emitir billetes. Quizá por eso, cuando en 1899 un grupo de indianos creó el Banco Mercantil lo superó sin dificultad. Era la época en que España perdió las últimas colonias y los capitales repatriados dieron lugar a éste y otros bancos, como el Hispano Americano, Banesto y Central, en algunos de los cuales también tuvo un papel significativo el capital cántabro.
El Santander, como otros bancos, había nacido para emitir dinero y cuando esta facultad se transfirió en exclusiva al Banco de España, se llegó a plantear la integración en él, al dudar de su propia supervivencia. Por entonces, sólo tenía 352 cuentas corrientes, con un saldo de 30,3 millones de reales de vellón.
El Banco estaba circunscrito exclusivamente a la capital, si bien es cierto que fuera de ella había muy pocos puntos comercialmente relevantes. Hasta 1923 no tuvo la posibilidad de expandirse a la región y tardaría varias décadas más en salir a otras provincias.
Antes de eso pasó varias pruebas de fuego, como la decadencia del comercio colonial o el agresivo nacimiento del Mercantil, una iniciativa de otros próceres locales que, en realidad, estaba dirigida a controlar el Santander. Sus intentos de lograrlo a través de unas negociaciones habían resultado vanos y eso les impulsó finalmente a crear el nuevo banco, convencidos de que su potencia se impondría en el mercado.
Fue así, pero la historia no acabó como cabía esperar. Ambas entidades locales caminaron paralelas y crecieron con la llegada del siglo XX, a consecuencia de la apertura de varias fábricas en la región y, sobre todo, con el enorme auge comercial que se produjo durante la Primera Guerra Mundial, al adoptar España el estatus de país neutral. Las navieras santanderinas hicieron grandes negocios en un momento en que todo lo que flotaba se contrataba a precios estratosféricos y, con ellas, las entidades financieras. Banesto e Hispanoamericano también acudieron a la región con ánimo de participar en el negocio y de atraer a los capitales retornados de América.
Los dos bancos santanderinos defendieron su posición y fueron creciendo. El Santander compró en un millón de pesetas dos edificios del Muelle que pronto se convirtieron en su sede, creó como filial el Banco de Torrelavega e inició una red de sucursales en la región, pero nunca pudo desplazar al Mercantil por capital social, recursos ajenos o sucursales. Sin embargo, en economía no siempre es el pez grande el que se come al chico y en 1946 fue el Santander, el bancuco, el que devoró al Mercantil.
Compra casa por casa
El impulsor de este cambio de papeles ya se llamaba Emilio Botín y era padre del actual presidente. Su antecesor, de igual nombre, había sido consejero del Banco desde 1929, de la mano del presidente de turno (por entonces la presidencia del Banco era rotatoria), un indiano lebaniego llamado Saturnino Briz.
Su hijo alcanzó la dirección general y fue estratega y ejecutor de la absorción del Mercantil en 1946, adquiriendo puerta por puerta los títulos que se encontraban en manos de los accionistas minoritarios, con la ayuda de Pablo Tarrero. Este anticipo de las actuales opas hostiles tuvo una puesta en escena digna de un dramaturgo, cuando en la junta general del Mercantil el abogado que representaba las acciones conseguidas por el Santander le hizo saber al consejo de administración que en ese momento su banco ya no era su banco, porque Botín había ido doblegando voluntades de los viejos accionistas y el Santander controlaba ya la parte más significativa del capital.
En realidad, toda la operación la había desencadenado un comentario de Pablo Garnica, presidente de Banesto e importante accionista del Mercantil, al manifestar su interés por comprarlo, algo que según expuso alarmado Botín a su consejo, suponía el desembarco de un rival imbatible.
Detener los planes de Banesto resultó tan complicado como traumático, puesto que la venta de acciones del Mercantil al que había sido su rival histórico, el Santander, dio lugar a sonoras rupturas en conocidas familias de la capital santanderina, donde muchos de sus miembros llevaban décadas vinculados a uno u otro banco.
El Mercantil reaccionó con una ampliación de capital a la maniobra del Santander, pero éste salvó su operación gracias a un pacto de última hora con Pablo Garnica, a cambio de que Banesto se quedase con la sede del Mercantil, uno de los mejores edificios de la ciudad, ubicado en la calle Hernán Cortés. Un inmueble que desde entonces alberga la sede del Español de Crédito en Santander.
Con la adquisición de su viejo rival, el Santander pasó a tener 55 sucursales, 1.000 millones en recursos ajenos y una representación en La Rioja y en varias provincias castellanas. Además, se convertía en el séptico banco del país y conseguía unas participaciones industriales muy importantes, ya que el Mercantil tenía una posición industrial mucho más activa que el Santander. A todo esto se unía que poco antes el tándem Botín-Briz habían adquirido el Banco de Avila, que le había permitido estar presente en Madrid, algo que resultaba imposible por otras vías, debido a las restrictivas regulaciones bancarias del franquismo.
El enorme revuelo causado en la provincia por la operación del Mercantil se fue calmando a medida que llegaban los resultados. La realidad es que las acciones del Santander subieron muy rápido y quienes habían aceptado el canje hicieron muy buen negocio, tanto que de ahí y de su fidelidad posterior al Banco nacieron auténticas fortunas, en algunos casos por el mero hecho de mantener los títulos y acudir a las ampliaciones.
Si en la desfallecida España de posguerra la economía resultó muy precaria durante décadas, crecer dentro de los confines de Santander era aún mucho más difícil y el Banco necesitaba salir de su tierra de origen, algo que la legislación del franquismo hacía prácticamente imposible. Aunque a finales de los 40 había abierto pequeñas oficinas en Argentina, México y Venezuela y un despacho en Londres, tuvo que esperar a los años 60, cuando por fin España se liberó de la política de autarquía y creció con rapidez, para convertirse en un banco nacional. Le había costado un siglo y para ello tuvo que cargarse de imaginación y riesgo, como la compra de varias entidades más pequeñas para tomar posiciones en otras provincias o la decisión de financiar el nuevo estadio del Club de Fútbol Barcelona, que le abrió las puertas del mercado financiero catalán y le proporcionó 30.000 cuentas de otros tantos socios.
Entrada en el club de los Siete Grandes
El Santander fue uno de los primeros bancos del país en afrontar la aventura americana, con el desembarco en varios países del Centro y del Sur del continente en los años 70. No siempre las cosas salieron bien y la severa crisis posterior de la zona, con la suspensión de pagos de varios países, provocó un inevitable repliegue en los años 80. Pero eso no le impidió volver después con mucha más fuerza y, también, con mucho más éxito. Hoy es el primer grupo bancario de aquel subcontinente que aporta tantos beneficios como el negocio en España.
Emilio Botín Sanz de Sautuola, padres del actual presidente, se convirtió con estas operaciones uno de los grandes banqueros nacionales al incrustar al Santander entre los siete grandes de la banca española. Con él, el Banco ya se dirigía simultáneamente entre Santander y Madrid, lo que le convertía en un habitual del tren expreso nocturno, en cuyos coches camas pasaba al menos dos noches cada semana. Su hijo lo hará ya a bordo de aviones para controlar un imperio que se extiende por varios continentes.
Cuando Botín Sanz de Sautuola dejó la presidencia en 1986, el Banco ya superaba los 10.000 empleados y sus beneficios los 10.000 millones de pesetas.
La irrupción de Emilio Botín hijo, el tercero de la saga bancaria, aceleró la historia de la entidad de una forma sorprendente. Cuando todo el mundo esperaba la continuidad, ya que hasta ese momento ejercía como consejero delegado, rompió con las tradicionales comidas de banqueros que daban una imagen de buena convivencia –a veces incierta– y lanzó unas políticas comerciales muy agresivas, con las supercuentas, desatando una guerra inesperada por los depósitos. El mar en calma de la banca española se vio sometido a una marejada que resultó ser muy profunda, ya que varios de los grandes bancos estaban en peores condiciones de lo que aparentaban y no podían responder sin apuros a un recorte semejante de los márgenes.
Los Botín se habían ido desprendiendo de los negocios industriales del Santander, incluso de algunos que habían sido largos compañeros de viaje, como Nueva Montaña Quijano. Otros bancos, en cambio, continuaban lastrados por los riesgos de esas inversiones, algunas fallidas, como Banesto y pronto empezaron a caer los más maduros. Una debilidad que propició las fusiones, en busca de amparos mutuos. El Santander y el Bilbao-Vizcaya resultaron los vencedores de este vuelco del mercado, que desbarató en una década un mapa bancario que tenía casi un siglo de tradición.
Después de una alianza inesperada con el Royal Bank of Scotland, uno de los mayores bancos británicos, que puso al Santander en el mapa bancario europeo, Botín se sintió lo bastante fuerte como para ver desde la barrera el proceso de fusiones desatado en el interior. Le bastó esperar a 1994 cuando Banesto, después de ser intervenido por el Banco de España, fue de nuevo puesto en el mercado. Pujando más de lo que le aconsejaban sus asesores, consiguió una pieza que luego ha rentabilizado con creces. Esa lección le llevó años más tarde a ofrecer por el brasileño Banespa mucho más de lo que parecía razonable, y de nuevo la operación demostró ser muy rentable.
El Superbanco español
Si el Santander pudo hacerse con el que pocos años antes presumía de ser el primer banco español y devolverle a la rentabilidad en muy poco tiempo, demostraba ser una tabla de salvación bastante segura. Quizá por eso, el Central Hispano, producto de la unión de otros dos grandes, no rechazó su invitación a fusionarse.
La operación se trazó en muy pocos días y el resultado fue la creación de un superbanco español, con intereses en numerosos sectores productivos. En teoría, una fusión en pie de igualdad, aunque el tiempo demostró que no era así. La cultura del Central Hispano y la del Santander eran muy distintas y los dos dirigentes principales del CH acabaron por salir de la cúpula directiva, con una generosísima indemnización. Asimismo, los enormes activos industriales e inmobiliarios fueron vendidos uno tras otro, para concentrar los recursos en el terreno que el Santander considera más rentable, el negocio tradicional de la banca.
El dinero creó enormes oportunidades de negocio en el exterior, donde el Santander realizó numerosas compras, de las cuales la más significativa es el banco británico Abbey National, que no atravesaba sus mejores momentos y que ya está recuperando las glorias pasadas.
Aunque el Santander haya vendido su participación en el Royal Bank, el Abbey, las compañías de financiación al consumo adquiridas por toda Europa y su participación, ahora, en la operación de compra del gigante holandés ABN Amro le han convertido en uno de los mayores bancos del Continente. En Norteamérica ha puesto un pie firme a través del Sovereing Bank y el liderazgo que ya tenía en Centro y Sudamérica se ha convertido en una hucha, dada la enorme capacidad de crecimiento que existe en un mercado tan poco banquerizado. Unas alternativas muy sólidas al progresivo agotamiento del negocio en España donde cada día es más difícil crecer en cuota de mercado y los márgenes están más ajustado que en ningún otro lugar.
En esta trayectoria, el Banco Santander ha ido adquiriendo e integrando nada menos que 188 bancos de todo el mundo, 39 de ellos absorbidos previamente por Banesto, cuarenta por el Central y 24 del Hispano. Una historia que, en realidad, comenzó en 1942, casi al siglo de su fundación, con la compra del Banco de Avila y del Herrero Riva, y que ha adquirido un ritmo vertiginoso en las últimas dos décadas.
En la rápida concentración que ha sufrido el sector bancario de todo el mundo, el Santander ha pasado de víctima propiciatoria a uno de los pocos destinados a sobrevivir, como lo demuestran esas casi dos centenares de historias bancarias de España, Reino Unido, Portugal, Alemania o América Latina que han acabado en sus archivos.