Historias de la economía actual
¿Qué son los GMOs? ¿Son los gnomos y nos hemos confundido al escribirlo o es algún sistema de telefonía que está por llegar? Pues no, ninguna de las dos. GMO son las iniciales inglesas de genetically modified organism, lo que resulta mejor no traducir, porque en español se convertiría en los omgs, cuya confusión con las ongs (organizaciones no gubernamentales) está casi garantizada.
El mejor ejemplo de un producto en el que hay gmos es el maíz genético, que no quiere decir que sea radioactivo o algo parecido, sino que no tiene los genes de un maíz normal. Estamos hablando del maíz cuyos genes naturales han sido modificados con algún propósito, como hacerlo compatible con pesticidas o resistente a los insectos.
En la UE somos muy restrictivos con estos productos y eso ha provocado una situación de conflicto comercial con EE UU que acusa a los europeos de violar las leyes del comercio internacional con nuestro sistema de autorizaciones. En su opinión, aquí somos sospechosamente escrupulosos, y eso puede tener que ver no con intereses sanitarios sino con un proteccionismo encubierto de los productos propios.
Tal y como está organizado el comercio en el mundo, hay dos posibilidades para solucionar un problema de estas características: uno, echar mano de la negociación, y dos, someterse a la decisión de un tercero que dirima quién tiene razón, lo que se llama un panel de expertos.
La UE trató de conducir el problema por la primera vía, pero las autoridades de EE UU, Canadá y Argentina, que quiere vender sus productos modificados genéticamente no parecían dispuestas a ceder un ápice y Europa está metida en uno de esos conflictos comerciales del apartado dos.
Moratoria
El asunto no es nada sencillo, como todos los que tienen que ver con la alta tecnología. Quizá la vertiente más sencilla sea dilucidar si es un problema exclusivamente comercial, como dicen los demandantes, o el aplazamiento de estas autorizaciones está basado en preocupaciones bastante superiores a las meramente económicas, como alega la UE.
Lo que está claro es que no hay principios internacionales significativos sobre la materia, a excepción del Protocolo de Cartagena. Y lo que también es evidente es que no llega en un buen momento. La UE está revisando actualmente sus procedimientos de autorización sobre estos productos (la moratoria de facto que dicen los demandantes) y la decisión que pueda tomar el panel de expertos en esta reclamación podría influir sobre la que adopte la UE en la regulación.
De acuerdo con la mentalidad europea, parece claro que tenemos la razón, porque todas las cautelas son pocas cuando se trata de defender un valor absoluto, como la salud. Pero hay que ser conscientes de que, para cualquier persona ajena a nuestra zona geográfica, la fórmula de organizarnos que nos hemos dado resulta incomprensible, burocrática, complicada, liosa y larga. Probablemente lo es también para nosotros, lo que ocurre es que no nos paramos a pensarlo.
Si de ordinario todo lo que ocurre en la UE es complejo, en este caso más, porque los estados nacionales todavía conservan competencias, a través de las medidas nacionales de salvaguardia, y pueden eliminar o prohibir directamente el uso y la venta de los GMOs dentro de sus respectivos territorios, al menos durante un tiempo.
El proceso europeo de autorización de cualquier modificación genética es desalentadoramente lento para los exportadores exteriores de productos modificados. El primer paso es una valoración científica de los efectos prospectivos de los GMOs sobre el medio ambiente y la salud humana. Las empresas interesadas en vender sus GMOs en la UE deben presentar una solicitud en el estado miembro de que se trate en la que se incluya una plena valoración del riesgo medioambiental. Eso se envía a la Comisión Europea, la cual lo circula por todos los restantes países asociados. En el caso de que cualquiera de ellos presentara objeciones, la Comisión buscaría la opinión del Comité Científico y de la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria y, finalmente, tomaría una decisión.
Hasta ahora han conseguido superar estas barreras 18 GMOs y otras tantos están en espera de ser aprobados. Además, y esto es a lo que se refieren los americanos, la UE está finalizando su legislación sobre etiquetado y trazabilidad, la cual agregará nuevos controles para que los productos ya aprobados sigan siendo vigilados una vez circulen por el mercado.
Algunos sustos
Es posible que las cautelas europeas sean prolijas y difíciles de salvar, pero también es cierto que no resulta fácil saber los riesgos que comporta la aprobación indiscriminada, y parece oportuno no actuar con ligereza, sobre todo cuando pueden producirse cambios irreparables en el medio natural.
En 2001, la Royal Society de Canadá, uno de los estados demandantes, dijo que plantas de semilla de colza para aceite con GMOs resistentes a los herbicidas se estaban empezando a convertir en un problema en su región de Prairies, debido a las enormes cantidades de terreno dedicadas a ello y la aparición de evidencias de que se habían producido cruces entre diferentes clases de colza, cada una resistente a un herbicida distinto, lo que había dado como resultado nuevas combinaciones genéticas y el inintencionado origen de plantas con resistencia a dos y hasta tres herbicidas.
En EE UU también hay malas experiencias. En el año 2000, la variedad de maíz-gm denominada starlink, que no se había aprobado para el consumo humano, entró en la cadena alimentaria en grandes cantidades por razones que se desconocen y más de trescientas marcas tuvieron que ser retiradas de los supermercados. El incidente dio lugar a que se estudiaran las posibles consecuencias de la ingestión de ese maíz modificado y, en principio, sólo encontraron en el gen un potencial alergénico. Las consecuencias podían haber sido peores. Curiosamente, y quizá por el susto, luego se prohibió esa modificación genética incluso para usos no alimentarios.
Esa precipitación por introducir en el mercado novedades insuficientemente estudiadas en cuanto a sus efectos completos supone que ahora se plantee la revisión de muchas autorizaciones. Pero en el caso de las modificaciones genéticas no siempre es fácil volver atrás, porque alguna de las plantas puede haberse cruzado accidentalmente con otras de su entorno, con efectos tan difíciles de evaluar económicamente como ecológicamente.
Para EE UU, todo lo que ocurra con estos productos es muy relevante, dado que allí alrededor del 35% del maíz ya está modificado genéticamente. Pero el mayor problema no es que parte de esta producción alterada no pueda ser vendida en Europa, sino que en realidad no puede vender en nuestro continente ni un solo grano de maíz, puesto que se calcula que sólo del 1 al 2% de la producción se separa, por lo que el 98% del maíz americano, más o menos, contiene en alguna proporción variedades de maíz con modificaciones genéticas y algunas de ellas no están aceptadas por Europa. Por el momento, los norteamericanos han hecho bandera de su derecho a vender libremente en el resto del mundo y se han negado a separar las producciones, por lo que sus exportaciones, lógicamente, se están resintiendo. Está por saber si, finalmente, acabaremos consumiendo ese maíz o si ellos tendrán que rendirse y asumir las cautelas europeas.