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Suelos preocupantes

La decisión del SEPES de paralizar la venta de parcelas en el polígono de Reinosa, hasta saber si están contaminadas o no, es encomiable, pero forzada por unas circunstancias que nunca debieron producirse. Tanto Forjas y Aceros, anterior propietaria de los terrenos, como el SEPES y la propia empresa que realizó la urbanización eran conscientes de lo que había en aquel vertedero de residuos industriales y la única solución que entonces se adoptó fue aprovechar para vender como chatarra los restos de metal que iban apareciendo al remover las tierras.
Se han dado pocas explicaciones sobre cuál fue la causa de que la empresa de fibroyeso GFB-Suyesa no se instalase en el polígono de Reinosa. Si se hubiesen dado más, hubiésemos sido conscientes de hasta qué punto influyó el hecho de que la empresa costarricense considerase que el suelo está contaminado, algo que para nosotros parece un mal menor pero que resulta inaceptable para las empresas de muchos otros países, sobre todo si han de asumir el coste de retirar las tierras en una parcela de nada menos que 120.000 m2.
Es posible que no tengamos esa sensibilidad hacia el suelo contaminado, pero ya empezamos a tener esa legislación, porque las normas europeas antes o después llegan a España, y pronto nos veremos obligados a descontaminarlos si queremos hacer algo con ellos. Y esa obligación ahuyenta a cualquier empresa. Trasladar miles de metros cúbicos de tierra es tan costoso y prolijo como problemático, dado que tampoco hay lugares donde verter semejantes volúmenes, así que a veces estos trabajos se han hecho con nocturnidad y en otras ocasiones ha sido el sector público el que ha acabado por cargar con la factura, como ha ocurrido con las viviendas de Nueva Montaña.
Sólo el SEPES ha tenido la valentía de afrontar el problema, aún a costa de dejar el polígono de Reinosa fuera del mercado, quien sabe si para siempre. Pero las incertidumbres planean sobre casi todos los polígonos industriales que se han construido o están en construcción en Cantabria, porque la mayoría han aprovechado antiguos vertederos industriales. Es el caso del polígono de Morero, un antiguo lavadero de mineral; o del polígono que está paralizado en Reocín a la espera de que se confirme si los áridos extraídos de la mina sobre los que se asienta son estables. Con residuos industriales se rellenó Raos y Nueva Montaña; nunca se descontaminaron buena parte de los terrenos de la antigua fábrica química Cros, de Maliaño, sobre los que se han levantado todo tipo de instalaciones y viviendas, y el polígono de Requejada se asienta sobre una marisma que fue rellenada primero con vertidos industriales y más tarde con basuras urbanas.
¿Se podría descontaminar todo eso si fuera necesario? ¿Podría alguien hacerse cargo de los gastos? Evidentemente, no. Quizá, por eso, nadie va a dar el primer paso y puede ser comprensible, pero no lo sería seguir enfangándonos más en el mismo problema, construyendo los polígonos futuros sin sanear previamente los terrenos, con la esperanza de que pase desapercibido. Esa misma esperanza debía tener aquella ministra de Medio Ambiente que hizo un registro sobre suelos contaminados en España y cuando esta revista pidió conocer los existentes en Cantabria, el Ministerio respondió que esa información era secreta. Debía pensar que quien compra una vivienda o hace una nave industrial no tiene el derecho a saber lo que hay debajo.

Proteccionismos

Estados Unidos ha inventado un sistema para subvencionar a las empresas tan imaginativo que, en lugar de parecer una práctica restrictiva de la competencia parece todo lo contrario, un sano ejercicio de liberalismo, y eso tiene tanto mérito que no está dispuesto a renunciar a él por más que la Organización Mundial del Comercio lo haya declarado ilegal.
El asunto es relativamente complejo. Primero hay que dictar una ley antidumping, que se aplica a todos aquellos productos de países competidores que, supuestamente, se venden en Norteamérica por debajo de los costes de producción. Una vez establecida una sanción de forma unilateral, se fuerza a todos los exportadores supuestamente tramposos a pagarla, so pena de no volver a vender nada más dentro de los EE UU. Por último, el dinero recaudado en lugar de ir a las arcas públicas se reparte entre las empresas nacionales del sector, las presuntamente perjudicadas, con lo cual tienen la doble ventaja de recibir unas cantidades y quitarse de enmedio a los competidores más difíciles.
Las cifras de estas sanciones-subvención han resultado muy importantes (561 millones de dólares en 2001-2002) y los países afectados –entre ellos la Unión Europea– se han visto forzados a defenderse, después de que EE UU anunciase que no aceptará la decisión de la OMC que lo declara una ayuda encubierta y, por tanto, ilegal. La respuesta de los exportadores ha venido por la vía que cabía esperar, la represalia. Han aplicado un arancel del 15% a quince productos norteamericanos, entre ellos el acero, cuyos resultados se verán en los próximos meses.
Para descargo del presidente Bush, hay que reconocer que estaba dispuesto a cumplir la resolución de la OMC. Han sido sus congresistas –presionados por los lobbyes industriales– los que tumbaron la iniciativa presidencial.
La paradoja no es que en el paraíso del liberalismo, EE UU, se cuezan las mismas habas que en el mundo tachado de proteccionista, sino que lo hagan con más descaro.

Precios y razones

Hace sólo dos años, el petróleo estaba a 23 dólares. Debía parecernos caro, porque expertos y no expertos convinieron en que bajaría sustancialmente una vez Estados Unidos integrase a Irak en la órbita “de los buenos”. Eran las semanas previas a la guerra destinada a desalojar a Sadam del poder. La previsión resultó absolutamente errónea. El país con las segundas mayores reservas de petróleo del mundo es un enorme caos; el bombeo de crudo es mucho menor de lo que se esperaba y las compañías norteamericanas que iban a repartirse el dividendo de la victoria están aún a la espera de cobrar.
Equivocarse en el pronóstico puede desanimar a cualquiera, menos a los teóricos de la economía, que siempre pueden justificar sesudamente por qué ocurre lo contrario de lo que habían predicho, hasta el punto de parecer más solventes cuanto más se equivocan. Y desde entonces nos han dado media docena de explicaciones distintas más de por qué sube el petróleo, todas ellas tan convincentes que parece insólito no haberlas tenido en cuenta cuando predijeron exactamente lo contrario.
La primera era la guerra. Es cierto que a Estados Unidos las cosas le han salido mucho peor de lo que pensaba, pero el hecho de que no haya llegado al mercado todo el petróleo que podría aportar Irak no justifica que los precios se hayan triplicado. No hay que olvidar que, antes de la invasión, aquel país únicamente podía vender una parte de su producción potencial, la que le autorizaba la ONU dentro del programa Petróleo por Alimentos que, a pesar de los chanchullos, era una cuantía pequeña. Si ahora, a pesar de la insurgencia interna, se produce al menos lo mismo, el precio no tendría por qué resentirse. Lo más que podría ocurrir es que se mantuviese en los niveles previos a la intervención de EE UU.
Ante la evidencia de que esta explicación se quedaba coja, y para no dar excesiva relevancia al empantanamiento iraquí, los analistas empezaron a generar nuevas razones por cada dólar que subía el crudo: el frío invierno pasado por Estados Unidos, la paralización temporal de dos de sus refinerías, la creciente demanda de China e India, la desconfianza del mercado ante algunos líderes petroleros como Hugo Chávez, la muerte del rey Fahd de Arabia Saudí… así hasta llegar al efecto del huracán Katrina, que ha obligado a echar mano de las reservas estratégicas de EE UU y de la UE. Y los mismos que decían hace un año que el precio objetivo debía situarse en 36 dólares ahora aseguran que deben ser 70.
Como la evolución de la demanda a corto plazo de los países emergentes es perfectamente calculable en función de su tasa de crecimiento del PIB y los efectos climáticos son temporales, todo debiera volver a su ser en poco tiempo, a tenor de estas explicaciones. Pero la realidad es que nadie sabe cuándo se producirá el punto de inflexión ni, mucho menos, asegurar que el precio del petróleo volverá a ser el que era, por mucho que las condiciones mejoren. Como en la crisis de 1979 sólo sabemos que sube. Las explicaciones son meros intentos de dar la sensación de que está controlado todo aquello que está perfectamente descontrolado.
Probablemente no hace falta buscar otra explicación a la escalada de precios que la aplicable a la mayoría de los oligopolios: los vendedores pondrán el precio máximo que los compradores puedan pagar. Y aún tienen margen para seguir subiendo. La prueba está en que ni siquiera se han rebelado los automovilistas, que parecen haber perdido su tradicional sensibilidad a las alzas ahora que pagan en euros. Enfin, que el petróleo seguirá subiendo y los teóricos seguirán sin ofrecer soluciones, pero encontrarán miles de razones para explicarlo.

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