0lores y sabores del mundo

Aunque lejos, todavía, de lo que está ocurriendo en grandes ciudades como Madrid o Barcelona, en Cantabria comienzan a aflorar negocios como resultado de la presencia de más de 13.000 inmigrantes legales –y probablemente otros tantos ilegales–. Núcleos como Laredo o El Astillero no escapan a esta tendencia, pero son las calles santanderinas las que concentran una mayor diversidad de establecimientos surgidos para responder a las demandas de los nuevos vecinos. Algunas zonas concurridas de la capital, como la calle Vargas, reúnen en pocos metros una tienda especializada en productos alimenticios sudamericanos, un comercio de artículos de importación regentado por chinos y un restaurante japonés.
Los inmigrantes cada vez tienen menos motivos para echar de menos su madre patria. Si se trata de comer, los europeos del Este pueden combatir la nostalgia en Katiusha –una tienda de la calle Nicolás Salmerón que ofrece los productos a los que están acostumbrados– y los colombianos en El Capricho Paisa o en El Colombiano, dos establecimientos de la calle Los Indianos y Peñas Redondas, especializados en los productos gastronómicos de su país. Para divertirse, tienen a su alcance la discoteca Latino o el Café Europa, un bar donde los peruanos pueden sustituir el vermut y las rabas por los aperitivos de su país.
Para la población inmigrante, el autoempleo se está convirtiendo en una alternativa para hacer frente a las dificultades de acceso al mercado laboral, sobre todo los chinos, una etnia especialmente emprendedora, ya que un tercio de los que residen en España tiene su propio negocio. Algunos de los extranjeros que no encuentran trabajo por cuenta ajena o puestos cualificados para desarrollar su profesión optan por reproducir negocios que ya poseían en sus países de origen o aprovechan la atracción que despiertan las diferentes culturas en Cantabria.

¿Negocios especiales?

La mayoría de las empresas regentadas por inmigrantes nacen para atender sus necesidades específicas o para que sus compatriotas se encuentren como en casa. Es el caso de bares y discotecas, concebidas como puntos de reunión de ciudadanos del mismo país; asesorías especializadas en cuestiones de extranjería o locutorios, que además de las llamadas, son un eficaz mecanismo para que los inmigrantes puedan enviar sus remesas de dinero a los países de origen.
El senegalés Abdul Aziz llegó a Cantabria en 1990 y, tras recorrer muchos mercadillos de la región, decidió poner en marcha un locutorio en el centro de Santander. Primero ofrecía solamente llamadas de teléfono pero con el paso del tiempo fue añadiendo otros servicios como envío de dinero, fax, fotocopias, recarga de móviles o internet. Después de tres años de actividad, da empleo a dos mujeres ecuatorianas y reconoce que las cosas van bien “aunque el proceso ha sido muy complicado y nadie me ha ayudado”, dice.
No siempre se trata de negocios de inmigrantes para inmigrantes. Otros piensan en la población nativa como clientes potenciales de su profesión o como una discreta forma de subsistencia. Con este planteamiento, abundan las peluquerías y centros de estética como Cali Bella o Punta Cana, un nombre muy descriptivo en la calle Tres de Noviembre; mercerías como Amazonas, tiendas de regalos y complementos como Tauba Darusalam, donde además venden y alquilan videos africanos; talleres de relojería artesanal como Jesús o comercios de ropa, entre ellos Dakar y Ecomoda, en las calles San Luis y Camilo Alonso Vega.
Las iniciativas más pintorescas, quizá las de mayor riesgo, intentan dar a conocer a los cántabros que el mundo no se acaba en el puerto del Escudo. Sólo hay que abrir los ojos y dejarse seducir por la sorprendente mezcla de colores, olores y sabores que hay en Katiusha, una franquicia que vende productos de alimentación ucranianos, rusos y polacos. “Los cántabros tienen miedo a lo desconocido y sólo prueban cuando se lo ha recomendado alguna persona conocida” –explica su propietaria, una ucraniana llamada Gala Klevan. Así que, sobre todo, compran los extranjeros y en horario de fin de semana, cuando la tienda abre para adaptarse a su tiempo libre.

El exotismo de la India y Marruecos

Hasta el refresco más famoso del mundo se ha contagiado del gusto por la multiculturalidad con un remake del hollywood hindú en el spot ‘Del Pita, Pita Del’. El espíritu vital y colorista que hizo triunfar al anuncio es el mismo que anima a los cántabros a visitar desde hace unos cuantos años el Taj Mahal, restaurante hindú ubicado en la zona de copas de Santander con un menú que abarca desde los sencillos platos vegetarianos, hasta las sabrosas mezclas de carne, pollo y pescado, hechas con docenas de ingredientes. El secreto de la cocina india es el uso de especias y salsas –no siempre picantes– que complementan el ingrediente principal.
El exotismo de la India es justificable por la distancia geográfica que nos separa del país. Pero la lejanía no lo es todo, ya que Marruecos despierta parecidas sensaciones, pese a tratarse de un país vecino. Al atravesar la puerta de El Tuareg, un restaurante marroquí que acaba de abrir en la Avenida de Los Castros, ya huele distinto. Aromas, sabores y culturas que, mezclados, provocan sensaciones desconocidas. Cierto es que se tarda un buen rato en comprender la variedad de la carta pero, pasado el trago, se puede disfrutar de una gastronomía que implica todos los sentidos.
La materia prima es la misma que conocemos: legumbres, frutos secos, huevos, pescado y carnes variadas, a excepción del cerdo. Pero su elaboración tiene poco que ver con nuestras costumbres, al utilizar profusamente las especias, las mezclas de dulce y salado, y el cuscús, la sémola que acompaña y da consistencia a todos los platos. Allí triunfa el tajine –cordero cocinado en un utensilio de barro–, el méchoui –cordero entero asado sobre las brasas– o las kefta, brochetas de carne picada o albóndigas con mucho romero, y el touajen, estofado de cordero o pollo en escabeche. Y, sobre todo, un té moro preparado con menta o hierbabuena.

El sabor de oriente

Antes que la marroquí habrían llegado otras cocinas. La oriental se ha convertido en una oferta gastronómica más. Pero el cliente es inquieto y la búsqueda de nuevos sabores ha provocado que la comida china esté bajando puestos en favor de los restaurantes japoneses, coreanos, tailandeses o vietnamitas. Los chinos que se han salvado de la quema han refinado su carta o han sabido incorporar un menú del día económico y un tanto europeizado. No obstante, la comunidad china empieza a decantarse por otros negocios más rentables, como los bazares con productos de importación.
En Cantabria, aunque más despacio, las cosas avanzan en la misma dirección. Un empresario llamado Guo Mao Lin decidió cambiar el soleado clima de las Canarias, su primer destino nacional, por la lluvia de Santander y creó hace un año y medio Sakura, un pequeño local que ofrece “auténtica comida japonesa aunque con menos variedad”. No es fácil imaginar cómo es la carta habitual, si se tiene en cuenta que la resumida de Sakura ofrece 89 platos diferentes para elegir.
Guo Mao nunca ha tenido miedo de lanzarse al autoempleo, porque ya tenía experiencia con otros negocios de hostelería y, sin otra competencia en la región, creyó que sería fácil convencer a los cántabros con la ayuda del sushi y el sashimi. En realidad, estos nombres sólo esconden pescado crudo sobre bolitas de arroz o salsa de soja pero el encanto que provoca cambiar de costumbres hace que los propios alimentos pasen a ser lo de menos. Y es que para ingerir algunas sopas, entremeses, tallarines o pinchos de carne hay que utilizar palillos lacados o hashi, cortar la comida en pequeños trozos y acompañarla de sake, el característico vino de arroz japonés.
Son las nuevas propuestas de unas culturas cuya presencia hubiese costado imaginar hace pocos años en nuestras calles.

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