Cómo autoexcluirse
Hay quien se empeña en ser el mayor enemigo de sí mismo aunque, incapaz de reconocerlo, prefiera echar la culpa de sus males al ‘sistema’ o a los otros. Una forma de ejercer esa autoexclusión es ir sembrando minas a diestro y siniestro, sin tener en cuenta que la víctima más probable de esa cosecha de odio sea uno mismo, y más en el ámbito laboral, en un país donde nueve de diez contrataciones se realizan a personas conocidas.
En España sigue siendo admitido sin reproche enviar los currículos con foto, algo que se considera de mala educación en países donde se interpreta como un intento de condicionar al contratador a través de la imagen personal, y hay lugares donde ya está directamente prohibido. Por eso es fácil encontrarse en Londres con un taquillero de metro tatuado hasta en la lengua y es mucho más improbable verlo en España, donde este tipo de prácticas, aunque estén en el terreno de la libertad personal, y sea políticamente incorrecto reconocerlo, penalizan laboralmente.
De lo que no que no son tan conscientes los candidatos a un empleo es de lo que ha ocurrido con nuestra aspirante a los Oscar. Por primera vez, una mujer trans tenía muchas posibilidades de hacerse con el premio a la mejor actriz, porque su trabajo lo merece y porque ya sabemos lo mucho que motiva en Hollywood todo aquello que tiene que ver con la diversidad. La bandera que impulsaba su nombre en todos los medios de comunicación del mundo como una vela ceñida al viento se ha desventado en un segundo por una cuestión aparentemente menor, los tuits racistas y despreciativos con muchas culturas que nuestra actriz vertió en las redes sociales cuando no era tan famosa, tan inclusiva ni tan abierta de mente como ahora (o como ahora nos hace ver).
Es duro perder cualquier posibilidad de alcanzar uno de los mayores reconocimientos del mundo, si no el mayor, como es un Oscar por incontinencia verbal o estupidez, pero puede ser una lección valiosa para millones de personas que hacen otro tanto cada día sin pararse a pensar en nada que no sea su necesidad de demostrar a los demás lo inteligentes que son o de humillar a otros. Un ejercicio de libertad de opinión muy mal entendida que se convierten en un lastre imprevisible cuando alguien hurga en el pasado de un candidato a lo que sea. Nadie quiere tener en su empresa ni en su círculo próximo a un odiador, a un hooligan que antes o después aplicará esa misma política de fustigamiento a quien le ha ofrecido su amistad o lo ha contratado pero que ya no le necesita o le ha despedido.
Lo que ha ocurrido con Karla Sofía Gascón demuestra que los rastros que vamos dejando en las redes se pueden volver contra nosotros en cualquier momento
Todos aprendemos con el ejemplo más que con la teoría y el extraordinario coste que está pagando nuestra actriz va a hacer reflexionar a más de uno sobre el rastro que va dejando en las redes sociales. Un sembrado de minas que al final explotan sobre quien las dejó, porque siempre habrá alguien dispuesto a aflorarlas en el momento más inoportuno para el protagonista, ya sean los responsables de recursos humanos de las empresas, los rivales con los que se disputa un premio o quienes pensaron en él para un reconocimiento o un cargo.
El primer efecto del caso Karla Sofía Gascón va a ser la marcha de X, o de Twiter, de muchos de los usuarios más incendiarios, temerosos de haber firmado en la red su propia condena laboral o social. El segundo, la aparición de rastreadores profesionales dispuestos a borrar pasados digitales a cambio de un precio (como ha pasado con los que se ofrecen a borrarlo en internet) lo que cada vez resulta más difícil, porque las máquinas no distinguen y hasta las toneladas de estupideces que se vierten en la red cada día quedan conservadas en varios almacenamientos.
Como ocurre en otras tecnologías rupturistas que generan situaciones para las que no hay precedentes, es el paso del tiempo el que acabará por racionalizar el uso de las redes. Lo que inicialmente es una selva, poco a poco se irá convirtiendo en un espacio ordenado, y no porque los haters entren en razón y se conviertan en educados y reflexivos comentaristas sino por el temor a que lo que están haciendo acabe por tener consecuencias para ellos.
Las personas físicas optarán por dejar esa guerra a los bots y volverán a sus cuarteles de invierno del bar, donde poder arremeter contra todo y contra todos sin mayores consecuencias. Pero este tiempo de calentura va a dejar a muchos damnificados, como nuestra actriz, y algunos ni siquiera serán conscientes de ello. Simplemente, no les llamarán para casi nada que vaya más allá de una peña deportiva donde el que más grita puede que tenga más posibilidades de llevar la bandera.