Juegos de manos

La estadística no hace milagros, pero casi. Gracias a las sucesivas revisiones del crecimiento del PIB, el ratio de endeudamiento de finales de 2024 se ha alcanzado ya, y al acabar el año España habrá cumplido, doce meses antes, lo que nos exigen para 2025. Así que, un problema menos para el Gobierno, que está teniendo en el INE a su mejor aliado, aunque aquí no valen engaños, porque tanto la Unión Europea como los bancos tienen sus propios gabinetes estadísticos y no valdría de nada ofrecer unas cifras maquilladas. De hecho, la AIReF, que no suele ser muy complaciente, ha venido ratificando estas revisiones al alza, y también los institutos públicos y privados extranjeros. 

Otra cosa es el significado de este crecimiento del PIB. Podría significar que los españoles somos más productivos, pero no es así. Simplemente, somos más y producimos más. Nunca antes hubo 21 millones de personas trabajando a la vez, y nunca antes tuvo el país casi 49 millones de habitantes. A más gente trabajando, más PIB, incluso con la misma renta familiar.

El Gobierno mantiene el objetivo de déficit a pesar de las revisiones del PIB, y así gana margen para negociar con las comunidades

Por tanto, no caigamos en la complacencia pero tampoco desvaloricemos esta reducción del déficit echando mano al volumen bruto de deuda acumulada. Es evidente que la cifra de deuda que tiene un país no es significativo sin tener en cuenta su tamaño, porque no tendría sentido comparar en términos brutos la de EE UU con la de Andorra.

Pero no es ese el único efecto de la revisión del PIB. Con una previsión de crecimiento del 2,8% para este año, después de varias revisiones al alza, y de un 2,4% para el año que viene, el Gobierno dispondrá de 1.200 millones de euros más con los que contentar a las comunidades en el difícil encaje de sus reclamaciones de financiación contrapuestas, porque lo que se le dé a unos habrá que quitárselo a otros. El truco está en el envío a Bruselas de las previsiones de crecimiento manteniendo las de déficit (si esta revisión supone 36.400 millones más de PIB en el denominador, el déficit, que es un cociente, debería reducirse en proporción). No hace falta ser muy listo para descubrir que el Gobierno trata de aprovechar la coyuntura para aumentar el numerador (el gasto público). Al insistir en el 3% para este año y del 2,5% para el año que viene, puede ajustarse a lo exigido aunque gaste más.

Esa posibilidad de endeudarse en otros mil millones más sin alterar la senda de déficit que nos exigen quizá no sirva para contentar ni siquiera a Cataluña, pero ayuda bastante en el reparto. La ministra Montoro ya advirtió que habría más dinero sobre la mesa para todos. Lo que no dijo es cuánto para cada uno y eso es lo que se va a tener que dilucidar entre todos (el que reparte y los que reciben) a cara de perro, por mucho que Feijóo haya tratado de que todas sus comunidades autónomas vayan con una única voz, para evitar que afloren sus intereses contrapuestos. 

Sánchez, que parece tener un conejo siempre bajo la chistera, sabe que el tiempo juega a su favor y que la solidez del bloque autonómico del PP se irá resquebrajando a medida que se prolongue la negociación. ¿Quién va a resistirse a aceptar una quita como la concedida a Cataluña? La entereza de ánimo dura poco y en el caso de Cantabria, esa quita supondría ahorrar cada año 50 millones en intereses. Mucho dinero para no cogerlo, aunque este conejo también tiene las patas cortas. La deuda no desaparece sino que cambia de bolsillo y pasa al del Estado. A Bruselas le da igual si es de los ayuntamientos, las comunidades o de la Administración central, porque no distingue, simplemente valora el déficit total y el endeudamiento del Reino de España. Lo demás, son zarandajas internas en las que no entra ni sale, igual que a nosotros nos importan poco las diferencias que tengan entre ellos los lander alemanes. Lo sustancial es que la deuda no va a reducirse por ese cambio de bolsillo.

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