La contrarrevolución

Todas las revoluciones suelen acabar en un movimiento opuesto, porque la energía social tiene leyes parecidas a la energía física. Los valores, las creencias y las actitudes de la ciudadanía avanzan a un cierto ritmo que, cuando se supera, tiende a crear conflictos soterrados o manifiestos. Da igual cuan popular sea ese cambio, porque siempre habrá agraviados o, al menos, disconformes. A medida que pasa el tiempo esos disconformes van creciendo y un día acaban por conformar una masa suficiente para provocar una contrarreforma, si encuentren un catalizador como Trump. Probablemente la mayoría de quienes le han votado no le crean virtuoso ni especialmente capaz, pero sí le consideran muy eficaz para patear el culo de todo lo anterior que les molesta, y eso es lo que les mueve.

Las sociedades urbanas de todo el mundo, que cortaron hace varias generaciones con la cultura rural, están impulsando cambios vertiginosos que chocan en aquellos lugares donde la forma de vida sigue teniendo pautas y principios tradicionales. Ha pasado en Europa y pasa en EE UU, donde la contrarreforma va claramente dirigida contra esa nueva burguesía ilustrada que pretende salvar al pueblo sin que el pueblo llegue a entenderlo del todo.

Trump encabeza un cambio de marco mental en Occidente pero los magnates le retirarán el apoyo en cuanto su máquina económica se atasque

Que Trump dibuje un modelo de vida sencillo, como era el de los años 50, recién concluida la Segunda Guerra Mundial, donde los patrones eran muy claros y nadie cuestionaba la hegemonía de EE UU, es muy significativo. Hay mucha gente, también en Europa, que muestra cansancio por verse forzada a moverse en un mundo que no llega a asimilar, y no solo en el terreno de las tecnologías. No acaba de entender muy bien la cada vez amplia diversidad de géneros, las reglas de corrección política o la forma de alimentarse, y esa revolución de las costumbres empieza a generar un movimiento pendular a ambos lados del Atlántico.

Pero el pendulazo no es tan profundo como supone Trump, dispuesto a romper con casi todo. Sus reformas van a ser más limitadas de lo que él mismo cree y de lo que sus seguidores querrían, porque la economía y el propio sistema administrativo tienen unas inercias que no frenan en seco, como nadie es capaz de detener bruscamente un trasatlántico. No es un problema de voluntad, ni de legislación, sino de afectados. El actual sistema económico es capaz de generar negocio incluso con sus propios fallos, lo que ha dado lugar a un árbol extraordinariamente retorcido y, como ocurre con los sistemas operativos de los ordenadores, que llevan años acumulando parches para corregir errores o mejorar las prestaciones, no se puede instalar nada que no tenga en cuenta toda esa arquitectura retorcida.

Aparentemente, decretar aranceles es sencillo y extraordinariamente beneficioso para los fabricantes locales pero nadie puede calcular cuáles van a ser las consecuencias. Ni siquiera si eso va a beneficiar a los propios americanos, porque el populismo tiende a simplificar problemas muy complejos. Habrá quien se beneficie, y mucho, y habrá quien salga perjudicado, incluso en EE UU. Muchos más de los que parecen, porque las derivadas van a ser muy graves: inflación por tener que pagar los productos importados más caros, aranceles de respuesta en otros países contra los productos americanos, pérdida de imagen y de mercados…

Lo hemos visto en el pasado con el sector de automoción. Mientras que Europa hace varias décadas que empezó a establecer medidas cada vez más estrictas sobre las emisiones de gases, EE UU permanecía impasible, convencido de que la potencia de sus compañías automovilísticas garantizaba su hegemonía durante muchas décadas. Pero sus vehículos, demasiado pesados, con consumos disparatados y anticuados tecnológicamente, dejaron de ser competitivos en el resto del planeta. Detroit se convirtió en una ciudad fantasma y el que una compañía europea como Fiat pudiese acabar siendo propietaria de otra americana como Chrysler pasó de ser inverosímil a real. Tuvo que llegar un operador nuevo, Tesla, con un producto tecnológico, para recuperar el prestigio del sector automovilístico americano y quizá sea flor de un día, porque sus ventas en Europa se están hundiendo por el apoyo de su propietario a Trump.

Querer ponerlo todo patas arriba, como promete el nuevo presidente americano, puede ser muy sugestivo para un público deseoso de revanchas, pero va a causar graves problemas en el interior del país y a las empresas americanas fuera de casa. Eso no impide que se produzca un cambio de marco mental. Las grandes empresas habían asumido la cultura ambientalista y ahora dudan si retroceder, para complacer a Trump, o mantenerla, para no verse fuera de otros mercados, como el europeo. Hagan lo que hagan estarán atrapadas en una contradicción imposible de gestionar. La única política posible es ganar tiempo hasta que se vea cómo evoluciona la economía. Si la receta arancelaria propia del siglo XIX que propone Trump le funciona, desaparecerá hasta el concepto de cambio climático por mucho que nos achicharremos. Si fracasa, como ha ocurrido en Inglaterra con el Brexit, todo volverá a su cauce en unos meses, porque ni Musk ni Bezos ni Zuckerberg se pueden permitir la pérdida de territorios en su negocio planetario, y mucho menos dejarlos en manos de los chinos de TikTok o DeepSeek. EE UU, por sí mismo, es un mercado muy pequeño para estos magnates cuyo apoyo al nuevo presidente americano es el mismo que se le da a un CEO, solo se le mantiene mientras es útil.

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