Cómo hemos cambiado

El 30 de diciembre de 1981, en la estación de esquí de Baqueira Beret, el rey sancionaba el Estatuto de Autonomía de Cantabria y 12 días más tarde aparecía en el Boletín Oficial del Estado. ¿Cómo hemos cambiado en estos veinte años? Probablemente mucho, pero bastante menos de lo que habíamos cambiado en los seis años anteriores, entre 1975 y 1981, en que la sociedad española vivió una transformación mágica, inmersa en una auténtica vorágine sociológica.
¿Qué balance puede hacerse de los veinte años de autonomía de Cantabria? Sin los apasionamientos que suelen rodear este debate, lo cierto es que el resultado económico ha sido muy pobre, lo cual no quiere decir que el sistema autonómico sea malo, sino que la gestión en Cantabria ha sido deficiente. Con la excepción de Asturias, todas las demás comunidades pueden presentar un balance bastante más brillante de su autogestión.
En las estadísticas que acompañan este texto se ha pretendido comparar la situación de partida y la de llegada. Las cifras son fotografías fijas que en series sucesivas puede dar una idea de los cambios. Partíamos de una administración relativamente pequeña, la heredada de la Diputación Provincial y la que nos transfirió el Estado con las primeras competencias, apenas mil personas, que con el paso del tiempo y sin una justificación clara acabaron por convertirse en 3.000 en 1990 sin apenas haber asumido nuevas competencias. Después de la llegada de la educación la cifra de empleados públicos regionales llegó a casi 9.000, sin incluir los 1.400 de la Universidad, por su especial estatus, y con la sanidad, ahora ha superado los 14.000.
Esta tendencia al gigantismo se agrava si tenemos en cuenta el censo de las muchas empresas públicas regionales creadas para atender parcelas que antes gestionaba la propia Administración y contrasta con lo ocurrido con las empresas privadas donde la caída del empleo en estos veinte años ha sido muy fuerte debido a la externalización de tareas y al incremento de la eficiencia, porque todas ellas producen ahora mucho más que en 1982.
Como consecuencia de esta evolución diametralmente opuesta, el sector público regional es hoy omnipresente en nuestra sociedad, algo aparentemente contradictorio con las teorías políticas liberales del partido que, bajo unas u otras siglas, ha gobernado la comunidad desde la llegada de la autonomía. El autogobierno se inició con aproximadamente los mismos recursos humanos que Alcatel, que Sidenor o que FEMSA y hoy la Administración regional tiene más personal que todas las grandes fábricas de la región juntas.

Los albores de la autonomía

Cantabria vivía en 1981 el despertar de la democracia y, gracias a la abstención del PRC, acababa de llegar a la alcaldía de Santander Juan Hormaechea, un abogado polémico que, desde el Ayuntamiento, primero, y desde la Diputación después, marcaría los quince primeros años de autogobierno. Pero no fue Hormaechea el desencadenante de los problemas políticos que comenzaron a poco de iniciarse la andadura autonómica. El primer presidente, José Antonio Rodríguez, que formó un gabinete de amplia base política, fue forzado a dimitir tras un grave enfrentamiento en el interior de su Gabinete a consecuencia de un incidente banal que revelaba perfectamente las tensiones internas. Su sucesor, Angel Díaz de Entresotos, sufrió igualmente las divisiones en el grupo conservador, tanto dentro de Alianza Popular como con sus socios del PDP. Cuatro diputados del PP optaron por pasarse al Grupo Mixto, entre ellos José Luis Vallines y Roberto Bedoya que, a pesar de ello, luego tendrían grandes responsabilidades en AP. En esas circunstancias Díaz de Entresotos tuvo que lidiar una legislatura donde la Administración autonómica no pudo tomar ninguna decisión importante y, de hecho, de aquella época sólo quedaron dos pequeñas actuaciones en obras públicas (el puente de La Barca en Barreda y la mejora del Tramalón, en la carretera a Comillas), los equipos de una televisión pública que nunca llegó a emitir más que una carta de ajuste y la transferencia de los Hospitales de Liencres y Pedrosa, con los que la autonomía nunca supo qué hacer.

El ‘factor Hormaechea’

Todo cambió radicalmente con la llegada de Hormaechea a la Diputación en 1987. La aureola de eficacia a cualquier precio que rodeaba al alcalde de Santander no le sirvió a Alianza Popular para conseguir una mayoría absoluta en el Gobierno regional y el nuevo presidente se ocupó, desde la misma noche de las elecciones, en obtener lo que las urnas no le habían dado. En muy poco tiempo conseguía desmantelar el grupo parlamentario de su rival más acendrado, Miguel Angel Revilla. Hormaechea captó, uno tras otro a la mayor parte de los diputados regionalistas, lo que acabó por darle, en la práctica, una mayoría absoluta con la que hizo y deshizo. Todo lo que con Díaz de Entresotos resultaba imposible, porque no había dinero, con Hormaechea era posible. Bajo la tesis de que “el dinero está en los bancos, sólo hay que ir a buscarlo” entró en una espiral de gasto tan descontrolada que provocó la quiebra económica de la Diputación y ocho años después aún seguían apareciendo reclamaciones económicas por encargos verbales de aquella época.
Esta forma de ejercer el poder empezó a causar tensiones dentro del propio Grupo Popular. El presidente no permitía que viniese a la región la diputada nacional del Partido Isabel Tocino, una situación curiosa para quien ha sido elegida para defender una circunscripción, pero los mayores enfrentamientos se producían con el alcalde de Santander, también de Alianza Popular, Manuel Huerta. El tándem de los carteles electorales, donde Hormaechea presentaba a su sucesor con el lema “Para que la labor continúe” se rompió de inmediato y el enfrentamiento llegó a los tribunales con la maniobra de Hormaechea para declarar reserva histórico-cultural la Vaguada de las Llamas.
El estallido final del Grupo Popular se produjo en el puente de Todos los Santos de 1990 al revelarse en un periódico de la región los comentarios insultantes realizados por Hormaechea en un pub contra Aznar e Isabel Tocino. En unas jornadas de escasas noticias, el escándalo regional se convirtió en un escándalo nacional y Aznar ordenó, de inmediato, la ruptura con Hormaechea. Todos los partidos se unieron en una moción de censura contra el presidente regional que dio como resultado un gobierno de concentración presidido por Jaime Blanco, que durante seis meses reimpuso el sentido común en la Administración cántabra.

Reunificación

Con la llegada de las elecciones todo volvió a su ser anterior. A pesar de que los socialistas ganaron con holgura y de que Aznar había declarado que nunca cambiaría la dignidad por los votos, en referencia a la posibilidad de captar los escaños obtenidos por Hormaechea que se presentó con su propio partido, lo cierto es que PP y UPCA volvieron a unirse para evitar la pérdida del poder.
La amalgama duró pocos meses. La enorme deuda dejada por la primera legislatura de Hormaechea y la peculiar forma de gobernar del presidente provocaron el que los consejeros más cercanos a la dirección del PP abandonasen pronto el Gabinete. Hormaechea no sólo encajó el golpe, sino que siguió actuando como si nada hubiese pasado, defendido por el bloqueo que el PP presentaba ante cualquier medida que la oposición intentase para reemplazar al presidente. Así, el PP fuera del Gobierno se convirtió en el escudo de Hormaechea frente a nada menos que tres mociones de censura y el presidente acabó la legislatura en las condiciones más insólitas que puedan imaginarse, condenado y gobernando desde el Grupo Mixto, sin partido, porque teóricamente lo había disuelto, sin más que tres consejeros, sin presupuestos (el último hubo de prorrogarlo por dos veces) y sin dinero.
Aún después de esta experiencia extenuante se volvió a presentar en 1995 a la reelección y quizá hubiese logrado un resultado suficiente para volver a convertirse en el eje del Gobierno, de no haber sido inhabilitado como elegible en la noche anterior a los comicios, por un asunto absolutamente intrascendente dentro de su conflictiva carrera política, el haber insultado unos meses antes al alcalde pedáneo de Cabárceno.

La coalición PP-PRC

A pesar de todo, Martínez Sieso, ganador de las elecciones, hubo de contar con el apoyo de UPCA para ser investido, además de coaligarse con el PRC, que entraba a formar parte del Gobierno, y con la abstención de IU. Comenzaba una época de cierta normalización de la vida pública cántabra, que ha durado hasta hoy, aunque el peso de la herencia es un lastre difícil de superar. Aún ahora se está regularizando la situación de la plantilla, que llevaba trece años sin oposiciones, a pesar de lo cual habían entrado a trabajar en la Diputación centenares de personas.
La coalición PP-PRC volvió a repetir gobierno en 1999, con un tono de continuidad que quedó plasmado en el mínimo cambio de caras. Prácticamente todos los consejeros continuaron en sus cargos, aunque se produjo un vuelco en los segundos niveles de la Administración que ha tratado de corregir los problemas de ineficiencia que se arrastran desde la segunda época de Hormaechea, cuando todos los servicios padecieron cuatro años de parálisis absoluta como consecuencia de la falta de recursos y de la ausencia de otras directrices que no fueran las dirigidas a resolver los problemas judiciales que acosaban al presidente.
Las grandes infraestructuras

La política de enfrentamiento de la autonomía con la Administración central contribuyó también a cerrar otras puertas. El Estado acometió dos de las tres demandas históricas de Cantabria, el contar con un puerto con calado suficiente y una autovía hacia la frontera francesa, pero no inició la obras de saneamiento ni las de abastecimiento de agua a la capital, aunque comprometió la financiación.
El puerto de Raos, en cuyas primeras fases el Gobierno de Felipe González invirtió casi 17.000 millones de pesetas, permitió retirar toda la actividad marítima del centro de Santander y dio nueva vida a un puerto asfixiado por la carencia de calados suficientes para los barcos modernos y de muelles de atraque. La aspiración era tan antigua como la de la autovía con Bilbao, que teóricamente debió hacerse en los años 70, cuando fue adjudicada a una empresa privada para su construcción y explotación. Aquel incumplimiento pasó inadvertido, pero no el retraso de la Autovía cuando finalmente fue acometida por el Gobierno socialista. La conclusión se demoró algo más de tres años sobre la fecha inicialmente prevista en el I Plan Nacional de Carreteras y la presión política fue de tal relieve que la inauguración final acabó por tener tan pocos réditos políticos para los socialistas como el haber construido el puerto de Raos.
Las grandes infraestructuras regionales sufrieron un parón entre 1996 y 1999, en que apenas se añadieron 14 kilómetros más de autovía, para revitalizarse a partir de ese año, tanto en dirección hacia Asturias como hacia la Meseta. Por el contrario, el ferrocarril ha sido el gran abandonado de las dos décadas de autonomía. Apenas se han hecho reformas de relieve y hoy, si se mejoran algunas estaciones y servicios es, en buena parte, a costa del erario público regional y no de la empresa, a pesar de que no es competencia de la autonomía.

Transformación del territorio

El paso del tiempo se ha dejado notar en la transformación del territorio. La Cantabria dispersa, relativamente bien distribuida por todo el territorio regional ha dado lugar a una Cantabria reagrupada en torno a la costa, donde vive ya más del 80% de la población. Esto ha provocado un cambio brutal del paisaje y unas necesidades de vivienda casi imposibles de concebir en una población que, en lugar de crecer, decrece y en la que han disminuido en un 20% los matrimonios y en un 30% los ciudadanos menores de 25 años, porcentajes muy elevados para el mundo de la demografía, que requiere largos periodos para observar variaciones significativas.
Cantabria tiene, con Asturias y algunas regiones italianas, la menor tasa de natalidad del mundo y si ya partía en 1983 con un porcentaje de hijos por familia bastante inferior a la tasa de reposición, en estas dos décadas ha vuelto a caer nada menos que un 39%. El nivel es ya tan bajo que sólo es posible suponer que mejore, aunque las estadísticas del INE indican que las cántabras siguen teniendo la actitud menos receptiva a la maternidad de todo el país.

Bajo perfil laboral de la mujer

El bajo promedio de hijos no se ha traducido en un alto porcentaje de mujeres en el mercado laboral. Por el contrario, Cantabria ofrece uno de los menores ratios del país en incorporación de la mujer al trabajo fuera de casa, quizá porque no hay una oferta de empleo suficiente y, en esas condiciones opta por permanecer al margen. Eso provoca que, cuando la economía mejora, aflore esa fuerza de trabajo y las estadísticas de paro no se reduzcan notoriamente a pesar del incremento de personas ocupadas.
En cualquier caso, trabajan fuera de casa más mujeres que hace veinte años y han conseguido conquistas muy significativas en la Administración y en la enseñanza, mientras que su presencia es casi testimonial como empresarias (a excepción de algunos sectores muy concretos) y en los puestos ejecutivos. Tampoco se ha avanzado mucho en la equiparación salarial, dado que Cantabria está, con Extremadura, Andalucía y Aragón, entre las regiones donde más distancia hay entre el salario medio de hombres y mujeres.
La evolución demográfica negativa no se ha compensado con una llegada significativa de inmigrantes, que han tardado más en hacerse notar que en otras regiones. Se calcula que en estos momentos hay alrededor de 6.000 extranjeros trabajando en Cantabria, la mayor parte de ellos en tareas de hogar y actividades forestales. La aparición de este flujo de inmigrantes es relativamente reciente y ha comenzado a producir un fenómeno nuevo en Cantabria, la aparición de los jornaleros agrarios, como consecuencia de los bajos costos de contratación –muchos de ellos no están regularizados– del mayor desahogo de las rentas agrarias y de la huida de los jóvenes del medio rural, que antes aportaban su mano de obra a la explotación familiar.

Una economía subsidiada

En estos veinte años el Producto Interior Bruto de Cantabria ha pasado de representar el 1,38% del nacional al 1,22%, lo que indica claramente la pérdida de riqueza relativa, hasta llegar a situarse por debajo de la media. No obstante, el concepto de riqueza es en sí mismo muy relativo, porque no hace falta el mismo dinero para vivir en Santander que en Madrid. Esta circunstancia y el hecho de partir de un nivel de ahorro muy superior al conjunto nacional, permite administrar la decadencia con una cierta dignidad.
La renta regional tiene otro apoyo muy significativo que choca frontalmente con la creencia mayoritaria de los cántabros: la subsidiación. El Estado hace tiempo que pasó a gastar en la región bastante más de lo que ingresa y el desequilibrio se observa, sobre todo, en la Seguridad Social, donde hay un porcentaje de cotizantes muy bajo por cada pensionista y una pensión media bastante superior a la nacional, aunque las distancias se van acortando deprisa. La razón de este aparente privilegio es el haber cotizado más y durante más años, porque las aportaciones del sector industrial (mayoritario en la región en el pasado), siempre fueron más significativas que las de los servicios, y empezaron antes en el tiempo.
Aunque siguen siendo muchos los cántabros que reciben sus ingresos del Estado (pensionistas, desempleados, trabajadores de servicios como Correos y, hasta hace poco, los enseñantes) desaparece su omnipresencia. El sector público ya ha dejado de estar detrás de las grandes fábricas de la región (Sidenor, Astilleros de Santander, Tabacalera, Telefónica, Viesgo, Lactaria de Renedo…) lo que en teoría ha supuesto una privatización de buena parte de la economía regional, aunque las cosas no han cambiado demasiado, ya que casi siempre ha sido sustituido por empresarios nacionales o internacionales, muy alejados de Cantabria.
Si hace veinte años ya estaban fuera de Cantabria los centros de control de la mayoría de las empresas grandes, ahora ni siquiera quedan bajo dominio local muchas de las medianas, con ejemplos muy significativos en el sector agroalimentario. La otra gran tendencia de la industria ha sido la reorientación del sector metalúrgico hacia la automoción, lo que ha permitido el trabajo en grandes series, pero deja gran parte de la estructura económica al albur de lo que pueda ocurrir en un sector muy cíclico.

Cambio en el campo

Pero si algo ha cambiado ha sido la vinculación con el campo. De las más de 15.000 explotaciones lecheras que había en 1982 hemos pasado a apenas 4.000, lo cual no quiere decir que haya disminuido la producción. Con menos vacas, menos prados y mucho más pienso se produce lo mismo –lo que autoriza la cuota comunitaria– y para ello se ha contado con el apoyo de una genética mucho más avanzada y de medios mecánicos que hace veinte años prácticamente no habían llegado a nuestros establos.
El aumento de productividad ha permitido hacer frente a una caída del precio de la leche en pesetas constantes (una vez compensado el efecto de la inflación) al igual que ha pasado con todos los alimentos.
Durante el periodo autonómico se ha producido otro cambio muy significativo para los ganaderos, al pasar de un régimen de precios oficiales para la remuneración de la leche al productor, que fijaba el Estado dos veces por año –algo que hoy resultaría incomprensible– a un precio libre de mercado. El cambio no se hizo sin sangre y durante varios años las negociaciones entre ganaderos y empresas dieron lugar a conflictos de gran dureza.

Las asignaturas pendientes

La calidad de vida ha mejorado, pero no todo lo que cabía suponer. Cantabria sigue teniendo una sanidad bien dotada (la segunda del país en gasto por habitante) pero eso no significa que los niveles de satisfacción hayan mejorado. Por el contrario, han empeorado y la sanidad ha sido frecuente fuente de conflictos, por ejemplo cuando se produjo el cierre casi simultáneo de los tres hospitales tradicionales de Torrelavega (El Carmen, la Cruz Roja y la Clínica Alba) que dejó a la ciudad en condiciones precarias hasta la construcción del Hospital Comarcal de Sierrallana. En este tiempo también dejó prácticamente de funcionar la Residencia Cantabria (reutilizada tras el accidente de Valdecilla), el Hospital de Pedrosa y, durante algún tiempo, el de Liencres, que permaneció abierto y con toda la plantilla para sólo dos pacientes.
Todo el sur de la región sigue teniendo serias carencias hospitalarias (han de desplazarse hasta Torrelavega incluso para algunos reconocimientos) y se han dado pasos muy cortos en la atención sociosanitaria. Sólo la continuidad de la estructura familiar tradicional evita que en Cantabria se produzca un dramático problema con los ancianos, dado que el ratio de plazas en residencias públicas es muy inferior a la media nacional.
La naturaleza ha sido muy generosa con Cantabria, pero los cántabros somos muy poco generosos con la naturaleza. Por fin, en estos últimos años comienzan a depurarse una parte de los vertidos urbanos, aún muy pequeña ya que no ha entrado en servicio la EDAR que saneará las aguas que hasta ahora se vertían a la Bahía de Santander, pero siguen sin ser depurados la mayor parte de los vertidos industriales, que se lanzan al mar sin contemplaciones. Como las residencias de ancianos, es una de las grandes asignaturas pendientes de la autonomía.

La comida y la gasolina, más baratas

Hay cosas de las que sentirse muy satisfecho. Una de ellas es el fortísimo descenso de la inflación que, al contrario de lo que suele pensarse, hace que la vida esté más barata. Es cierto que los precios son nominalmente más caros, pero la capacidad de compra es mayor, sobre todo en los productos de alimentación y en los manufacturados. Si hace veinte años casi era necesario medio salario para atender las necesidades alimentarias de una familia, ahora basta con la tercera parte de los ingresos. Eso permite dedicar más recursos a otros fines, sobre todo al ocio y a un objeto de deseo permanente, tanto hoy como hace veinte años: el coche. Entonces los cántabros comprábamos pocos más de 7.000 al año. Ahora esa cifra casi se multiplica por tres, aunque el mercado nunca estuvo tan boyante como en 1989, en que se alcanzaron cifras que no se habían igualado hasta ahora.
La gasolina se había disparado a comienzos de los años 80 como consecuencia de lo que se denominó la segunda guerra del petróleo, y alcanzó las 86 pesetas por litro. Es cierto que ahora está más cara en los surtidores, pero el coste real deflactado es poco más de la mitad que en 1983.
Otro síntoma favorable es el fortísimo crecimiento de las plazas hoteleras, que en este periodo se han multiplicado por 2,5. El que lleguen más visitantes en ocasiones tiene muy poco que ver con el poder adquisitivo propio, porque depende de la economía de los turistas. En el caso de Cantabria, sin embargo, es un síntoma claro de la mejoría económica del país, que ya puede permitirse el lujo de hacer turismo, dado que la inmensa mayoría de nuestros visitantes son nacionales.
Nuestra región resulta atractiva para el resto de los españoles (ya no sólo para los castellanos o los madrileños), pero cada vez son más fugaces en sus vacaciones, por lo que necesitamos más visitantes para el mismo número de pernoctaciones. En eso también hemos cambiado nosotros. De las vacaciones de un mes seguido en verano hemos pasado a varias interrupciones cortas a lo largo del año, aprovechadas en muchas ocasiones con pequeños viajes. También es distinto el clima con que se afrontan los puentes, denostados por la clase empresarial entonces y que hoy se han convertido en un acicate para el gasto y, como tal, acaban por engrasar la rueda del consumo con el beneplácito general.

Créditos más accesibles

La actitud en las compras ha cambiado significativamente, con rotaciones mucho más rápidas de los productos, que reducen el apego a cualquiera de ellos. Sólo hay algo para toda la vida, la vivienda, y no porque la ciudadanía tenga menos deseo de mudarse cada cierto tiempo, sino por la estrategia de los bancos, que han encontrado la forma de mantener fidelizado un cliente hasta la jubilación alargando la vida de los préstamos hipotecarios hasta los 25 años o más. Esta facilidad para el pago y los bajos tipos de interés (cuatro veces menos que los vigentes allá por 1982) han provocado una altísima demanda de viviendas y han acabado por atrapar a los cántabros en unos niveles de endeudamiento muy altos que, a buen seguro, se dejarán notar en una reducción de la capacidad de compra durante muchos años.
Nada de eso impide que los ciudadanos de la región sigan teniendo el mismo interés en vivir en una casa de su propiedad (87%). Sin embargo, son proporcionalmente muy pocos los cántabros que pueden disponer de una segunda vivienda, algo que cada vez es más habitual entre los ciudadanos de otras autonomías. La inmensa mayoría de estas viviendas de recreo que se construyen en Cantabria van destinados a compradores de otras regiones.

Mucho ocio, menos interés

Por lo que se refiere al ocio, nunca hubo tantas posibilidades, sobre todo en las actividades culturales, pero la población joven da claras muestras de que, una vez a su alcance, y en muchos casos de manera gratuita, está perdiendo progresivamente el interés por ellas. También han aumentado sustancialmente los equipamientos deportivos, donde Cantabria partía prácticamente de cero, y los centros educativos. Hay muchos más institutos para muchos menos alumnos y el paroxismo llega en la Universidad donde pronto se llegará al medio centenar de titulaciones distintas, con una pléyade de edificios recién inaugurados, para un censo de estudiantes que cae a un ritmo muy rápido.
Las facilidades para acceder a los estudios universitarios son aún más evidentes que en 1982, aunque, en cuantía deflactada, los importes medios de las becas no sólo no han aumentado, sino que han descendido.
Podemos consolarnos al comprobar que, el efecto invernadero no ha cambiado la temperatura media de la región, que sigue estando en torno a los 15o y llueve más o menos lo que llovía. Ya hemos visto que la gasolina está a un precio razonable para nuestro poder adquisitivo actual (a pesar del nuevo impuesto) y tenemos unas carreteras infinitamente mejores, aunque cada vez están más saturadas y no hayamos conseguido casi nada para erradicar esa catástrofe que son los accidentes de circulación. Pero ni el tiempo, ni el precio de la gasolina ni las autovías dependen de la autonomía.

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