El Mundial de Vela deja más autoestima que dinero

Los regatistas son jóvenes adustos, endurecidos por la mar, que según salen del agua cargan sus embarcaciones en los remolques y conducen turnándose, a veces miles de kilómetros, para incurrir en los menos gastos posibles de alojamiento. En un Mundial, las federaciones son algo más generosas, pero no mucho ni todas. Entre los más de mil que se juntaron en el campeonato de vela de Santander algunos tuvieron que alquilar los barcos, compartir las habitaciones y buscarse un patrocinador que les pagase el viaje. Quizá por eso, el gasto que ha generado el Mundial de Vela ha sido modesto y no se corresponde con las expectativas de los comerciantes y hosteleros que instalaron sus carpas en los muelles. Pero eso sí, ha sido un espaldarazo para Santander y su capacidad de organizar un gran evento.
La autoestima puede ser más valiosa que cualquier activo material y Cantabria hace tiempo que necesitaba una inyección de moral para volver a creer en sí misma, después de siete años de crisis que la ha situado claramente por debajo de la renta media nacional y con la sensación de tener más dificultades para remontar que otras comunidades. Por eso, el indudable éxito del Mundial de Vela celebrado en Santander tiene más repercusiones de consumo interno que de cara al exterior.

La realidad es que las retransmisiones deportivas han sido muy pocas, por lo que el seguimiento del Mundial a través de los medios de comunicación ha sido pequeña dentro y fuera de España pero el éxito de público local ha sido apabullante. El Ayuntamiento calcula que las instalaciones vinculadas a las pruebas han sido visitadas por 700.000 personas, algo en lo que ha tenido mucho que ver una meteorología muy favorable.

Los cántabros, y especialmente los santanderinos, se han volcado, deseosos de conocer el mundo de la vela, y la remodelación de la zona de San Martín, que ha proporcionado una nueva perspectiva de la ciudad. La Duna de Zaera ha sido un éxito como ni siquiera imaginaban sus promotores, porque ni es fácil circunscribir un campo de regatas para que la prueba se desarrolle cerca del público de tierra, ni había precedentes. El contacto entre los aficionados y los deportistas ha dado, además, otra dimensión a este deporte, que casi siempre se desarrolla en solitario o con la compañía de algunos yates.

El alcalde de Santander, que se jugaba mucho en el envite, puesto que ha hecho de él el santo y seña de la legislatura, presionó en la ceremonia de clausura a los responsables de la Federación Internacional de Vela para que se organicen más eventos de este tipo en Santander. Y probablemente sea una de sus herencias, porque la bahía y el abra han demostrado el mucho juego que pueden dar, tanto desde el punto de vista de los vientos cambiantes, como en el del seguimiento popular, las facilidades de alojamiento de los deportistas, el clima, el entorno y el poder residir a pocos metros de donde se celebran las pruebas.
Más entusiasmo no se pudo pedir. Las 30.000 personas que siguieron la ceremonia de inauguración eran insólitas en una prueba tan minoritaria, por mucho que se tratase de un mundial. Y durante diez días, la ciudad ha vivido para la vela.

No todo salió perfecto, aunque nadie ha tenido demasiado interés por resaltarlo. Los arrendatarios de las casetas no están nada conformes con los resultados económicos: “Pasaba mucha gente por delante, pero comprar, no compraban”, dice uno de ellos, después de haber pagado 6.000 euros al Ayuntamiento por la instalación. En el caso de los hosteleros, sus quejan son más variadas: las condiciones higiénicas para cocinar no eran las adecuadas, los baños tardaron una semana en instalarse, un periodo en el que no podían dar explicación alguna a sus clientes de por qué no disponían de algo tan fundamental y cuando se pusieron estaban demasiado alejados.

En realidad, su público mayoritario era el local. Los deportistas tenían sus propias rutinas y sólo los jueces de las pruebas podían permitirse el lujo de cenar en las carpas, porque sus exigencias físicas del día siguiente no pasaban de aguantar las embestidas de las olas al ser atravesadas por la lancha neumática.
Los regatistas quedaron encantados con Santander, una ciudad a la que la mayoría promete volver de turismo, y un poco menos de la organización de las pruebas, sobre todo de las condiciones del CEAR, demasiado pequeño para atenderles a todos a la hora de ducharse o cambiarse de ropa.

Pequeños problemas si se tiene en cuenta la inexperiencia de la ciudad en un evento parecido y las infraestructuras que se han puesto a punto a última hora. A cambio de eso, la Federación Internacional de Vela ha descubierto la ventaja de celebrar el evento en un ámbito urbano (en otras sedes anteriores había que desplazarse cada día más de 50 kilómetros para llegar a los campos de regatas), tanto para los deportistas como para el público.

Quizá a partir de Santander la vela se vea como un deporte distinto, más cercano al gran público y menos elitista, al menos en las categorías olímpicas, que no requieren grandes desembolsos económicos y donde las diferencias no están en los materiales sino en la habilidad de los regatistas.

Más repercusión política que mediática

El Mundial de Santander ha tenido la mayor participación entre los celebrados hasta el momento: 889 embarcaciones y 1.251 regatistas procedentes de 85 países. Eso debiera garantizar una audiencia planetaria, puesto que la organización ha tenido en cuenta, incluso, a los deportistas de países emergentes que no cuentan con medios para desplazarse a la competición y que fueron auxiliados económicamente. Sin embargo, la presencia de medios de comunicación extranjeros no ha supuesto tantos espacios en la prensa, radio y televisión como hubiese sido deseable.

Santander ha conseguido una campaña de difusión internacional que nunca hubiese podido pagar, pero la vela es un deporte minoritario, salvo en países como Francia, Alemania o Nueva Zelanda, y los medios de comunicación tienen otras prioridades. Ninguna televisión nacional ni extranjera retransmitió la ceremonia de apertura, ni siquiera a través de sus webs, y los periódicos, incluidos los deportivos, fueron poco generosos en sus crónicas sobre las regatas. Nada que ver, por supuesto, con el espacio que dedicaron al Mundial de Baloncesto, celebrado unos días antes.

Íñigo de la Serna no podía hacer mucho más en el terreno mediático, pero sí en el político, y consiguió dos éxitos significativos: la presencia del Rey y la del presidente del Gobierno, todo lo que podía aspirar. Dos espaldarazos al Mundial y al esfuerzo de la ciudad, que al final ha tenido que soportar sobre sus hombros prácticamente todos los gastos y hacerse cargo de buena parte de la organización. Ni hubo forma de conseguir los patrocinadores previstos cuando se solicitó ser sede ni la Federación nacional de Vela demostró capacidad para hacer frente a este acontecimiento, que a muy última hora enderezó su rumbo gracias a la incorporación de Jan Abascal, director del CEAR.
En cualquier caso los muchos o pocos efectos económicos sólo podrán comprobarse en el futuro, cuando ese mayor conocimiento internacional de la ciudad y de sus encantos turísticos se traduzca en visitantes. Por lo pronto, muchos regatistas han prometido volver.

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