Historias de la economía actual
La Directiva sobre invenciones biotecnológicas se había elaborado en 1998 pero fue ahora, y como consecuencia de una circunstancia imprevista cuando un joven investigador llamado Stanley Livingstone se enteró del asunto al leer esa regulación y lo que pensaba el Tribunal de Justicia Europeo sobre su contenido. Aquella noche era muy desapacible en Transilvania, una noche de esas que llaman de perros, con lluvia, truenos y relámpagos, o sea, como para salir al páramo de los Baskerville a hacer un recado.
Livingstone había llegado allí en un mal momento. Hacía 500 años que había muerto el personaje del que nadie se atrevía a hablar, pero los campesinos del lugar, todavía y, por si acaso, aún decoraban sus habitaciones con ajos y crucifijos. Como científico, él consiguió un permiso para entrar a la biblioteca particular del conde.
Porque efectivamente digámoslo ya, era nada menos que el conde Drácula, el implacable Vlad Tepes el empalador, quien ejerció una tiranía inmisericorde sobre los pobres campesinos. Todavía se podía imaginar su risa sardónica rebotando por las húmedas paredes del castillo, como si tuviera maldita gracia el asunto.
Drácula tuvo un secretario personal encargado de los aspectos prácticos de todas esas fechorías. El tal secretario había escrito un libro con sus reflexiones y al profesor le interesaba comparar, él sabría para qué, aquello con la actual literatura europea, así que había ido al castillo, en cuyas desiertas galerías no quedaba ningún rastro de mobiliario.
Tras alcanzar la biblioteca, lo único que se conservaba, rastreó con dificultad los títulos a través del polvo de años acumulado sobre los lomos. Cuando encontró el que buscaba, echó mano de su maletín.
Entre los papeles que Stanley había llevado a Transilvania tendrían que estar los relativos a la traducción del antiguo croatoservoesloveno con sus equivalencias pero, para su sorpresa, el portafolios que se había traído era el de un colega de la UE con el que estuvo de cháchara en el aeropuerto. Ambos eran del mismo color y tamaño, así que cuando lo abrió, sólo pudo lamentarse del error. En lugar del diccionario, contenía una Directiva del 6 de julio de 1998 sobre invenciones biotecnológicas y la sentencia emitida por el TJCE tras el recurso interpuesto por los Países Bajos contra la misma. Seguro que el conde Drácula no tuvo la oportunidad de pensar en manipulaciones genéticas, aunque bien pensado, leer sus códigos de ADN hubiese sido interesante; por ejemplo, para comprobar si tenía alguna coincidencia con el de un vampiro.
Como no tenía nada mejor que hacer en Rumania a esas horas, se fue a la Posada del Vampiro de Plata, donde se alojaba, y sin más luz que la de una vela pudo leer que en Holanda se oponen tradicionalmente a la manipulación genética, tanto de los animales como de las plantas, y no reconocen que la materia viva biológica se pueda patentar en ningún caso. Por tanto, los Países Bajos se oponían a la obligación impuesta a los estados europeos de conceder patentes en estos campos, y pidieron la anulación de tal directiva, con el apoyo de Noruega e Italia.
Holanda no tenía la oportunidad de entrar en el fondo del asunto (si una patente puede incluir sustancias vivas), pero, a instancias de su Parlamento, se valía de un argumento colateral para recurrirlo, el hecho de que la directiva no encajaba en la aproximación de disposiciones legales de los estados miembros y el TJCE se vio obligado a valorar esta circunstancia específica. Pero, para sorpresa de los holandeses, sacó una conclusión muy distinta. Señalaban los jueces que las diferentes interpretaciones de cada país sobre la patentabilidad de las invenciones biotecnológicas empezaban a producir divergencias nefastas para el buen funcionamiento del mercado interior comunitario, lo cual indica la relevancia que, incluso en las materias moralmente más delicadas, tienen las consideraciones económicas.
Al investigador le llamó la atención otro apartado, el referido a la creación de un nuevo derecho de propiedad, que según Holanda se aparta del derecho de patentes, porque no sólo protege una materia biológica determinada sino que también incluye la obtenida a partir de aquella por reproducción o multiplicación, y eso sí que tenía otras connotaciones muy distintas. La CE, sin pretenderlo, llegaba al fondo del asunto y creaba un complejo dilema: ¿Se puede ser propietario de nuestra propia naturaleza humana si resulta que otro puede patentar algunos de sus elementos constitutivos para no se sabe qué aplicación industrial?
¿Y si no era patentable el conjunto, cómo podía serlo una parte? Porque de la directiva y la sentencia podía concluirse que es posible proteger con patentes las investigaciones de secuencias genéticas, siempre que se acompañen del método original de secuenciación y una aplicación industrial. De forma, el legislador comunitario hace una diferencia sutil, pero discutible: si el investigador no añade una aplicación práctica no se trata de una invención sino del descubrimiento de una secuencia de ADN, y como tal no es patentable. Pero si tiene una utilidad industrial, sí.
En aquel ambiente lúgubre, Livingston se imaginaba al doctor Frankenstein en el registro de patentes con un legajo de papeles tratando de registrar sus experimentos de cómo descomponer el hombre en trozos y volverlo a componer en un nuevo montaje con piezas intercambiables cuando oyó acercarse unos pasos misteriosos.
“Toc-toc” llamaron a la puerta. “Adelante” contestó lo mejor que pudo en el dialecto local y la puerta se abrió con crujidos de óxido inmemorial. Por ella entró un sirviente lo más parecido a Quasimodo que había visto, con un vaso de leche de vaca de los Cárpatos en la mano. Spasiva consiguió decir Stanley con un hilo de voz pero con notable presencia de ánimo. “Muy buena tomar sinior” y la dejo en la mesa, que al poco rato se quedó convertida en una especie de polo de leche con la cuchara como mango.
La dignidad
Stanley cada vez estaba más interesado por la sentencia, sobre todo por la inabienabilidad, o sea que se pudiera comprar o vender la materia humana o alguna de sus partes porque vamos a ver –reflexionó Stanley– ¿la posibilidad de patentar elementos aislados del cuerpo humano, por muy pequeños que sean, equivale a una instrumentalización de la materia viva contraria a la dignidad? ¿Se le ha pedido al suministrador del material su consentimiento para que sea usado su material genético en procesos científicos o industriales sobre los que no tiene ningún control ni probablemente tiene capacidad de valorar? ¿Menoscaba eso el derecho de las personas a disponer de sí mismas hasta las partes más pequeñas de su propio ser, o no?
Y se quedó pensando que por qué esas cosas tan difíciles de valorar por la ética humana no se dan a conocer más ampliamente para que todo el mundo pueda comprender su significado y decir lo que tenga por más conveniente.