Inventario
Palabras de moda
Las solapas de un traje, los botones, las aberturas o en ancho de las perneras delata la época en que se confeccionó y algo parecido ocurre con nuestra forma de hablar. Hay palabras o ideas que un día se ponen de moda y desaparecen con la misma rapidez con que llegaron. Algunas llegan a definir una generación. En la mía, no había acto voluntario, involuntario o reprimido que no fuera culpa del subconsciente, ese que hoy no mencionan ni los más freudianos, simplemente porque ya no está de moda recordarlo a todas horas. Cuando nos hicimos más materialistas, pasamos de psicología a la economía y abrazamos con fervor términos como valor añadido para demostrar lo rentable que resulta usar la inteligencia, cuando no hay nada con tanto valor añadido como el agua de mesa, cuya materia prima vale cero.
En los 70 incorporamos el lenguaje cheli al vocabulario diario; en los 80 el de los políticos (consenso, problemática, infraestructuras…); en los 90 los términos científicos (entropía, masa crítica…) Con el nuevo siglo llegaron los vinculados a Internet y la telefonía (módem, cliquear…).
El peaje a pagar por el uso de palabras coyunturales es que algunas se mueren solas, como le ha ocurrido a la Real Academia, que accedió a dar carta de naturaleza a picar textos. Bastó con que cambiase la tecnología y desapareciesen las cintas perforadas para que nadie tuviese que picar textos y, por tanto, la expresión se fue al traste, como la propia IBM, que tuvo que cambiar de negocio. Esa constatación debiera hacer un poco más perezosos a los académicos, al menos a la hora de aceptar nuevos términos, porque algunos son de muy corto recorrido. ¿Cuánto durará emblemático? Seguramente hasta que alguien encuentre una palabra menos engolada para decir lo mismo, aunque a veces la sustituta llega demasiado tarde, como le ocurrió a grabadora, la versión sudamericana –y de aplastante lógica– para cassete.
Antes habíamos popularizado sinergia, que era la razón máxima ante la que debería caer rendido cualquier osado que pudiesen dudar de la conveniencia de una fusión bancaria, por disparatada que resultase o por mal que se llevasen previamente los aliados. Más tarde la expresión de moda fue la “creación de valor para el accionista”, que rotuló las juntas de las grandes empresas españolas entre el 2000 y el 2005 y que pasó al ostracismo el mismo día en que cambiaron las tornas. Cuando cayó la cotización y, en lugar de crear valor para el accionista le generaban pérdidas patrimoniales, ningún presidente de empresa estuvo dispuesto a presumir de ser destructor de valor.
La gastronomía es otra fuente inagotable de nuevas palabras. Tuvimos que acostumbrarnos a llamar a los cocineros restauradores y cuando por fin lo conseguimos, ellos mismos volvieron a definirse como cocineros, lo cual causa un fastidio casi tan grande como el de aquel afamado productor cinematográfico del franquismo llamado Cesáreo González. Un hombre hecho a sí mismo al que le costaba un esfuerzo ímprobo pronunciar la palabra película, que invariablemente sustituía por “pilícula”, algo que resultaba demasiado incómodo en los ambientes intelectuales como para no intentar corregirse. Cuando por fin lo consiguió, González se lamentaba amargamente ante los amigos: “Ahora que ya sé decir película, todo el mundo dice flim”.
Nosotros ya hemos pasado la fase de los films pero en lugar de ver una película, nos hacemos una película, lo cual no quiere decir que tengamos que colaborar en su manufactura, sino que estamos más à la page, expresión que por cierto tampoco está al día, aunque lo signifique, como le ocurre a aggiornamiento.
También quedó para el recuerdo el adorar los vinos varietales, en los que importaba menos la variedad concreta de uva que el poder usar la palabra. En cambio, ahora que todo son divorcios, las mesas se llenan de maridajes. Y no conformes con eso, todo tiene que ser vintage. No se empeñen en saber o deducir por qué. El año que viene será otra cosa.
Es la moda de las palabras, de las ideas o de los latiguillos, de la que no se libran ni la economía ni la cultura. Al contrario, cuantas más veces pronuncie alguien en un discurso las palabras estructurado, mediático, colaterales, infraestructura o sinergia, más solvencia intelectual parecerá tener. Aunque no diga nada.
Ni contigo ni sin ti
¿Es peor verse sometido a la infamia o al vacío? Los griegos lo tenían claro, no hay nada más frustrante que el ostracismo. En el mundo cristiano, donde los eremitas, por el contrario, eran muy valorados, el mayor temor era ser víctima de la maledicencia. Pero los valores han cambiado tanto en el último siglo que a estas alturas no hay nada más demoledor que el vacío. Para las personas y para las empresas.
En la obsesión por llenar los espacios que nos separan de los demás, hemos creado todo tipo de artilugios para estar permanentemente conectados y quedarse sin cobertura empieza a ser un problema angustioso para cualquier ciudadano, incluido todo aquel que no tiene nada que decir.
Al igual que los humanos hemos convertido nuestro perímetro íntimo en espacio público, mostrando las hechuras físicas en la playa y las sentimentales en las redes sociales, las empresas empiezan a solaparse en sus ámbitos de soberanía, hasta crear una enorme confusión sobre cuál es el territorio de cada cual.
Un ejemplo es la polémica que mantienen los periódicos belgas con Google. Aburridos de que su agregador de noticias les robe los contenidos y, por tanto, los lectores, denunciaron a la compañía norteamericana para que no siguiese aprovechándose comercialmente de algo que no es de su propiedad. Los jueces, como cabía suponer, han dado la razón a los periódicos y han condenado a Google a pagar 25.000 euros, una cuantía que no hundirá a la empresa.
Aparentemente, el problema estaba zanjado, pero nadie contaba con que, en la economía moderna, todos dependemos de todos y los periódicos belgas están ahora mucho más enfadados que antes. La razón es que Google ha programado sus buscadores para que en ningún caso aparezcan estos diarios, haciéndoles el vacío absoluto.
La situación no tiene un arreglo fácil, a no ser que alguien legisle sobre la forma en que deben programarse los motores de búsqueda de Internet y el derecho a ser referenciado en ellos, lo cual también es discutible, dado que se trata de empresas particulares y porque a los padres de la Constitución ni se les pasó por la cabeza meter esta materia entre los derechos fundamentales, aunque hay que ser comprensivos con ellos, porque las únicas navegaciones que hacían eran en barco.
Google ofrece resolver el problema por la vía más sencilla: que los periódicos se olviden de la sentencia. Es decir, seguir campando a sus anchas y vivir del trabajo ajeno. Pero ¿realmente hay otra posibilidad en un mundo donde los poderosos ya no son los políticos sino quien te desenchufa cuando le da la gana?
¿Quien gobierna?
Desde que Hearst creó una guerra entre Estados Unidos y España para vender más ejemplares de sus periódicos ha pasado tanto tiempo que suponíamos que los editores todopoderosos y sin escrúpulos había pasado a la historia. Hasta que ha llegado Murdoch para demostrarnos lo contrario. Sus cabeceras de Gran Bretaña, Australia y Estados Unidos se han valido de las artimañas más rastreras para conseguir la atención del público, algo que resultaba evidente para cualquiera, incluidos los lectores, quienes, no obstante, parecían muy complacidos de conocer conversaciones privadas de los famosos o incluso de la familia real británica.
Todo valía para mantener el espectáculo, una estrategia que por otra parte no es muy distinta a la que aplica Paolo Vasile en la española Tele 5. A pocos británicos parecía importarles tal impunidad, ni que el imperio de Murdoch tuviese comprados a policías, miembros del servicio de espionaje e, incluso, a personal de la Casa Real. Ni siquiera fue reprochado que el nuevo premier conservador, David Cameron, nombrase como jefe de su gabinete al director de uno de los mayores periódicos de Murdoch, sospechoso de haber ordenado pinchar teléfonos de políticos y artistas para obtener noticias.
El error, el único error, ha sido intervenir el teléfono de una niña desaparecida y el de familiares de las víctimas del atentado jihadista que padeció Londres. Ahí la opinión pública, por muchas tragaderas que haya adquirido, no tuvo más remedio que vomitar: el asunto había llegado demasiado lejos. Y Cameron no solo tuvo que cesar a su jefe de gabinete, sino que, impelido por sus socios liberales, se ve obligado a cortarle las alas a Murdoch, ahora que los británicos han empezado a dudar sobre quién gobierna realmente el país, si los políticos o el magnate, con el que ninguno de ellos quería enfrentarse, conscientes de que una campaña de sus periódicos podía acabar con la carrera de cualquier aspirante conservador, liberal o laborista, tanto da. Desde Margaret Thatcher, el preferido de Murdoch se ha ido convirtiendo sistemáticamente en el primer ministro, lo que da mucho que pensar, y lo ha conseguido en un país que ni siquiera es el suyo. Tampoco es estadounidense y allí tiene en nómina a los principales líderes republicanos: Sarah Palin, Newt Gingrich y Rick Santorum. En España, que se sepa, sólo paga al expresidente José María Aznar.
Suponer que esto puede ocurrir con normalidad es aceptar que los hilos de una gran cadena internacional –en este caso, ultraconservadora– puede convertirse en una multinacional política capaz de quitar y poner gobiernos, de decidir candidatos y de controlar los resortes de poder con el fin de obtener adjudicaciones que le den aún más poder. Ciudadano Kane ya reflejaba esta posibilidad a través del ejemplo real de Hearst. Más recientemente, en El mañana nunca muere, el dueño de una cadena de periódicos (un trasunto del propio Murdoch) consigue manejar la opinión pública internacional hasta que, afortunadamente, interviene el Agente 007, menos proclive a dejarse engatusar que sus jefes. Parecía ficción cinematográfica pero ahora vemos que no lo era tanto.
El problema es muy serio y el acuerdo desvelado por Luis María Ansón en el que siete directores de los principales periódicos conservadores españoles, entre los que se encontraba él mismo, se conjuraron en los años 90 para derribar a Felipe González, indica que hay muchos más aspirantes a jugar con países enteros, manipular a presidentes y abotargar a la opinión pública. Por increíble que parezca, nos va a salvar de todo ello –por el momento– una niña desaparecida. No ha sido un Gobierno con escrúpulos ni una corte penal, sino el vómito de una sociedad que no pudo digerir una torpeza semejante como el manipular el teléfono de una pequeña fallecida. Murdoch pierde y la sociedad gana. Pero, ¿hasta cuando?