La huida del tiempo
Los años sesenta, la música de los años sesenta, los años en la memoria de todos, vividos o no vividos, habitados o deshabitados, lo mismo da; los años que se utilizan, entre otras cosas, para justificar un desencanto de demasiados whiskys, demasiadas traiciones y demasiada literatura sudamericana. La música de otro tiempo, la música de siempre, la música con la que tropezamos en todas partes, en la cola del supermercado o en la sala de espera de los dentistas, en los restaurantes de comida rápida o en los establecimientos donde te venden transistores, ecualizadores, compactos, máquinas que te encadenan por los siglos de los siglos, amén, a los Rolling, a los Beatles, a Otis Reading, a Francoise Hardy, al caos aceptado por Bob Dylan o al baúl de los recuerdos de Karina. Todavía vivimos inmersos en esa música llenos todos de nostalgia y de mierda – que diría el magnífico Burt Lancaster de Noveccento – detenidos en el tiempo como figuras de porcelana, cubiertos de polvo como soldaditos de plomo colocados en las inútiles vitrinas de la historia. Todavía estamos repasando la lista de bajas de la guerra de Vietnam, veteranos de una pesadilla que se inició con la matanza en la aldea de My Lai. Todavía estamos viviendo el sueño erótico de Brigitte Bardot, aunque durante un tiempo se hiciera llamar Claudia Schiffer y ahora se denomine Scarlet Johansson. Todavía estamos suicidándonos con Marylin Monroe, descubriendole asesinos y amantes a John Fitzgerald Kennedy y diferenciando la izquierda de la derecha, y viceversa, como si Rogers Waters y su megalomanía no hubieran derribado el muro de Berlín. Pero no importa. No importa porque en realidad no hemos huido a ningún otro sitio que no sea el pasado con Joan Manuel Serrat resucitando a los poetas muertos en nuestra última guerra civil, la banda terrorista ETA bailándonos la misma danza de la muerte y Europa tan cerca y tan lejos. La música de otro tiempo, la música de siempre, los años –sesenta, setenta y ochenta– que han pasado por nuestras vidas, para acabar descubriendo que todos estuvimos en el Mayo francés leyendo a Jean Paul Sartre tras las barricadas, buscando a Juliette Greco en cada novia pretendida y que Paul McCartney sin John Lennon es como Mauri sin Maguregui, Pili sin Mili o Miguel Angel Revilla sin Dolores Gorostiaga; es decir, nada, un cocido sin sal.
La música de otro tiempo, la música de siempre, los muertos de nuestra desordenada educación sentimental resucitando en la radio, en la televisión, en las descargas internautas. Los años sesenta acompañándonos mientras comemos en restaurantes de medio pelo, mientras tentamos la suerte con todos los sexos que nos son contrarios o mientras acudimos al médico para que nos ordene los muchos miedos que nos paralizan; Cat Stevens y el Duo Dinámico, Leonard Cohen y Luis Eduardo Aute, Simon y Garfunkel y Manolo Escobar saltándonos desde el dial de las emisoras de radio como si se trataran de una asignatura pendiente, de un noviazgo recuperado o de unas fiebres tifoideas. No hay más memoria, al parecer, que la hermosa mentira de los sesenta. No hay más certezas. No hay más tradición. No hay escapatoria posible: si no es la música, son las películas, la moda, la serie televisiva Cuéntame o los medios de comunicación impresos que nos obsequian con una amplísima revisión musical de nuestro pasado más reciente memoria desgastada y revolución tecnológica que ha hecho del vinilo poco más que una reliquia, fósil de unos días en los que –paradojas de la vida– de lo que se trataba era de rechazar la sociedad de consumo, el maquinismo, la competitividad salvaje y el aburrimiento. Todavía tratamos de remediar nuestras carencias vitales con el discurso de los líderes políticos; Zapatero o Rajoy, Barak Obama o el infatigable espectro de los Kennedy. Todavía viajan/viajamos a Graceland para visitar a Elvis. Todavía caemos en la trampa que Madonna nos tiende. Todavía llenamos los campos de fútbol, los polideportivos y las plazas de toros para crear mitos con una farsa que se está perpetuando durante demasiado tiempo. Pero no importa. No importa porque en realidad no hemos huido a ningún otro sitio que no sea el pasado, tal vez porque el presente que nos está tocando transitar carece de música y tiene tan solo el estrépito de las cosas que se desmoronan, ruidos de estafa y de melancolía, sirenas de ambulancia, cañones tronando – como ayer, como mañana y como siempre – en Afganistán y pateras subsaharianas chocando contra las rocas de un continente que baila desordenadamente las danzas folkloricas de una Europa cansada, gris, envejecida… La música de otro tiempo, la música de siempre. La música de los antiguos contestatarios, de los antiguos rebeldes, de los muchachos y muchachas que iban a transformar el mundo… Ya.