La huida del tiempo

No sé si serán cosas mías pero cada vez que tengo la oportunidad de pasear por cualquiera de las ciudades de nuestro país, una de las cosas que más me llama la atención – además de su creciente y decepcionante parecido– es la cantidad de agencias de viajes que han brotado por todas partes como si fueran caracoles tras un brusco y repentino chaparrón. No sé sí esto es un síntoma de desarrollo económico o de una creciente curiosidad por el mundo que nos rodea, pero lo cierto es que no hay calle donde no se haya instalado una de estas agencias ni esquina donde no te repartan un panfleto tentándote con la posibilidad de pasar los próximos días festivos de la primavera tostándote al sol en las islas Marquesas, descubriendo vinos en la Borgoña, fotografiando estatuas en Florencia, contando granos de arena en el desierto de Mojave o admirando estrellas en el mar de la China.
No cabe duda que, desde que nos hemos instalado en este decreciente bienestar europeo de partidos de fútbol, tedio, campos de golf, centros comerciales, tranquilizantes para dormir y la galopante crisis económica que tanto y tan bien rentabilizan los “brillantes” tertulianos de los medios de comunicación, los viajes se han convertido en el negocio más rentable de este tiempo, con el permiso, claro está, de los ahora decaídos constructores y, como no, de nuestros bien amados banqueros.
Los chinos, no los de ahora sino los auténticos, o sea, los de hace muchísimos años, creían que el verdadero arte de la vida consistía en practicar la holganza, pero el hombre actual no desea el reposo porque teme al aburrimiento. El hombre contemporáneo hace todo lo posible para no aburrirse, para sacudirse el tedio de encima, para no pensar, para no profundizar… La ventaja de la acción es que aleja momentáneamente el pensamiento: pensar es triste y por eso el hombre no piensa casi nunca; de hecho, si pensar fuera divertido – además de que las autoridades lo cobrarían como si se tratara de un impuesto más– el hombre se pasaría la vida pensando.
Pero, a más pensamiento, más clara se muestra la certeza de que no hay nada nuevo bajo el sol. Nada. El hombre, antes que padecer el tedio, está dispuesto a cometer cualquier disparate: trabajar hasta la extenuación, por ejemplo, casarse repetidas veces, tirarse en paracaídas, discutir sobre las sandeces que se le ocurren a José María Aznar, contemplar la televisión hasta aniquilarse todas las neuronas o liarse a hostias por cuestiones de banderas, patrias y fronteras…
El hombre, menos a reposar, está dispuesto a hacer lo que sea; por eso las temporadas oficiales de descanso suelen ser las más frenéticas, las más cansadas, las de más desgaste vital. Los viajes, como consecuencia de esto, se han convertido en la actividad preferente de esta época. Basta con que tengamos una tarde libre para salir disparados hacia el islote de Perejil, no fuera a ser que en descuido fatal nos descubramos pensando o contemplando por vigesimotercera vez un capítulo de House, tratando, así, desesperadamente, de no recordar que la vida, en realidad, carece de sentido.
En fin, una vez puestos en marcha, lo esencial para aprovechar un viaje sería, a mi juicio, tomarlo como finalidad misma; o sea, darse el gusto de deambular por el planeta por azar, como si se dispusiera de tiempo para apreciar las cosas inútiles del mundo, que en realidad son las únicas importantes. Pero me parece que ahora, más que viajar, uno se desplaza de aeropuerto en aeropuerto en un frenético intento de huir del aburrimiento o para contárselo a los amigos, estrenar la cámara digital, rivalizar con los parientes o escapar, momentáneamente, de una realidad mediocre, pálida y televisiva.

Hace unos cuantos años, cuando los ricos éramos pocos pero bien escogidos, los españoles teníamos tan solo un par de pretextos para viajar: los negocios y la luna de miel, pero ahora lo que sobran son pretextos, ya que los viajes se han abaratado tanto que, a poco que uno se descuide, se sorprende tomando potes en las húmedas calles de Singapur, dejándose los cuartos en los casinos de Las Vegas, recorriendo la muralla china enfundado en una camiseta del Racing Club o jugando a los chinos en una taberna de Dublín sin saber muy bien como ni por qué ha llegado hasta allí. Antiguamente el viajar era un privilegio reservado para parejas recién casadas, diplomáticos, corresponsales de prensa, propagandistas políticos y personajes salidos de alguna de las mejores novelas de Scott Fitzgerald y, a poco que la crisis económica siga ensanchando el descomunal agujero de nuestros bolsillos, es más que posible que viajar sea, de nuevo, un placer reservado tan solo para los ricos, pero, de momento, yo les aseguro que durante la Semana Santa o los puentes de mayo, lo habitual, aunque uno no quiera, será tropezarse con vecinos de Albacete, Talavera de la Reina, Corrales de Buelna o Salvatierra de los Barros tanto en el metro de Londres como en las catacumbas de Roma. En esto hemos terminado gastándonos el dinero que los bancos y los constructores todavía no nos han robado.

Suscríbete a Cantabria Económica
Ver más

Artículos relacionados

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Botón volver arriba
Escucha ahora