Un sector todavía verde

Crecer rápido o echar sólidas raíces. Esta pregunta, que podría aplicarse a muchos ámbitos de la economía es también pertinente en el sector de la jardinería. Y es que el largo ciclo de prosperidad que trajo la explosión inmobiliaria también impuso un modelo de negocio en las empresas de jardinería que las hizo más vulnerables para afrontar situaciones de crisis.
A las empresas se les exigía sobre todo rapidez para ejecutar los trabajos de ajardinamiento y poder entregar las obras, y el resultado ha sido la aplicación de la fórmula estandarizada que se puede apreciar en los jardines de muchas urbanizaciones: plantas de crecimiento veloz para los setos de cerramiento, como leylandiis (un híbrido de dos tipos de coníferas) o thuyas, césped y algún árbol decorativo como el liquidámbar. Plantas que nada tienen que ver con nuestro paisaje tradicional, pero que pueden ser producidas en serie fácilmente por los viveros, que se volcaron en esta demanda, que arraigaban fácilmente y que no requieren demasiada cualificación para las plantaciones.
Terminado el boom de la edificación, los viveristas que apostaron por esos cerramientos comienzan a sufrir las consecuencias y el sector debe reorientarse hacia fórmulas más imaginativas y hacia el diseño de jardines más personalizados. Un salto cualitativo que requiere una formación previa que en muchos casos se ha descuidado.
Mientras se produce ese cambio y una reactivación de la vivienda residencial, las empresas de jardinería recurren, incluso, a pequeñas obras civiles, como tender una losa de hormigón alrededor de la piscina o como base donde colocar una tumbona, y soportando la competencia, a veces desleal, que se da en el sector, donde con un equipo básico basta para hacer trabajos sencillos de mantenimiento.

Mirar al exterior

Quizá una de las razones por la que el sector, salvo excepciones, no ha evolucionado tal y como la jardinería lo ha hecho en otros países, es por la ausencia en nuestro urbanismo de normas que regulen el contenido de las zonas ajardinadas. En Francia solo técnicos cualificados pueden hacer esos diseños y su legislación también contiene pautas sobre lo que se puede poner o no en un jardín que dé a la vía pública. Las normas españolas se limitan a vigilar que se cumplan las servidumbres de luces, de vistas o de paso si lo que hemos plantado en nuestro jardín afecta a un colindante, olvidando que, como apunta un proyectista cántabro, David Añíbarro, “el paisaje se construye con lo que edificamos y con lo que plantamos, que además es una materia viva”.
Las diferencias también son perceptibles si nos asomamos a comunidades como el vecino País vasco, donde hay otra cultura en el trato con las plantas. Nada mejor para ilustrar esa diferente sensibilidad que pasear por la Gran Vía de Bilbao a la sombra de los espléndidos tilos que bordean sus aceras, árboles que mantienen su copa original y cuyas ramas llegan a tocar la fachada de los edificios sin que nadie exija una poda salvaje como las que se acostumbran a realizar en otras ciudades. Una muestra más del aprecio por la jardinería de las comunidades vecinas son los concursos de proyectistas, como el que se celebra cada dos años en Bilbao y al que acuden especialistas de toda Europa (Jardín Bilbao) o el que organiza un grupo de viveristas gallegos. La vitalidad que muestra el sector en la vecina comunidad vasca quizá explique el que empresas de jardinería de esa región acudan a ofertar sus servicios a Cantabria, algo que no ocurre en sentido inverso.
“El sector está muy verde respecto a otros países y otras comunidades, señalan algunos técnicos, y se trata de que sepamos si queremos seguir avanzando y profesionalizándonos o no”. Tampoco ayuda la convencional y anticuada manera de entender el paisajismo que se aplica en nuestros ayuntamientos, donde se suele recurrir a plantas de temporada, buscando un rápido impacto visual, en vez de recurrir a nuestros propios recursos naturales y singularizar nuestros jardines, de manera que sean reconocibles frente a los de otras regiones. Sería un modo de recuperar la biodiversidad perdida en las ciudades y de tender puentes entre la naturaleza y el medio urbano, uno de los objetivos de la jardinería.

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