Las burbujas no son sólo de nuestro tiempo

Cabría preguntarse si el sistema económico en realidad se mueve por las denostadas burbujas. Lo que es seguro es que nada sería hoy como es de no haber sido por decenas de burbujas anteriores. Por ejemplo, tenemos una red de ferrocarriles suficientemente amplia porque en el último tercio del siglo XIX y comienzos del XX se produjo un boom en el negocio de los ferrocarriles, cuando los capitalistas europeos entraron en tromba porque ofrecía rentabilidades magníficas… hasta que dejó de ofrecerlas. De no haber sido por ese gran negocio, ¿cómo se hubiesen podido encontrar las ingentes cantidades de recursos que se necesitaban para acometer a la vez miles de kilómetros de vías en España, en Europa e, incluso en los países colonizados de América, África y el Extremo Oriente?
La presión por hacerse con nuevos trazados de vías fue tan intensa que llegó un momento en que se duplicaban los proyectos, sin ninguna coordinación. La conexión entre Santander y Bilbao se empezó por los dos extremos, por dos compañías distintas y con vías de distinto ancho. Un problema que solo se pudo arreglar con el tiempo.
Cuando el negocio del ferrocarril se hundió, como todas las burbujas, los inversores quedaron aparentemente escaldados, pero no tardaron mucho en olvidarlo, de forma que pronto se reprodujeron fenómenos parecidos. Y también somos deudores de esas nuevas burbujas. De hecho, la fiebre ferroviaria multiplicó las acerías y las minas de carbón, que a su vez se convirtieron en grandes negocios.

Los barcos

Cantabria se benefició de todas ellas. Pero no fueron las únicas. Con la Primera Guerra Mundial, se forjaron grandes fortunas en el sector naviero de Santander. Aprovechando la condición neutral de España, el precio de los fletes se multiplicó hasta el infinito, porque los aprovisionamientos se hicieron cada vez más estratégicos y eran pocos los barcos que podían navegar sin problemas. Cuatro años son muchos para cualquier guerra, pero demasiado pocos para abordar la construcción de nuevos barcos y algunos navieros locales, como la familia Pérez Eizaguirre, acabaron por echar mano de todo lo que flotase para atender a una demanda procedente de los países en conflicto dispuesta a pagar precios cada vez más altos.
El problema es que, al rendirse Alemania y acabar la Guerra, toda la flota reunida y los nuevos barcos encargados a los astilleros se quedó repentinamente sin utilidad alguna. Muchos de los buques fueron fondeados indefinidamente, por falta de fletes, y los que no se vendieron a precio de saldo permanecieron así hasta que el tiempo acabó con ellos. Eso no impidió que la burguesía santanderina tuviese un notable impulso en esa época y viviese unos jubilosos Años Veinte.
No obstante, siempre aparecía alguna burbuja nueva a la que apuntarse, como la de los carburos, la de los saltos de agua o la ampliación del casco urbano de Santander hacia el sur colonizando el gran arenal bajo el que se asienta todo el barrio de Castilla-Hermida.

El carburo

La de los carburos también vino de afuera. De la noche a la mañana, esta innovación química se convirtió en un negocio de moda. Hay que entender que, en un mundo donde la iluminación eléctrica sólo podía llegar a los núcleos urbanos, gran parte de la población necesitaba para iluminarse el acetileno (el gas que desprende la piedra de carburo de calcio al humedecerse). Además, facilitaba la obtención de nitrógeno y otros fertilizantes; proporcionaba el gas de acetileno que dio paso a la soldadura metalúrgica autógena y abría el camino de muchos procesos de química orgánica antes de que se implantase la cultura del petróleo. Cuando en 1909 concluyó la vigencia de la patente, en España surgieron fábricas por doquier.
La mayoría de ellas tuvieron un ciclo bastante corto pero Cantabria tuvo suerte y de esa experiencia heredó la actual Ferroatlántica. En este caso, fue como consecuencia de la intervención del Estado, que al acabar la Guerra Civil y para evitar el bloqueo que sufría España consideró estratégico disponer de una fábrica de ferroaleaciones, un componente ineludible para la fabricación de acero, lo que permitió preservar una de las fábricas de carburos, las únicas que disponían de los hornos eléctricos necesarios.
El Ejército, impulsor de la iniciativa, se decantó por Electro Metalúrgica de Astillero (EMA), la empresa que había fundado el francés Francisco Brandón, y en esa decisión tuvo mucho que ver su ubicación, equidistante de las grandes acerías vascas y asturianas, que iban a ser sus principales clientes. De lo contrario, la fábrica hubiese desaparecido como desaparecieron casi todas las empresas de carburos coetáneas.

La electricidad

Otra herencia de las burbujas económicas son los saltos de agua, que se multiplicaron en los ríos cántabros cuando surgió un nuevo negocio, el de la electricidad. Como ocurrió con el teléfono, no fue una gran compañía la que puso en marcha el servicio, sino docenas de ellas. Prácticamente una por cada pueblo. Y en muchos casos los promotores fueron los propietarios de molinos harineros, puesto que ya contaban con gran parte de la infraestructura de aprovechamiento de la fuerza del agua. Algunas de estas compañías han sobrevivido hasta hoy en la zona de Valderredible, pero fue Electra de Viesgo la que en los años 60 y 70 absorbió a la inmensa mayoría al adquirir, y luego cerrar, más de un centenar de pequeñas centrales hidráulicas diseminadas por nuestros ríos.
Hoy, sus remansos bucólicos no invitan a suponer que estas centrales llegaron a disputarse con saña entre los inversores locales, sobre todo aquellas que eran imprescindibles para suministrar a quienes deseaban montar una fábrica y esa presión acabó por dar un componente claramente especulativo al negocio.
Las harineras eran las primeras que necesitaban esa energía, una vez que la fuerza del agua propiamente dicha resultó insuficiente. Y también con las harineras se produjo otra auténtica burbuja, cuando algunos industriales (parte de ellos castellanos) comprobaron que les resultaba más cómodo y rentable exportar su cereal en forma de harina. Pero para eso necesitaban la energía del agua y, para su fortuna, la podían conseguir en el mismo camino que hacían los carros de bueyes que llevaban el cereal al puerto de Santander. Bastaba con represar el Besaya y que los convoyes se detuviesen a medio camino para convertir el grano en polvo de harina. Desde allí, además, el producto podía acabar el recorrido en ferrocarril.
Las harineras se multiplicaron a lo largo del curso del Besaya hasta que España empezó a necesitar más cereal del que enviaba afuera y pasó de exportadora a importadora. De aquella burbuja nos quedaron unas pocas fábricas de harina pero, sobre todo, una cultura industrial que empezó a nacer en toda la cuenca del Besaya.

La anchoa

¿Y qué fue la repentina llegada de italianos a Santoña y Laredo para hacer anchoa sino otra burbuja? Pasar de la nada a tener pueblos enteros dedicados a la salazón no fue ni mucho menos una estrategia premeditada sino una situación casi fortuita. La desaparición del bocarte de las costas sicilianas a consecuencia de la sobreexplotación obligó a los que allí se dedicaban a la semiconserva a buscarse otra actividad, pero algunos no se resignaron y optaron por ir a donde hubiese anchoa. Después de probar suerte en Tarragona y en algún otro lugar de la costa levantina, descubrieron que la cantidad y calidad estaba en el Cantábrico y aquí llegaron en tromba para hacer sus américas, aprovechando que la población local no tenía constancia de estos aprovechamientos.
Aún hoy, Santoña y Laredo viven de esa burbuja, que ha tenido altibajos pero que encuentra casi siempre la forma de reinventarse, con pescado local o foráneo. De ella hemos heredado el mayor entramado industrial de la semiconserva de anchoa del mundo.

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