FERMÍN RODRÍGUEZ, ‘SAVAGE CULTURE’
P.- ¿Cuándo decidió que se ganaría la vida con el mundo de la moda?
R.- La empresa nace por el atractivo que tenía para mí el hacerme unas sandalias cada verano. Estaba estudiando Maestría Industrial en Peñacastillo pero a los 18 años tuve un encontronazo con mi padre y tuve que buscarme la vida. No sabía a qué dedicarme hasta que mi hermano, que era vendedor ambulante, me dijo que sandalias como las que yo hacía las vendía un argentino en la puerta de El Corte Inglés de Bilbao. Hasta allí me fui con mi moto para ver si podía ser negocio y ese fue mi primer estudio de mercado.
P.- ¿Y consiguió vender muchas?
R.- Mi madre que, como todas las madres siempre están para ayudar, me dejó 5.000 pesetas para comprar mi primer pliego de piel, suela de proliz y cuatro instrumentos. Hice veinte pares y me puse con un trapo en el suelo en la Alameda de Oviedo donde, por entonces, comenzaba la venta ambulante en Santander. Me tiré tres meses haciendo un estudio de los pies de los amigos y, como los mejores clientes eran las chicas, tuve la suerte de conocer muchos pies femeninos bonitos. En aquella época hice mi primer eslógan: “Hasta los más feos pinreles van guapos con sandalias”. Gustaron tanto que acabé en los mercadillos de Torrelavega y Santoña y, cuando no tenía el número, pedía un adelanto de las 800 pesetas que costaban y quedaba con las chicas al día siguiente en los soportales.
P.- ¿Por qué cambió el calzado por las telas?
R.- Me enamoré de una chica y decidimos irnos a un sitio de calor, a Valencia. Ahí sí que no hicimos un estudio de mercado y lo pasamos bastante mal, porque había un argentino que nos hacía la competencia y porque en esa zona se vendían mucho las espardeñas. Luego me mandaron a Canarias a hacer la mili, de la que me había librado hasta entonces por un accidente con la bici, pero tras casarme me dejaron volver a casa y seguí trabajando en la Alameda y en la Porticada. Ahí ya aprendimos a hacer otras cosas. Comprábamos a los indios de Londres lo que no había en España: aquellos pañuelos de flecos que se llevaban en los ochenta, las camisas Mao, que fueron un verdadero descubrimiento… Tuvimos mucho éxito porque a Yolanda, mi mujer, le gustaban mucho los colores y sabía seleccionarlos muy bien.
P.- ¿Cómo pasan de vender en la calle a hacerlo tras el mostrador de una tienda?
R.- No solo comprábamos de manera diferente, también vendíamos de forma distinta con grandes escaparates y andamios de los que colgaban las camisas. Con este concepto llegamos a montar casi 30 puestos en mercadillos y plazas. Por entonces éramos ‘Jauja Tenderetes de Moda’ y mezclábamos el pañuelo y la ropa con ponquis y pierrots de cerámica que un amigo fabricaba en Valencia y que distribuíamos en exclusiva por el Norte. Eso es lo que trasladamos a las tiendas Bantú.
P.- Por entonces su empresa se convirtió en un proyecto familiar con varios socios…
R.- Es que nuestra trayectoria se frustró un poco en 1987 por un accidente de moto que me tuvo dos años entre operaciones. Cuando todavía estaba en la cama recuperándome, mi cuñada, que había abierto una tienda en el Kuo Center llamada ‘Crisis’, nos convenció de que agrupáramos todo lo que habíamos logrado como vendedores ambulantes en una sociedad. Así nació Chuloo´s Moda Informal, con un valor de dos millones cien mil pesetas y cuatro socios: Conchi Herrero y su marido Ramón Pérez, que se encargan de la línea retail y Yolanda y yo, que nos ocupamos de la expansión internacional.
P.- ¿Ha vuelto a estar cara al público o ya no es lo suyo?
R.- Lo hice durante mucho tiempo pero no es lo que más me gusta. Desde que era pequeño prefiero fabricar y comerciar con otros. Hasta le quitaba los pañuelos a Yolanda para vendérselos a los puestos de al lado. Y el espíritu de coser también lo tengo desde siempre. Cuando me fui de casa, mi madre me dejó llevarme a Valencia una pequeña máquina de costura para los bolsos. Los hacíamos por la noche y los vendíamos por la mañana.
Caer y levantarse
P.- Del pequeño local en la calle Liébana en el que nació Chuloo´s pasaron a una gran nave en Cacicedo ¿Donde está el secreto?
R.- El punto de inflexión fue la entrada de España en el Mercado Común, ya que al abrirse las fronteras, los indios de Londres pasaron de ser proveedores a competidores y cuando traías algo, ya estaba visto. No nos quedó otro remedio que fabricar en Asia, pero tuvimos la suerte de descubrir el rami cotton, un tejido muy natural y sin aranceles del que logramos traer 30.000 toneladas a España. Esa fue la revolución que nos hizo crecer.
P.- Como otros tejidos, se pasaría de moda…
R.- Sí, con los años empezó a decaer y eso se juntó con que un vendaval nos destruyó las naves y tuvimos que volver a construirlas. Nos costó cincuenta millones de pesetas de la época porque el seguro dijo que no lo cubría por tratarse de un viento indirecto. Tuvimos que empezar de cero y aprovechamos para crear una marca de prestigio, Savage Culture y el potente equipo profesional que tenemos hoy.
P.- No habrá sido fácil levantarse después de haberlo perdido todo…
R.- El único camino fue ofrecer nuestro proyecto a instituciones de Cantabria y diseñar un plan de internacionalización para que nuestra marca fuera conocida en Europa. Nosotros no pedíamos dinero sino conocimientos de marketing, que nos brindó la Universidad de Cantabria, y sobre nuestro producto, que obtuvimos del departamento de Ingeniería Textil de la Universidad de Salamanca. De ahí salió la máxima de la ‘imperfección controlada’ que define nuestra moda. Desde entonces también colaboramos con escuelas de diseño, aunque nuestra esencia es cántabra y todos nuestros diseñadores son de aquí.
P.- Y siendo los cántabros tan clásicos vistiendo como dicen ¿nos atrevemos con tanto color?
R.- Lo que está claro es que han tenido más opciones que en ningún lugar del mundo para comprar nuestra ropa. Además, en Europa la vendemos cinco veces más cara y en el resto de España el triple. Donde más éxito hemos tenido es en el País Vasco, porque la gente viste de manera informal y trapera, pero nuestra moda gusta mucho en otras partes de España, en Holanda, donde entienden muy bien el color y hasta en zonas de frío, como Escandinavia.
P.- ¿De dónde viene el toque exótico de su ropa?
R.- De nuestros propios orígenes, de habernos educado en la calle. Es una especie de ramalazo que llevamos dentro que mezclado con el gusto santanderino da como resultado unas prendas muy femeninas. Por otra parte, es el resultado de haber viajado tanto: A Brasil, a Kenia, donde la familia posee una residencia permanente, a China o a la India, donde tenemos nuestra base para fabricar y con la que conectamos mucho por su ambiente hippy y artesanal. Aunque los indios son como el santanderino de las dos caras. Es un país atrapado en sus propias tradiciones.
P.- ¿Y usted no se siente atrapado en Cantabria?
R.- Yo soy muy viajero pero necesito un sitio donde volver. Me he tirado mucho tiempo haciendo cosas muy diferentes y ahora mi cuerpo me pide pasarme una temporada larga haciendo cosas parecidas todos los días. Por eso me atrae tanto el mundo del deporte, porque pide rutinas. El deporte me lo tomo como si fuera otra empresa más: me marco objetivos y diseño la estrategia y la táctica para conseguirlos. Ahora estoy montando un gimnasio en la cabaña de Escobedo que me compré hace 25 años para que los piragüistas cántabros puedan seguir practicando de la mano de Keko Calderón, porque nuestra sede (se refiere al Cantabria Multisport, en San Martín) fue derruida.
Campeón de cuadriatlón
P.- ¿Qué tipo de deportes practica?
R.- A mí lo que me gusta es sufrir. Soy fondista y, con los años que tengo, ya diésel. Después del accidente, el médico me dijo que nunca iba a correr un maratón y he corrido muchos. De hecho, descubrí el multideporte forzado por todo lo que tuve que hacer para rehabilitarme: ir a la piscina porque no podía doblar la pierna, subirme a la bici porque no podía correr y hacer piragüismo porque no podía aguantar tantos entrenamientos de pie.
P.- También ha tenido éxitos deportivos.
R.- Sí, y me siento especialmente orgulloso del Bronce que obtuve en el Campeonato Nacional de cuadriatlon en Ibiza y del Campeonato del Mundo Ultradistancia, en el que fui el octavo. Al haber quedado tercero el año pasado en la Copa de Europa para veteranos he descubierto que no se acaba todo a los treinta años y que hay edades en las que vuelves a renacer, así que voy a prepararme bien para estar entre los cinco primeros de Europa en cuadriatlón y que eso me sirva para hacer un Ironman en 2014 en Arizona, algo que no pude hacer antes porque me dedicaba exclusivamente a la empresa.
P. ¿Es que Chuloo´s ya no es la prioridad de su vida?
R.- Lo que ocurre es que antes solo tenía una pasión, que era la empresa, y ahora estoy aprendiendo a tener varias. No puedo dejar Chuloo´s porque ha sido el enamoramiento de toda mi vida, ni el deporte, porque me recuperó en su día y siento la necesidad de volver a mis orígenes a través de Armonía Natura, una escuela taller de marroquinería en Escobedo. Me he dado una década para que todos estos proyectos sigan adelante y ninguno sea más importante que otro. No se si eso va en contradicción con el buen empresario que tiene una única pasión… Y no voy a ser un monstruo en nada, pero espero ser bueno en las tres cosas.